lunes, 2 de octubre de 2017

290. ¿Restauración o “borrón y cuenta nueva”? Por qué es necesaria la Tribulación y el Milenio, antes de la derrota final de Satanás.

Apocalipsis 21:5 RVC
5 El que estaba sentado en el trono dijo: «Mira, yo hago nuevas todas las cosas.» Y me dijo: «Escribe, porque estas palabras son fieles y verdaderas.»

Vez tras vez afirmamos no solo el poder, sino también la voluntad de Dios para restaurar, es decir, “hacer nuevo”. Este pasaje de Apocalipsis normalmente ha sido interpretado en el sentido de destrucción y nueva creación, sin embargo creo que se refiere más bien a otra cosa, mucho más asombrosa y mucho más de acuerdo con la naturaleza divina. En lo que sigue voy a presentar el argumento del título, a partir del “principio de restauración” de Dios, y por razones de espacio y tiempo no voy a citar muchos pasajes bíblicos, por lo que aquello que voy a decir puede muy bien ser puesto en duda, y me parece bien, así alguno podrá buscar en la Biblia la verdad al respecto.

El punto de partida de este artículo es el tema de la Tribulación y el Milenio, que a pesar de ser doctrinas propiamente “evangélicas”, siguen siendo puestas en duda, especialmente por una renovada corriente que va de la mano del evangelio de la prosperidad y, en parte, del evangelio de la transformación social. En la práctica puede resultar un debate “menor” en función de otras temas y herejías más urgentes, pero en el fondo se relaciona con nuestra forma de entender a Dios, lo cual repercute en el aquí y ahora.

Uno de los puntos centrales de debate es si Dios trata con individuos, con pueblos o con toda la humanidad, es decir, si los plantes de Dios se agotan en salvar individuos aislados, en salvar pueblos o en restaurar a la humanidad. La formación evangélica clásica, especialmente el evangelio que nos vino “del Norte”, muy en consonancia con su cultura, es propiamente individualista, por lo cual es lógico que se concentre en la dimensión individual de la Revelación. Por otro lado, propiamente el tiempo de la Iglesia es quizás el más “individual” de los tiempos dispensacionales.

Ahora bien, nadie puede negar esta dimensión individual. La “salvación personal” ha sido el “grito de guerra” de varias generaciones de evangélicos, y ha llegado a transformarse en un paradigma muy fuerte, pero perdió de vista la dimensión corporativa que es por demás de obvia en el Antiguo Testamento y que no se pierde en el Nuevo. Dios siempre estuvo interesado en “discipular naciones”, y a través de las naciones, llegar a toda la humanidad.

Entonces, si Dios trata con individuos pero también con naciones y con la humanidad toda, habrá formas diferentes en que se relacione con cada uno. Es obvio que el tiempo del individuo corresponde a su tiempo de vida, pero el tiempo de las naciones es mucho más largo, y Dios tiene proyectos nacionales, Israel como el mejor ejemplo. Pero así como “no existen” individuos si no hay naciones, no hay naciones si no hay humanidad. Es casi una perogrullada, pero nos centra en las dimensiones supra individuales y, necesariamente, históricas que el evangelio de la salvación personal nos hizo perder.

Entonces, Dios trata con naciones y trata con toda la humanidad, en tiempos mucho más largos, claro, porque los cambios en esas dimensiones demoran mucho más.

Dejemos esto por un momento y analicemos el tema de la restauración. ¿Borrón y cuenta nueva? Eso es muy humano, y como tal, hubiera sido lo más “lógicamente humano” que Dios hubiera hecho cuando Adán y Eva pecaron. A ver, ¿qué dificultad tenía Dios en eliminar una raza fallada y crear otra nueva? O incluso, ¿qué dificultad tenía en eliminar a Satanás y sus ángeles caídos, y crear otros nuevos?

Romanos 11:29 RVC
29 Porque los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables.

Este versículo lo entendemos en el sentido de los dones espirituales y el llamado al ministerio, y está bien, pero en el contexto en el que fue dicho se refiere a naciones y propósitos de Dios con naciones, a espacios de tiempo de miles de años. Si se cumple en individuos, se cumple en naciones, y viceversa. Es el mismo principio.

Si la forma de actuar de Dios fuera “borrón y cuenta nueva”, entonces, ¿por qué no nos elimina directamente cuando pecamos? ¿Por qué no elimina a las naciones pecadoras? ¿Por qué no eliminó a los líderes que llevaron a los pueblos al pecado?

Ezequiel 33:11 RVC
11 Pues yo, su Señor y Dios, juro que no quiero la muerte del impío, sino que éste se aparte de su mal camino y viva. ¿Por qué ustedes, pueblo de Israel, quieren morir? ¡Apártense, apártense de su mal camino!”

Sabemos que Dios trata individualmente con cada uno de nosotros y que Dios busca que seamos restaurados y salvados, pero exactamente los mismos principios se aplican a las naciones y a la humanidad toda.

La doctrina evangélica clásica afirma que la Creación finalmente será destruida después del Milenio, en base a la interpretación de un pasaje, ignorando otros pasajes de los profetas. No creo que eso sea así, sino más bien que lo que ocurrirá será, propiamente, una renovación tal de la Creación, porque ya no habrá más mal, que será una Nueva Creación, pero no en el sentido de que Dios tuvo paciencia durante siete mil años, que soportó incontable cantidad de injusticias durante ese tiempo, que vio incontable cúmulo de maldad y pecado… para que, una vez acabado con el problema del mal, destruir todo.

La Tribulación y el Milenio no tienen mucho sentido si pensamos en personas individuales o en un cúmulo de individualidades, pero sí tiene sentido si lo vemos en términos de toda la humanidad. La humanidad sobreviviente de él serán todos creyentes, por primera vez en la historia, y habrán pasado por tal “tribulación”, propiamente dicha, que no querrán saber más nada con el pecado. Al momento de escribir este artículo hay más de 7.500.000.000 de personas en el mundo, y en función de lo que está empezando a pasar hoy y lo que dice la Biblia, un grupo mucho menor será el que emerja del tiempo de los juicios. No quiero arriesgar cifras, pero sólo con dos eventos especialmente catastróficos de Apocalipsis quedaría reducida la población (si ocurrieran hoy) a 3.750.000.000; pero ahí no se cuentan muchos otros sucesos que también acabarán con la vida de muchos, ni todos aquellos marcados que serán arrojados al lago de fuego cuando Cristo venga; por lo que la población remanente será realmente poca. Con todo, y aunque solo fueran unos pocos millones en todo el mundo, aún así SERÍAN LA HUMANIDAD, y sus decisiones y acciones constituirían la base de la nueva humanidad del Milenio.

Luego de tan grande trauma, la gente tiene una nueva oportunidad en un contexto que nunca conocieron las generaciones anteriores: la bendición y abundancia sobre la Tierra. Dios ya habrá tratado con la humanidad a través del dolor y el esfuerzo, ahora les mostrará Su bondad, ¿se mantendrán fieles? Probablemente muchos sí, manteniendo la memoria del pasado, y otros tantos no, perdiendo la memoria histórica, de la misma manera que ahora. Ellos son los que son destruidos al final del Milenio, y, según entiendo, con ellos se acaba el problema del mal sobre la Tierra, y la humanidad que quede, seguramente pocos también, constituirán el núcleo de los santos que formarán una, ahora sí, nueva humanidad sin pecado. Ellos representarán a la humanidad que pasó por las pruebas y se mantuvo fiel, recibió las bendiciones y siguió siendo fiel (normalmente es más fácil ser fieles en la adversidad que en la prosperidad).

¿La creación de nuevas criaturas humanas se acaba ahí? ¿El poder creador de Dios termina en los siete mil años? ¿No hay más nada que llenar en el Universo físico, también creación de Dios? ¿Un Dios infinito tiene un programa de creación finito? No parece muy probable.

Bueno, es claro que aquí hay muchas cosas que necesitan mayor fundamento bíblico, pero creo que la idea es muy sugestiva como para dejarla pasar. Y en definitiva, ¿qué importancia tiene en el aquí y ahora conocer esto? Aparentemente ninguna porque se refiere a hechos muy en el futuro, pero nos mostrarían una nueva profundidad del amor, la misericordia, la justicia y la sabiduría de Dios, nuestro Dios, el que está con nosotros cada día, Aquel que a veces nos parece tan “humano” y con tan poco poder como para que tengamos que buscar “ayuda” en otros lados, ese Dios a quién ofendemos al considerarlo tan pequeño y limitado como nuestra comprensión de Él. ¡Creo que cambiar ese pensamiento es por demás de importante!



Danilo Sorti


289. El alimento natural y el alimento espiritual

Mateo 4:4 DHH
4 Pero Jesús le contestó:
—La Escritura dice: solo de pan vivirá el hombre, sino también de toda palabra que salga de los labios de Dios.

El tema del alimento, ya sea en sentido real como simbólico, es uno de los temas principales de toda la Biblia. Aunque no siempre le damos adecuada atención, en cada página nos encontramos con alguna referencia a él, por lo menos. Fue uno de los temas de debate de la iglesia primitiva… y lo sigue siendo hoy, la ley mosaica establecía normas muy rigurosas, y la primera iglesia tuvo dificultades para cambiarlas. A lo largo de la era cristiana, distintas iglesias han establecido normas más o menos restrictivas sobre los alimentos, pensando que de esa forma podían agradar mejor a Dios.

Es obvio que para todos los seres vivos, el alimento no solo es fundamental, sino que ocupa la mayor parte de sus esfuerzos y tiempo a lo largo de su vida. Sólo el hombre, en un contexto moderno, puede “separarse” un poco de esta lucha por la simple subsistencia. Pero veamos un poco más la cuestión biológica.

Jorge Laborda, en su trabajo de divulgación, “Neuroevolución Cocinada”, desarrolla entre otros temas la cuestión del aparato digestivo humano. Allí explica que “la talla de nuestro sistema digestivo es solo el 60% de lo que tendría que ser para un primate de nuestro tamaño”, y es precisamente ese 40 % menos de estructura orgánica el que deja libre un resto de energía para que pueda funcionar nuestro cerebro, desmesuradamente grande si lo comparamos con el resto de los mamíferos, y que, en el hombre adulto, consume el 25 % de la energía total del metabolismo basal (gasto energético cuando estamos quietos), lo cual es mucho (y algunos lo usan tan poco…).

Dicho de otra forma, biológicamente no podríamos existir si nuestro sistema digestivo no fuera un 40 % menor de lo que “tendría” que ser en comparación de los seres vivos más cercanos, lo monos, por más de que a muchos cristianos no les guste reconocerlo, supongo que por alguna especie de orgullo unido a la ignorancia, aunque es cierto, Dios no dijo que seamos monos… dijo que somos polvo!!

Pero si podemos “funcionar” biológicamente con un sistema digestivo tan chico, y que además no está adaptado a comer carne cruda ni a ser estrictamente vegetariano, es porque NECESITAMOS consumir alimentos cocinados. No es sencillo vivir con una dieta estrictamente vegetariana, por lo menos hace falta seleccionar los alimentos con cuidado y tener a disposición una variedad lo suficientemente amplia; menos aún con una dieta crudívora (a no ser con un gran esfuerzo en preparación). No estamos adaptados a comer alimentos crudos, sin la cocina, es decir, sin la preparación de los alimentos, no podríamos existir como seres humanos inteligentes.

Pero esto no es más que la sabiduría del Creador impresa en nuestra propia naturaleza: los animales puede procurar su propio alimento de la naturaleza, consumiéndolo tal cual lo encuentran; nosotros no, dependemos de que sea elaborado, y esto necesariamente nos lleva a la preparación y cocción, generalmente realizada por algún otro. Para la muchas personas, la mayor parte del tiempo, el alimento es preparado por otro y les es dado, y en el caso de los niños, es siempre así.

Esta “señal” la ha dejado Dios escrita en nuestro mismo ser, para que entendamos que dependemos de la Palabra que sale de Dios, es decir, del alimento preparado por Otro para nosotros. La tentación en el Edén fue, en este sentido, querer nutrirnos con el alimento “crudo” cuando no estábamos preparados para ello (¡esto es una metáfora, no es una crítica a los crudívoros!).

Y hay algo más. La “palabra que sale de los labios de Dios” nos lleva a una escena común en la vida de los bebés, cuando no era fácil preparar papilla y la madre masticaba primero el alimento y luego se lo daba al niño, de boca a boca. Esa era la palabra que salía directamente de los labios de la madre, y es la palabra que Dios quiere darnos, sin intermediarios, preparada por Él, procesada por Él mismo. Resulta muy interesante la imagen que utiliza Paul Young en “La Cabaña”, al presentar a Dios Padre como una madre preparando comida en la cocina, ¡eso no es una simple imagen literaria!

La sabiduría de Dios está escrita en Su Creación, y en este caso, ¡en nosotros mismos!

1 Pedro 2:2 DHH
2 Como niños recién nacidos, busquen con ansia la leche espiritual pura, para que por medio de ella crezcan y tengan salvación,


Danilo Sorti


288. ¿Y por qué Dios dejó que eso pasara?

Romanos 11:33-35 RVC
33 ¡Qué profundas son las riquezas de la sabiduría y del conocimiento de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, e inescrutables sus caminos!
34 Porque ¿quién ha entendido la mente del Señor? ¿O quién ha sido su consejero?
35 ¿O quién le dio a él primero, para que él tenga que devolverlo?

En el fondo de su corazón, el ateo está enojado contra Dios, pero lo expresa a través de una maraña de argumentos lógicos para “demostrar” Su inexistencia. Y ese enojo es esencialmente “infantil”, tanto porque normalmente se trata de algún trauma que ocurrió en la infancia, o que le fue impuesto (y aceptado) en ese momento; como porque parte de un razonamiento “infantil”, pero no por ello despreciable. Bueno, en realidad, es el mismo razonamiento que hacemos todos los hombres, y tiene que ver con la cruel pregunta (que certeramente dispara como una flecha envenenada) que Satanás grita en la mente: “¿¡Por qué Dios dejó que eso pasara!?”

Los cristianos no suelen estar exentos de esa misma pregunta; aunque sea en menor grado, es decir, sin llegar al punto del ateísmo. En la práctica, los inhabilita para recibir todo el amor y las bendiciones de Dios.

Por qué Dios permite lo que permite cae dentro del principio general que formuló Pablo en el pasaje de más arriba: sencillamente, no podemos llegar a comprender TODO el pensamiento de Dios. Sin embargo, Él nos ha dejado mucho para que lo conozcamos:

Jeremías 9:23-24 DHH
23 El Señor dice:
no se enorgullezca el sabio de ser sabio,
ni el poderoso de su poder,
ni el rico de su riqueza.
24 Si alguien se quiere enorgullecer,
que se enorgullezca de conocerme,
de saber que yo soy el Señor,
que actúo en la tierra con amor, justicia y rectitud,
pues eso es lo que a mí me agrada.
Yo, el Señor, lo afirmo.

De acuerdo, ¿por qué Dios permite lo que permite? ¿Por qué tal o cual daño? ¿Cómo puede decir que nos ama entonces?

Bueno, estas no son preguntas que se puedan responder cabalmente en un artículo, a lo menos requerirían unos cuantos libros, pero podemos ensayar un argumento. Dios Creador se manifiesta en la naturaleza, ese testimonio lo reciben todas las personas en su espíritu, aunque no todas lo aceptan. Entonces, si Dios es Creador del Universo físico que conocemos, Sus principios, es decir, el “cómo hace todas las cosas” debe estar grabado en esa misma creación; si Dios es coherente consigo mismo (y no podría ser de otra manera) debería actuar siempre basado en los mismos principios, Sus principios, los principios que rigen el “todo”. Entonces, analizando la creación deberíamos, por lo menos, tener indicios de esos principios que también se aplican a nosotros y que pueden explicar el por qué permite lo que permite.

Desde Newton hasta esta parte ha quedado en claro que el Universo físico se rige por leyes, y la física se ha erigido en la ciencia por excelencia que busca y expone esas leyes, al menos en su formulación matemáticamente más exacta. Por supuesto, el paso del tiempo nos ha llevado a descubrir cada vez leyes más complejas, cambiar postulados que antes aceptábamos, y reconocer campos de incertidumbre; pero eso no elimina el hecho anterior. Y una de esas leyes es la gravedad.

Esa misma gravedad es la que provoca, por ejemplo, que un meteorito caiga y trastorne el mundo entero, que la lava de un volcán descienda por la ladera y arrase poblaciones, que un edificio se caiga en un terremoto y aplaste a las personas bajo los escombros, que un barco se hunda y muchos mueran ahogados, que un avión se estrelle y mueran todos sus ocupantes, que un automóvil se despeñe, que un niño se tropiece y termine con una lastimadura y una cicatriz, y un larguísimo etcétera. ¿Por qué lo permite Dios? ¿Por qué no alterar esa ley de gravedad…? Porque precisamente gracias a esa ley existe el Universo.

Hoy conocemos la vastedad del Universo. Bueno, “conocer” es una forma de decir, recién nos hemos “asomado por la ventana” de la vastedad del Universo, pero lo cierto es que sabemos mucho más de lo que se sabía hasta hace un par de siglos. Y toda su estructura se mantiene por la fuerza de gravedad.

Una galaxia se mantiene por la fuerza de gravedad, principalmente de su centro galáctico, mucho más denso en estrellas y otros cuerpos. Nuestro sistema solar no podría existir “vagando errante” por el Universo, sin pertenecer a una galaxia.

Nuestro planeta se mantiene “en su sitio”, es decir, orbitando alrededor de la estrella adecuada gracias a la fuerza de gravedad de esa estrella, el Sol. El Sol mismo, como cualquier estrella, no podría brillar ni emitir luz y calor si en su proceso de formación la fuerza de gravedad no hubiera comprimido su núcleo lo suficiente como para que los átomos de hidrógeno se fusionaran formando helio y emitiendo energía. No habría tal cosa como una estrella brillando, y el Sol dentro de ellas, si no hubiera fuerza de gravedad.

¡No habría un planeta como la Tierra sin fuerza de gravedad! De hecho, no habría ningún planeta ni cuerpo celeste en el Universo (tampoco habría Universo…). Es la fuerza de gravedad la que mantiene cohesionadas las partículas de cualquier planeta.

Y podríamos seguir hablando mucho más del tema, e incluso meternos en las fórmulas que a los estudiantes de secundaria tanto les gustan…(!?) Pero es claro que esa misma fuerza de gravedad que pueda causar tremenda destrucción entre nosotros es LA MISMA que constituye uno de los más básicos pilares de la Creación, y que la sigue sosteniendo. ¿Podría mantener su integridad el Universo si Dios mismo violara Sus leyes?

Volvamos a los ejemplos de más arriba: ¿por qué la gente se estableció en la ladera de un volcán, sabiendo que en algún momento ocurriría una colada de lava?, ¿por qué se construyeron edificios tan grandes (y probablemente sin las normas de seguridad adecuadas) en una zona sísmica?, ¿por qué esa barca de inmigrantes iba repleta cruzando un mar embravecido?, ¿por qué el avión no tenía las medidas de seguridad adecuadas?, ¿por qué el auto iba tan rápido en una ruta de montaña?, ¿por qué el niño corría sin prestar atención?

No quiero ser simplista en lo que digo, por supuesto que la realidad no es tan sencilla como lo expuse más arriba, pero es evidente que al menos en buena parte de los casos, hay una falla humana que deja a las personas vulnerables. No siempre es así, a veces tiene que ver directamente con los juicios de Dios, pero en este caso TAMBIÉN HAY una falla humana, el pecado que ha llegado con su hediondez hasta las narices del Padre. Sea por lo que sea, y aunque haya sido solamente “un accidente”, nunca he escuchado a nadie que culpe a la fuerza de gravedad por tales cosas: todos saben que existe y el que vive bajo un volcán, o en un edificio, o sube a un barco o un avión, o corre despreocupadamente, sabe que hay un riesgo implícito (y si es un niño, se supone que debe haber un adulto que lo sepa… bueno, se supone…).

Si esto es así con las leyes físicas, ¿por qué acusamos a Dios cuando Él no viola Sus mismas leyes, aunque eso pueda ocasionar daños en este mundo material (que al fin de cuentas, es pasajero)? ¿No deberíamos más bien estar enojados contra el pecado de la humanidad, a veces el nuestro, pero muchas veces el de nuestros padres o de las generaciones pasadas? Dios le dio el mundo al hombre, y esa es una ley que no va a quebrantar, ¿por qué el mismo hombre se queja cuando cosecha lo que ha sembrado, apartado de Dios?

¡Dios no va a violar ninguna de Sus leyes!... Excepto que encuentre personas fieles que intercedan ante Él.

Y así, el mar se calmó, enfermedades desaparecieron, manos y pies fueron creados milagrosamente, ojos fueron abiertos, panes y peces fueron multiplicados, la tierra se frenó y el día se alargó, el mar se abrió… Así también los ángeles del Señor evitaron accidentes, violaciones, muertes, injusticias, abusos. Hubo leyes que cambiaron, guerras que no ocurrieron, descubrimientos que bendijeron a la humanidad y tantas otras cosas. ¡Y es que una de las leyes eternas de Dios es que Él puede intervenir en Su Creación, cuantas veces sea, por la intercesión de Sus fieles!

¿Por qué lo permitió Dios? Porque no puede violar las leyes que Él mismo dispuso y que sostienen al Universo. ¿Entonces está maniatado por esas mismas leyes? No, pero depende de que Sus representantes en esta Tierra muevan Su mano; aunque a pesar de todo, la misericordia de Dios sigue estando por encima de cualquier ley del mundo natural, humano y espiritual.


Danilo Sorti


287. El Padre nos lleva a Cristo… ¿cómo es eso?

Juan 6:37 RVC
37 Todo lo que el Padre me da, vendrá a mí; y al que a mí viene, no lo echo fuera.

Esta es una frase muy conocida de los Evangelios, nos emociona repetirla y podemos decir “¡Amén!” sin dudarlo cuando la escuchamos, ¿pero entendemos realmente lo que significa, y cómo eso se relaciona con la evangelización y la última cosecha?

Jesús dijo en otra oportunidad “la otra cara” de esta verdad:

Juan 8:19 RVC
19 Ellos le dijeron: «¿Y dónde está tu Padre?» Jesús respondió: «Ustedes no me conocen a mí, ni tampoco conocen a mi Padre. Si me conocieran a mí, también conocerían a mi Padre.»

Si entendemos al Padre como Creador, propiamente, la persona de Dios que más directamente se relaciona con la naturaleza, y leemos Romanos 1, nos damos cuenta de que el primer conocimiento de Dios, esa revelación “intuitiva”, viene precisamente a través de Su creación. ¿Quiénes son aquellos a quienes el Padre lleva al Hijo? Los que primero reconocieron a Dios a través de las “cosas hechas”.

Podríamos decir que hay una revelación que el espíritu humano acepta o no de la realidad de un Dios Creador, que el Padre puede ver perfectamente de tal forma que a ellos los guía a Su Hijo. No todos tienen la posibilidad de creer en Cristo para salvación, porque no todos recibieron y aceptaron esta revelación primera de Dios.

Con esto en mente, entendemos perfectamente por qué el Adversario se ha encargado desde hace siglos en hacer cada vez más artificial nuestro mundo, para alejar así a las personas de la naturaleza, que les habla de Dios. Entendemos por qué todo ser humano desea innatamente el contacto con la naturaleza y por qué el primer ámbito del hombre en el cual Dios tuvo comunión estrecha fue un huerto. Pero lo cierto es que ni siquiera tenemos que buscar la “naturaleza” fuera de nosotros, porque nosotros mismos somos seres naturales, con la “huella del Creador” grabada en nuestro interior. Y entendemos por qué también el Adversario está tratando de construir “humano artificiales”, “cyborgs” o cosas por el estilo.

Por supuesto que esto no “pasa por alto” al Dios Hijo, todo lo contrario, la revelación que tuvimos en un primer momento del Padre es como “el cartel” que nos indica hacia donde está la puerta, pero no entramos hasta que propiamente no cruzamos esa puerta. El que primeramente no puede ver a Dios en su espíritu a través de la creación, ¿cómo podrá aceptar el testimonio de un “milagrero” que vivió hace dos mil años? No puede, excepto que ya haya aceptado el testimonio de Dios.

Habiendo reconocido a un Creador, un Dios que está por encima del mundo natural, puede aceptar también que ese Dios se haya querido revelar, y a partir de allí puede recibir el testimonio de Cristo. Por supuesto, a través del testimonio de Cristo también muchos puede recibir la revelación de ese Dios que necesariamente existe porque sino tal hombre llamado Cristo no podría haber hecho lo que hizo ni haber tenido la influencia que tuvo. Pero en definitiva, hay un primer paso, en el espíritu, que consiste en encontrarse con Dios.

Los juicios que ya están aquí constituyen la voz de Dios para los hombres que han cerrado sus oídos a la voz de los mensajeros de Dios. La otra opción, mucho menos traumática, son los milagros y señales, tal como Jesús lo hizo:

Juan 10:25-26 RVC
25 Jesús les respondió: «Ya se lo he dicho, y ustedes no creen; pero las obras que yo hago en nombre de mi Padre son las que dan testimonio de mí.
26 Si ustedes no creen, es porque no son de mis ovejas.

Los milagros de Jesús demostraron Su poder sobre la naturaleza, precisamente, hizo las “obras del Padre”, es decir, demostró el mismo poder que el Padre, Dios Creador, a quien ellos decían conocer, pero que en realidad no lo conocían porque no podían creer en el enviado de ese mismo Dios, porque en el fondo de sus corazones habían rechazado el testimonio del Padre.

Por eso mismo Jesús dotó a Sus discípulos del poder para hacer milagros y señales:

Marcos 16:17-18 RVC
17 Y estas señales acompañarán a los que crean: En mi nombre expulsarán demonios, hablarán nuevas lenguas,
18 tomarán en sus manos serpientes, y si beben algo venenoso, no les hará daño. Además, pondrán sus manos sobre los enfermos, y éstos sanarán.»

Es cierto que algunos cristianos han exagerado las señales y milagros, haciendo de ellas el centro del Evangelio cuando en realidad son solamente eso: señales para llevar a los hombres a Cristo. Pero no es menos cierto que otros han rechazado o simplemente “descuidado” las señales y milagros (normalmente asustados por algo que no conocen bien o que se presta para abusos).

Aunque no todos necesiten ver señales y milagros, todos (o casi todos) necesitan por lo menos tener el testimonio de que tales cosas ocurrieron y ocurren; y esto no es un asunto menor, no es algo opcional o simplemente una “particularidad denominacional”; es precisamente una de las vías (¿la mayoritaria?) que puede conectar el testimonio del espíritu con la función de Cristo. Es decir, cuando el espíritu humano ya ha recibido y aceptado el testimonio del Creador, necesita reconocer al que manifiesta el mismo poder que el Creador pero es “hombre” como él y puede llevarlo a la salvación. Pero el primer testimonio de Dios es a través de las cosas hechas.

¿Y por casa cómo andamos? Satanás ha hecho un excelente trabajo apartando a los cristianos del conocimiento de la naturaleza a través de las ciencias naturales, y no ha tenido demasiado problema en que sean filósofos, sociólogos, psicólogos y otros de las ciencias humanas quienes produzcan y enseñen teología. Pero el testimonio del Padre, que necesitamos recibir continuamente, viene a través de Su creación.


Danilo Sorti


sábado, 30 de septiembre de 2017

286. Finalmente, ¿es mi trabajo lo que le ofreceré al Señor? ¿Mientras más personas gane, más estrellas tengo en mi corona?

Miqueas 6:6-8 RVC
6 Tú, Israel, preguntas: «¿Con qué me presentaré ante el Señor? ¿Cómo adoraré al Dios Altísimo? ¿Debo presentarme ante él con holocaustos, o con becerros de un año?
7 ¿Le agradará al Señor recibir millares de carneros, o diez mil ríos de aceite? ¿Debo darle mi primogénito a cambio de mi rebelión? ¿Le daré el fruto de mis entrañas por los pecados que he cometido?»
8 ¡Hombre! El Señor te ha dado a conocer lo que es bueno, y lo que él espera de ti, y que no es otra cosa que hacer justicia, amar la misericordia, y humillarte ante tu Dios.

La Iglesia tiene una misión en la tierra que no es “pasarla bien” ni mucho menos “ser felices y prósperos”, más bien el cumplimiento de la misión suele implicar todo lo contrario: pasar necesidad, pobreza, dificultes y angustias. Sea como sea, una misión implica “trabajo”, algo para hacer, resultados “materiales”, visibles, en parte numéricos.

De ahí que fácilmente la vida cristiana puede reducirse al “servicio”, a producir “fruto visible” para el Señor, es decir, “hacer” cosas en este mundo.

Santiago 2:20 RVC
20 ¡No seas tonto! ¿Quieres pruebas de que la fe sin obras es muerta?

Decididamente, si un cristiano no “hace cosas” para el Señor es dudosa su fe.

PERO de ahí a decir que la vida cristiana consiste en el “hacer” hay una GRAN DIFERENCIA. Claramente la salvación no viene por obras:

Tito 3:5 RVC
5 nos salvó, y no por obras de justicia que nosotros hubiéramos hecho, sino por su misericordia, por el lavamiento de la regeneración y por la renovación en el Espíritu Santo,

Eso ya quedó bien claro a partir del inicio mismo de la Reforma y nadie lo dudaría. Sin embargo, aunque creamos y afirmemos indubitablemente que la salvación no es por obras, en la práctica es muy fácil terminar enfocándose en las obras. Es decir, armamos una doctrina “sui generis” en la que la puerta de entrada es por gracia, pero el camino es por obras; es como que la gracia alcanza para entrar pero no para mucho más.

Como siempre, no es algo que se afirme explícitamente, pero en la práctica se puede ver, en mayor o menor medida.

Ahora bien, es necesario enfocarse en las obras, no somos espíritus flotando por el aire, estamos en un mundo material, que es creación de Dios y del cual dijo que “era bueno en gran manera”; y aunque el pecado haya trastornado todo eso, no fuimos quitados de esta tierra, Dios no borró de un plumazo a Su creación desviada y la obra de Cristo es precisamente restaurar todo lo que se echó a perder. Y en este mundo material las cosas ocurren porque “se hacen”. Y, al fin y al cabo, ¡cualquier ser vivo que “no hace” está muerto!

Pero el “hacer” no debe estar por encima del “ser”, es decir, de la manifestación de los frutos del Espíritu en nosotros. Nuestras obras inevitablemente estarán condicionadas por un sinfín de situaciones, la mayoría de las cuales escapan a nuestro control, además de que la verdadera “obra” es primero y antes que nada espiritual y no visible o material, por lo que juzgar la espiritualidad de otro o de nosotros por el “tamaño” o los resultados visibles de la obra tampoco es correcto. ¿Soy más espiritual si tengo éxito numérico o soy menos si las cosas me van mal?

La medida correcta de éxito son los frutos, o mejor dicho, el fruto, que es el amor:

1 Corintios 13:1-3 RVC
1 Si yo hablara lenguas humanas y angélicas, y no tengo amor, vengo a ser como metal resonante, o címbalo retumbante.
2 Y si tuviera el don de profecía, y entendiera todos los misterios, y tuviera todo el conocimiento, y si tuviera toda la fe, de tal manera que trasladara los montes, y no tengo amor, nada soy.
3 Y si repartiera todos mis bienes para dar de comer a los pobres, y entregara mi cuerpo para ser quemado, y no tengo amor, de nada me sirve.

La ofrenda del Antiguo Pacto, de la que habla Miqueas son las obras de justicia que hoy debemos hacer, pero ni las unas ni las otras constituyen el núcleo de lo que Dios nos está demandando. Miqueas habló de la justicia, la misericordia y la humildad, Pablo lo resumió en el amor

A medida que se aproxima el fin, es más urgente hacer la obra que se nos encomendó, esto es;

·         anunciar el evangelio a los que fueron rebeldes por mucho tiempo pero que creerán cuando vean venir los juicios, o los reciban sobre ellos mismos; el tiempo será muy corto,
·         enseñar a los cristianos que están saliendo del tremendo engaño e indiferencia de gran parte de la iglesia de estos tiempos, es arduo, hay mucho por cambiar,
·         evitar uno mismo caer en el error y engaño, hace falta tiempo de oración y búsqueda,
·         proveer para las necesidades de muchas personas, tanto físicas como emocionales, cada vez aumentan más,
·         orar para que sean abiertos los ojos de los cristianos engañados, que son muchos,
·         resistir y vencer en la lucha espiritual, que es cada vez más fuerte,
·         seguir cumpliendo con nuestros deberes laborales y familiares, siendo testimonio en esos ámbitos y haciendo las cosas correctas, ¡eso es todo un ministerio en sí mismo!
·         cuidar aún nuestra salud y nuestro físico, debemos “llegar en condiciones” a los tiempos que vendrán
·         y muchas cosas específicas más a las que cada uno haya sido llamado…

Si se trata de “hacer” el fin de los tiempos no disminuyó su necesidad, sino todo lo contrario. Y no estamos hablando de nada incorrecto o injusto, sino de la obra que el mismo Espíritu nos urge (y capacita) para hacer hoy.

Pero en este contexto, y ya no estoy hablando del “hacer religioso”, el hacer para cumplir, sino de lo que genuinamente debemos hacer, aún en medio de toda la urgencia y de la tarea a todas luces muchas veces superior incluso a nuestra “mejor medida de fe”, seguimos siendo llamados a no perder de vista que el Señor está buscando de nosotros los frutos de Su Espíritu. La obra que produce fruto para el reino es aquella que fue hecha con los frutos de Su Reino en nosotros.

Hermanos, a medida que somos urgidos a completar la tarea de los últimos tiempos, no perdamos de vista esta realidad; el Señor sigue buscándonos a nosotros, antes que a nuestro trabajo. Entramos en el Camino por la gracia, concluyámoslo también por ella.



Danilo Sorti