Mostrando entradas con la etiqueta Salmos. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Salmos. Mostrar todas las entradas

domingo, 14 de febrero de 2010

SALMO 23, 2ª parte

4 Aun si voy por valles tenebrosos,

no temo peligro alguno
porque tú estás a mi lado;
tu vara de pastor me reconforta.

Hoy está de muy de moda un evangelio facilista, del Dios que nos evita todo tipo de problemas. Es decir, está de moda la comprensión del reino de Dios que puede tener el cristiano en las primeras etapas de su caminar, lo que vimos más arriba. Pero eso no es toda la verdad, Dios nunca prometió que nos libraría de todos los problemas, es más, él dijo muy claramente y en muchas partes de Su Palabra que, precisamente, tendríamos problemas, e incluso graves problemas por seguirlo. Esos son los “valles tenebrosos” o, como dice otra versión, “valle de sombra de muerte”.

Es inevitable, por dos razones, que el cristiano que haya transitado por las etapas de los 3 primeros versículos, no pase por los valles tenebrosos. La primera razón es que tal cristiano empieza a ser un arma efectiva en las manos del Señor, y por lo tanto un peligro para el reino de las tinieblas; es decir, un blanco que Satanás querrá eliminar. Pero la segunda razón es la de mayor peso, porque Satanás ya está vencido, y si realmente aprendemos a apropiarnos de la victoria de Cristo, no podrá derrotarnos; Dios necesita formar nuestro carácter, trabajar más hondo con el. Hasta ahora él nos había dado lo que el mundo nos quitó; empezó la obra de restauración, corrigió la imagen incorrecta que traemos de él cuando venimos del mundo; nos sentó en los lugares celestiales y nos devolvió las fuerzas en el Espíritu. Pero para seguir avanzando en su conocimiento, en su servicio y crecer en nuestra efectividad y recompensa en el cielo, necesita pulir nuestro carácter, perfeccionar la fe, la esperanza, el amor, todos los frutos en nosotros. Y la única forma de trabajar en profundidad es por medio de la aflicción. No hay otra. Todos hemos sido participantes de la copa del dolor, Jesucristo la bebió y la bebió hasta el fondo; ¿somos nosotros más que él?

Pero la aflicción no viene hasta que Dios no ve que estamos preparados para ella: hasta que no estamos lo suficientemente afirmados en su amor como para poder soportarla. Este es un tema complejo; muchos cristianos nuevos soportan aflicciones, mucho antes de tener toda la secuencia de revelaciones anteriores. Creo que hay dos formas de transitar por esos lugares difíciles: en una primera etapa el Señor nos toma en sus brazos y nos rodea con su gracia, en otra etapa, más avanzada, nos hace transitar “solos” por ella, es decir, teniendo que enfrentarla de una manera distinta, pero por supuesto, no sin su ayuda.

Hay cristianos, incluso ministros del evangelio, que permanecen y ministran en la revelación de los versículos anteriores. Son efectivos, Dios los usa, edifican el reino; pero no pueden conmover las potestades más fuertes de las tinieblas. Llegan hasta un límite. Para superarlo, necesitan transitar por esta etapa. La autoridad y poder espirituales se ganan en las batallas, y mientras más dura, mayor es el grado ganado.

En esta etapa es cuando aprendemos a decir “no temo peligro alguno”: no temo a quedarme sin trabajo, no temo a la enfermedad, no temo a los conflictos familiares, no temo a la persecución, no temo a la muerte. Ahora empiezo a penetrar de nuevo en las profundidades de las tinieblas (de donde había salido cuando me convertí), pero de la mano de Dios y con un propósito definido.

35¿Quién nos podrá separar del amor de Cristo? ¿El sufrimiento, o las dificultades, o la persecución, o el hambre, o la falta de ropa, o el peligro, o la muerte violenta?
Romanos 8: 35

Hay varios grados de revelación de la cercanía del Señor. Una cosa es sentir a Dios cuando todo me va relativamente bien; y no digo que ese sentir no sea genuino, Dios está verdaderamente allí. Pero otra cosa es poder sentirlo cuando todo parece darse vuelta y todo lo que aprendí de él en la etapa anterior parece fallar. Si Dios es proveedor, ¿por qué me sobrevino la pobreza?; si Dios es sanador, ¿por qué me sobrevino la enfermedad? Aquí se prueban las intenciones de mi corazón, veo en donde está mi confianza y aprendo más de Su amor. Y me preparo para lo que viene un poco más adelante: la confrontación con los principados satánicos.

Es aquí que aprendo que su palabra (logos, pero fundamentalmente, rhema), su dirección (es decir, su “vara” o “cayado”, la que marcaba el rumbo del rebaño) me ayuda a atravesar por la aflicción. Y repito “atravesar”, porque en esta etapa Dios no me saca enseguida del problema, como sí lo hacía en la etapa anterior. En esta etapa tengo que atravesarlo y aprender a confiar en Dios cada día, en medio de las imposibilidades, cuando todo parece acabarse.

En cierto sentido hay aquí un “volver a una lección anterior” porque nuevamente se me revela como pastor. Pero con una profundidad mayor a la anterior.

Los valles tenebrosos no son solamente las circunstancias difíciles, son también lugares espirituales que nuestra alma tiene que atravesar, espacios del infierno a donde somos empujados. Pero mientras antes algún fragmento de nuestra alma estaba cautivo allí, ahora somos nosotros los que los transitamos, y obtenemos en el pasar la victoria. Cuando superamos un gran conflicto en el ámbito terrenal es porque hemos obtenido una victoria en el ámbito espiritual, y hemos tenido que pelear nosotros, con Dios a nuestro lado. Antes, él se hacía cargo, pero ahora se hace verdad el versículo:

32 Es él quien me arma de valor
y endereza mi camino;
33 da a mis pies la ligereza del venado,
y me mantiene firme en las alturas;
34 adiestra mis manos para la batalla,
y mis brazos para tensar arcos de bronce.
Salmo 18:31-34

Así es, ¡ahora me toca pelear a mí!

El temor siempre es un peligro en este nivel. Si estamos flacos con alguno de los niveles anteriores, no podremos superar este. Otra tentación peligrosa es tratar de recurrir a las armas humanas para enfrentar estas batallas.

Una nota: desde el punto de vista del alma, el sufrimiento, por sí mismo, no hace ni mejor ni peor a nadie. Nadie es más bueno por sufrir alguna situación difícil, ni tampoco más malo. De hecho, el hombre que no conoce a Dios pasa por muchos sufrimientos, pero no por ello se acerca a su Creador. Lo que sí hace el sufrimiento es hacernos pensar, abrirnos a replantearnos formas de ver el mundo arraigadas en nosotros. Cuando el sufrimiento está acompañado por Dios, cuando el que sufre tiene un corazón que busca a Dios y está abierto a aprender todas las lecciones espirituales que se dan por medio del dolor, entonces el sufrir nos perfecciona y nos permite avanzar hacia la próxima etapa.

Hay veces en que nos quedamos en esta etapa. Atravesamos las otras, pero cuando viene el dolor nos sentimos “traicionados” por Dios o caemos en un mar de dudas y no podemos salir. Es posible no superar este nivel, ¡es posible quedarse estancado en cualquier nivel, e incluso descender! Entonces la vida cristiana se transforma en puro sufrimiento sin victoria, solo dolor resignado, pero sin crecimiento, sin que de ese dolor salgan cosas buenas; un carácter transformado, una visión más profunda del Señor. Y como nadie en su sano juicio quiere vivir continuamente en dolor y aflicción, se termina abandonando el combate y cayendo nuevamente en las garras del enemigo.

El creyente que no ha sido preparado para enfrentar este nivel tiene muchas probabilidades de fracasar cuando llegue el momento de la prueba profunda, y de quedarse dando vueltas mucho tiempo en ella. Por cierto que el día malo viene para todos (y esto no tiene que ver con nuestros pecados o con que lo “merezcamos” o no), por eso es importante estar preparados.

5 Dispones ante mí un banquete
en presencia de mis enemigos.
Has ungido con perfume mi cabeza;
has llenado mi copa a rebosar.

Pero el valle de sombras de muerte no dura para siempre. ¡Dios es Dios! y su liberación sin duda llega, pero esta vez, a diferencia de las anteriores, es una liberación mucho más profunda. Hemos salido transformados, cambiados, procesados, formados en nuestro carácter. Ahora estamos preparados para cosas mayores, que darán gloria a su nombre.

Y lo primero que hace el Señor, sin embargo, es prepararnos un banquete: recibimos nuevas bendiciones, nuevas capacidades, nuevos dones, nuevas armas espirituales; mucho más poderosas y profundas que los anteriores; recibimos un verdadero banquete del Espíritu. El Señor restaura aquí lo que pudo haberse dañado durante la prueba. Nos prepara una “comida” espiritual que nos fortalece para la magnitud de la batalla que se viene.

Pero ese banquete se desarrolla delante, a la vista, de nuestros enemigos. Los que hasta no hace mucho tiempo parecían prevalecer sobre nosotros (el enemigo persecución, el enemigo pobreza, la enemiga enfermedad, etc.) ahora nos miran, impotentes, derrotados y temerosos, recibir el premio de los vencedores. En realidad, el hecho mismo de prepararnos un banquete es en sí un acto de guerra espiritual. ¿Bastante extraño, no? Bueno, ¡sin duda que Dios es muy creativo!

Antes fuimos establecidos en el lugar de los pastos deliciosos, ahora hay un banquete; ahora también la copa está rebosando. Esto quiere decir que ahora se nos dan capacidades, dones, autoridad y poderes mucho mayores que los anteriores, justamente porque pudimos superar el duro combate. Ahora tenemos la unción propiamente dicha. Y repito, tenemos esas armas y esa autoridad porque hemos sido previamente capacitados. Si podemos mantener en vista el poder de las armas que se nos van a entregar, creo que atravesaríamos las dificultades con gozo. ¡Que Dios nos ayude a lograrlo!

Somos bendecidos también en lo material, porque, recordemos, toda bendición espiritual repercute también en el mundo físico.

Y todo esto ¡enfrente de nuestros enemigos! “No te pido que los quites del mundo” dijo el Señor, sino que precisamente en ese mundo hostil y rebelde Dios nos da la victoria, nos establece y nos comisiona.

El perfume es una metáfora muy hermosa, pero es también una realidad espiritual. Por ejemplo, uno puede “oler” en el espíritu el olor mohoso de la religión, pero también puede oler la fragancia fresca de la verdadera vida en el Espíritu. En este punto ya no se trata solo de lo que hacemos o decimos, nuestra misma presencia irradia la presencia de Dios.

Esta etapa no se completa sino con la que sigue. Un peligro es sentirse tan obnubilado por lo que se nos dio que nos olvidemos del Señor y de seguir avanzando. De nuevo, el orgullo puede jugarnos una mala pasada. No son los demonios de bajo rango los que nos pueden atacar ahora, y si no estamos alerta, pensaremos que ya superamos todo conflicto, cuando en realidad hay espíritus de maldad especiales acechándonos.

6 La bondad y el amor me seguirán
todos los días de mi vida;
y en la casa del Señor
habitaré para siempre.

Aquí se completa el cuadro anterior. En este punto alcanzamos la firmeza inquebrantable de la presencia y el amor del Señor. En este punto entendemos que su amor está más allá de todo y que permanece en toda circunstancia. En este punto no hay oscuridad tan grande que no podamos sortear de la mano del Señor. En este punto es que somos realmente útiles para pelear contra los principados de las tinieblas, para penetrar en lo profundo del dolor y del pecado humano y rescatar a los cautivos que allí se encuentran. Ahora viene una estabilidad, no porque no haya más luchas, sino porque alcanzamos la medida mínima de revelación del Señor como para no permitir que ningún problema nos detenga.

Ahora entramos en una comunión más profunda con el Señor, en una intimidad con él, ahora estamos en “su casa”, en donde permaneceremos siempre. Ahora entramos en el nivel de comunión que el Padre desea ardientemente que alcancemos. Y esto no significa que ya dejamos de crecer, ¡para nada!, significa que por fin hemos pasado el umbral de la puerta de entrada.

Ahora estamos en el lugar de la comunión continua. Antes solo accedíamos de a ratos, en momentos especiales. Ahora es nuestro pan cotidiano. Ahora es cuando verdaderamente, caminamos con Papá.

Como dije más arriba, no se terminaron las peleas, de hecho, ¡recién ahora empieza lo bueno! Pero como nuestra visión ha cambiado tanto, realmente los conflictos no nos importan, solo están en un lugar secundario. Solo nos interesa crecer en el conocimiento de Dios, en la comunión, alegrar su corazón, sanar las heridas que el rechazo de los seres humanos, a través de los siglos, produjeron en su corazón. Solo él es el centro, y todo lo demás de acomoda a esta verdad.

Por supuesto que hay mucha más revelación de lo que pude escribir aquí, pero creo que al menos se han delineado algunas etapas importantes. Quizás el enfoque ha sido muy “lineal”, y la realidad no sea siempre tan secuencial, pero, con todo, creo que sí hay unas etapas en sentido general que deben ser cumplidas. No podemos entenderlas hasta que no pasemos por ellas, pero podemos saber algo de lo que se trata para poder identificarlas rápidamente y que no nos tomen por sorpresa. Hay un destino de gloria para los hijos fieles.


¡Dios sea glorificado en todo!

 

sábado, 6 de febrero de 2010

SALMO 23, 1ª parte

1 El Señor es mi pastor, nada me falta;
2 en verdes pastos me hace descansar.
Junto a tranquilas aguas me conduce;
3 me infunde nuevas fuerzas.
por amor a su nombre.

4 Aun si voy por valles tenebrosos,
no temo peligro alguno
porque tú estás a mi lado;
tu vara de pastor me reconforta.

5 Dispones ante mí un banquete
en presencia de mis enemigos.
Has ungido con perfume mi cabeza;
has llenado mi copa a rebosar.

6 La bondad y el amor me seguirán
todos los días de mi vida;
y en la casa del Señor
habitaré para siempre.


La Palabra de Dios es maravillosa, entre otras cosas, porque un mismo texto puede decirnos cosas distintas cuando lo miramos con enfoques distintos. Y así, este Salmo que ha sido de gran aliento para los cristianos cuando se encuentran en aflicciones, también nos da la pista de varias etapas por las cuales pasa del hijo de Dios. Comprenderlas nos ayuda a transitarlas más rápidamente y alcanzar la comunión anhelada.


1 El Señor es mi pastor, nada me falta;
2 en verdes pastos me hace descansar.
Junto a tranquilas aguas me conduce;
3 me infunde nuevas fuerzas.
por amor a su nombre.


Lo primero que vemos es al “Señor”. Jesucristo llega efectivamente a nuestras vidas cuando, antes que nada, lo hacemos Señor de la misma, es decir cuando lo aceptamos como legítimo Salvador y, por haberla comprado, dueño de nuestra vida.

La revelación de “Señor” es importante. De alguna forma, todo el Antiguo Pacto trató con eso. “Señor” implica derecho legítimo, autoridad, gobierno, obediencia; implica también santidad, que en cierto sentido no es otra cosa que obediencia a las leyes divinas.

No hay salvación posible si Cristo no se ha constituido “Señor” en la vida de la persona. Creo que hay gente engañada en nuestras iglesias, que nunca hizo verdaderamente de Jesucristo su Señor, y que, tristemente, no irá al cielo cuando muera.

La revelación de “Señor” está en la base de toda revelación subsiguiente de la naturaleza divina. Nada de lo que sigue puede mantener su verdadero sentido si se pierde esta. Jesucristo es mi Señor al inicio de mi vida cristiana y lo sigue siendo hasta el final, y por la eternidad.

El principado de “Leviatán” (el orgullo) se levanta muy fuerte en este momento, para tratar de impedir que la persona ceda el trono de su corazón a Cristo.

Luego de esta etapa, muy pronto, el “Señor” se nos revela como nuestro “Pastor”, y aquí hay un contraste. El concepto de “Señor” (amo, dueño) no parece muy cercano al concepto de “Pastor”, que implica cuidado, comprensión, incluso sacrificio, según vemos en la revelación más perfecta del Nuevo Pacto. Pero cuidado, esta dificultad proviene de nuestro entendimiento humano y de nuestra experiencia con autoridades humanas, desde el punto de vista de Dios tal discrepancia no existe ni en lo más mínimo: el Señor, el Amo, el Dueño, es a la vez el tierno y sacrificado Pastor. Y esto es, de paso, una perlita que tenemos que aprender cuando nos encontramos en posiciones de liderazgo.

En otras épocas, y también ahora, muchos cristianos se quedaron en la revelación de Jesucristo como Señor, pero no como Pastor tierno y amante. Podemos llegar a entenderlo como Señor si hacemos un paralelo con las autoridades (autoritarias) humanas, aunque tal comprensión será necesariamente bastante torcida. Es más difícil entenderlo como Pastor porque no hay tantos paralelos en la sociedad, y menos en esta época. Y es que en todo este crecimiento en el conocimiento de Cristo necesitamos la revelación constante del Espíritu.

Pastor implica cuidado, guía, conducción no forzada. Implica también compañía, protección del peligro. El Pastor va adelante, mostrando la senda y transitando él primero por ella.

Las heridas provocadas por autoridades mal usadas (padres, maestros, jefes, políticos, etc.) pueden aflorar en esta etapa e impedir que la revelación de “Pastor” se establezca en el nuevo creyente. Un espíritu de autocompasión es el que alimenta todo esto.

Habiendo avanzado en la comprensión de Jesús como pastor, viene luego el entendimiento de que “nada me falta”, es decir, me provee de todo… lo que realmente necesito. Claro, no me va a dar mis caprichitos por el mero hecho de dejarme contento, porque si, antes de ser proveedor es pastor, lo que me va a dar es lo que realmente necesito; y en este caso se trata de lo que sirve para formar la imagen de Cristo en mí. Y para una alimentación equilibrada, a veces hace falta algún pasto amargo…

En un mundo plagado de carencias de todo tipo: físicas, emocionales, espirituales; es propio que Dios se nos revele muy pronto como proveedor de todo, en todas las áreas. Está implícito en su naturaleza de amor, y es lo primero que necesita el ser humano convertido. Repito, el nuevo creyente (¡y también el viejo, de paso!) necesita desesperadamente que le sean suplidas las tremendas necesidades que viene arrastrando del mundo. Es imposible que alguien pueda dar nada si primero no ha recibido algo. Esto es un principio espiritual: solamente podemos dar lo que hayamos recibido de Dios. Por otro lado, el recién convertido está todavía terriblemente deformado si se lo compara con la imagen del hombre perfecto creada originalmente en Adán. Dios comienza a restaurar al cristiano en todas las áreas, hacia la imagen de Cristo. Y este restaurar implica que necesita recibir las gracias divinas.

En esta etapa pueden aparecer varias trampas. Una es el legalismo, que expresa, tácitamente, que “yo soy el que se tiene que esforzar primero para obtener algo”. En una comprensión equilibrada de la gracia, entiendo que necesito primero recibir lo que Dios está dispuesto a darme para luego responder responsablemente en el dar yo también. El legalismo va de la mano del espíritu de religiosidad.

Otra trampa es el espíritu de miseria, que nos susurra pobreza al oído. Mucha fortaleza mantiene todavía en Latinoamérica, y creo que va a recibir nuevos ímpetus en la medida que avance la crisis mundial. La “fe en la pobreza” (es decir, creer que no voy a ser bendecido) estorba primero el entendimiento y segundo la manifestación de Dios como proveedor.

Otra trampa más está en quedarse en la revelación de Dios como proveedor solo de lo material, y no procurar la multitud de bienes espirituales y del alma que Dios tiene para nosotros: entendimiento espiritual, comunión, bendición espiritual, dones, conocimiento y habilidades en el área del alma, emociones sanadas, etc. Sin eso, nunca llegaremos a la imagen de Cristo, y, de hecho, son las bendiciones espirituales (y en segundo lugar, las que tienen que ver con el alma) las que nos abren las puertas para recibir las materiales. En realidad, si recibimos las espirituales, las demás vienen solas necesariamente.

Los verdes pastos son los ámbitos espirituales adonde Él nos quiere llevar (aquí y más adelante tomo conceptos expresados por Ana Méndez). No se trata de lugares físicos, ni siquiera de la comunión con los hermanos, con todo lo reconfortante que pueda ser; sino de lugares espirituales donde nuestra alma y espíritu pueden estar tranquilos, tener paz, sin recibir mensajes intranquilizadores del infierno. Tiene que ver, en cierto sentido, con reunir los fragmentos del alma que pudieran estar en distintas regiones de cautividad y llevar, nuestro ser espiritual íntegro, a Sus lugares de descanso. En esa posición tiene paz nuestra alma. En las prisiones del infierno es atormentada.

El alma del creyente, si permanece fragmentada, se encuentra en prisiones del infierno, donde esa parte de nuestro ser es torturada y, como resultado, no alcanzamos a vivir una vida plena y perfectamente tranquila. Podemos haber avanzado hasta el nivel de la provisión, pero quedarnos todavía fragmentados y con áreas atormentadas.

La imagen de la pradera también la podemos enfocar desde un punto de vista más “terrenal”, y hacer el paralelo entre un rebaño paciendo tranquilo y la comunión apacible de los hermanos en la congregación. Pero, de nuevo, esto no puede ocurrir en la tierra si primero no se han roto las esclavitudes en el ámbito espiritual. En medio de la comunión de los santos, cuando El Santo está presente, hay reposo, sanidad, consuelo, fortaleza.

Las aguas tranquilas no son las aguas estancadas; son las aguas de un río o de un arroyo, que corre suavemente, no como una inundación, pero sin dejar de moverse. Las aguas son las aguas del Espíritu, el río que viene de Dios, como dijo Jesús:

37–38 El último día de la fiesta era el más importante. Aquél día Jesús, puesto de pie, dijo con voz fuerte:
—Si alguien tiene sed, venga a mí, y el que cree en mí, que beba. Como dice la Escritura, del interior de aquél correrán ríos de agua viva.
39 Con esto, Jesús quería decir que los que creyeran en él recibirían el Espíritu; y es que el Espíritu todavía no estaba, porque Jesús aún no había sido glorificado.
Juan 7:37-39

Este “río” no se trata simplemente de la voz del Espíritu que cada tanto nos habla (o por lo menos, ¡eso trata!), no es solo “tener al Espíritu” o haber sido impactado alguna vez por El. Es tener, literalmente, un río de agua viva fluyendo continuamente. En el ámbito espiritual, es estar al lado de ese río, en un sentido general pero también en un sentido específico, es decir, el río de revelación y propósito específico que Dios tiene para cada uno.

El río da vida, da nuevas fuerzas, permite que siempre se fructifique. Una cosa es estar en la pradera, el lugar de descanso del alma, otra cosa es tener el agua viva fluyendo y poder fructificar en toda época.

El peligro es depender del fluir “ajeno”, es decir, conformase con el fluir del Espíritu en otra persona. En el mejor de los casos, será un fluir genuino preparado para otro y que no se va a ajustar cien por ciento para mí. En el peor de los casos, serán aguas contaminadas, con apariencia de verdad solamente.

No nos conectamos automáticamente con el fluir del Espíritu. Desde el inicio, no podemos hacerlo si no estamos en el área de “tranquilidad”, la pradera, porque si todavía hay perturbación, molestia satánica en nuestra alma, no podemos escuchar atentamente el susurro del Espíritu.

Beber del río implica soltarnos un poco de la mano de la revelación de otros, y esto puede provocar en los otros celos y temor, por lo que pueden ponerse en juego tácticas muy fuertes de manipulación y control, que en realidad vienen del mismo espíritu de religiosidad, solo que ahora será más bien el espíritu corporativo de la religión.

Las aguas del mundo son turbulentas, solo calman (o aparentan calmar) la sed del alma. Siempre se corre el peligro de que se mezclen con las aguas genuinas del Espíritu.

En el dejarse guiar en obediencia por el Espíritu es que recibimos las fuerzas sobrenaturales para vivir y obrar en el reino. Entiéndase “fuerzas” no meramente como fuerzas físicas, aunque las incluye, sino también como capacidad intelectual, poder para hacer maravillas, conocimiento, etc.

Cada una de las etapas anteriores tiene manifestaciones en la vida en sociedad el cristiano, pero creo que esta puede ser una de las más visibles. Las nuevas fuerzas son para seguir donde otros caen, para creer cuando es imposible (¡y ver los milagros imposibles!), para permanecer donde todos cayeron, para no claudicar en ninguna posición. Son las fuerzas espirituales para hacer proezas, es la capacidad para hacer milagros, señales y prodigios. Las nuevas fuerzas implican necesariamente el “hacer”, y este “hacer” es muy distinto al del mundo, e incluso al de los cristianos que no llegaron a esta etapa.

Notemos que las nuevas fuerzas vienen de Dios (él las infunde) y se encuentran inmediatamente después de los verdes pastos y de las aguas tranquilas. Hay un alimento espiritual que el cristiano necesita. En un sentido más perfecto, este alimento es Cristo mismo:

53 Jesús les dijo:
—Les aseguro que si ustedes no comen la carne del Hijo del hombre y beben su sangre, no tendrán vida. 54 El que come mi carne y bebe mi sangre, tiene vida eterna; y yo lo resucitaré en el día último. 55 Porque mi carne es verdadera comida, y mi sangre es verdadera bebida. 56 El que come mi carne y bebe mi sangre, vive unido a mí, y yo vivo unido a él. 57 El Padre, que me ha enviado, tiene vida, y yo vivo por él; de la misma manera, el que se alimenta de mí, vivirá por mí. 58 Hablo del pan que ha bajado del cielo. Este pan no es como el maná que comieron los antepasados de ustedes, que a pesar de haberlo comido murieron; el que come de este pan, vivirá para siempre.
Juan 6:53-58

Hay un “comer espiritual de Cristo” que debe ser continuo, y que implica más que solo orar o leer la Biblia, sino que es un hecho espiritual.

Uno de los peligros es que, sencillamente, dejemos de comer el alimento espiritual que se nos da y nos debilitemos espiritualmente, y terminemos tratando de hacer la obra de Dios con las fuerzas humanas.

Otro de los peligros es darle lugar a Leviatán (el orgullo), porque al comenzar a manifestarse hechos sorprendentes en nosotros podemos envanecernos.

Sólo después de haber recibido todos estos beneficios es que se revela un propósito mayor en nosotros: todo es para Su gloria (“por amor de su nombre”). Si esto fuera revelado antes pensaríamos que Dios es orgulloso y egoísta. Pero ahora, recién ahora, es que podemos entender cabalmente que lo hace así porque él es la única fuente de la vida y sólo lo que se mantiene en su plan y sus propósitos y se dirige plenamente en su ser hacia Él puede tener verdadera vida. Es en esta etapa donde, además, podemos responder con verdadero amor desinteresado hacia él, luego de haber recibido tantos beneficios y de haberlo conocido tal como es, en toda su bondad. Luego de haber experimentado la bondad de Dios podemos responder con amor hacia Él, y solamente entonces, y no antes, estamos verdaderamente preparados para que todo en nuestras vidas, y aun nuestras vidas mismas, estén dirigidas a darle gloria a él.

Continua la próxima semana