lunes, 16 de octubre de 2017

299. Jeremías 1: la misión de arrancar para plantar

Jeremías 1:10 RVC
10 Date cuenta de que este día te he puesto sobre naciones y reinos, para que arranques y destruyas, para que arruines y derribes, para que construyas y plantes.»

Dentro del llamado de Jeremías que leemos en el capítulo 1 hay muchos conceptos que podemos entender, que los podamos creer y vivir completamente es otro asunto, pero al menos podemos comprenderlos bien. Sin embargo, las últimas palabras de este versículo resultan más difíciles. En realidad resultan difíciles de “entender” porque resultan difíciles de aceptar, porque son bastante extrañas a nuestros oídos.

Como cristianos estamos acostumbrados a la dimensión del amor y la misericordia de Dios, y de hecho esa ha sido la forma principal en la que el Señor se reveló al mundo a partir de la obra de Cristo, por lo que es muy fácil olvidarse de las otras facetas de lo que Dios es, pero es un hecho que Dios tiene el poder para cambiar las cosas y lo hace:

Daniel 2:21a RVC
21 Tú cambias los tiempos y las edades, y a unos reyes los pones y a otros los quitas. …

Hebreos 10:8-9 RVC
8 Al decir primero: «No quieres ni te agradan sacrificios ni ofrendas, ni holocaustos ni expiaciones por el pecado» (cosas que se ofrecen según la ley),
9 y luego añadir: «Aquí estoy, para hacer tu voluntad», quita lo primero para establecer esto último.

Además de eso, si vemos el mundo natural también es un hecho de que todos los seres vivos mueren, de que los espacios y escenarios de la vida cambian, de que todo es dinámico y este dinamismo significa que hay cosas que ya no estarán más en el futuro, y que en su lugar aparecerán otras nuevas.

Estos cambios pueden ser más drásticos, como en los tiempos del diluvio, cuando Dios barrió con una civilización y una raza híbrida que los ángeles caídos habían formado, o cuando acabó con Sodoma y Gomorra, o cuando, de mano de los israelitas, acabó con muchos de los pueblos que habitaban Canaán.

Dios crea y Dios también destruye, Él tiene el derecho de hacerlo con el mundo natural y con las civilizaciones humanas:

Jeremías 18:7-10 RVC
7 »En cualquier momento puedo decir, de algún pueblo o reino, que lo voy a arrancar, derribar, o destruir.
8 Pero si ese pueblo o reino se aparta de su maldad, contra la cual hablé, yo desistiré del daño que había pensado hacerles.
9 »En cualquier momento puedo también decir, de algún pueblo o reino, que lo voy a edificar y plantar.
10 Pero si ese pueblo o reino hace lo malo ante mis ojos, y no me obedece, yo dejaré de hacerles el bien que había pensado hacerles.

Esto es algo difícil de aceptar y es un argumento que utilizan muchos ateos en contra de la bondad de Dios… aunque esos mismos ateos generalmente no tienen reparos en que una mujer decida sobre la vida del ser humano que lleva en su vientre. Pero Dios tiene el derecho y la justicia perfecta para hacerlo, y la misión de Jeremías tenía que ver con eso, principalmente con el hecho de “destruir”, o mejor dicho, de “anunciar la destrucción” de un sistema de cosas, de una sociedad y una cultura que tenía ya unos cuanto siglos de historia; del mundo que ellos conocían.

En una oportunidad leí que el profeta “invita a llorar y lamentarse” por el fin de un sistema de cosas, y eso principalmente hizo Jeremías, por eso en su llamamiento Dios dice “arrancar”, “destruir”, “arruinar”, “derribar”. No puede haber algo nuevo si no se quita lo viejo, y llega un momento en que lo viejo, o mejor dicho, una buena parte de lo viejo, la mayor parte, ya no puede ser restaurada ni utilizada en la edificación de lo nuevo, hay que eliminar todo. Parte de la misión de Jeremías consistía en “construir” y “plantar”, aunque no era lo principal.

De la misma forma, el llamado de muchos profetas y mensajeros de Dios hoy tiene que ver con eso. Es cierto que en un sentido general, debemos “arrancar” la vieja vida, la vieja naturaleza, para que se desarrolle la nueva; eso corresponde a lo más básico del discipulado. Pero hoy estamos en el momento en que Dios está anunciando que Él destruirá el actual sistema de cosas, para poder establecer Su nuevo sistema.

¿Qué significa esto exactamente? ¿Qué es lo que se arranca, qué es lo que se purifica, qué es lo que queda? Hay muchas preguntas específicas que Dios está respondiendo hoy a través de Sus profetas; no voy a profundizar en ese tema, solamente diré que creo que la interpretación evangélica tradicional de que luego de la tribulación de los siete años queda absolutamente todo destruido puede tener algunos matices, aunque definitivamente, si queda algo, no será mucho.

Pero no es mi tema aquí. El asunto es que muchos profetas hoy son llamados a anunciar la destrucción de un sistema, con todo lo que eso significa y con todo el rechazo que genera, especialmente de los que aún están aferrados a una visión “evangelística” del Evangelio, de paz, bendición, restauración y sanidad. Eso corresponde a un tiempo del obrar de Dios, pero también hay otro tiempo, muy distinto, y el llamamiento de Jeremías lo confirma.

Si ese es tu llamado, no dudes; simplemente mantenete escuchando la voz del Señor a cada momento para decir Sus palabras; aún Jeremías tuvo mensajes de restauración, y creo yo que ningún verdadero profeta puede carecer de ellos, aunque lo principal de su mensaje sea el juicio y la destrucción.

Hermanos, que el Señor nos de la sabiduría y las palabras adecuadas.


Danilo Sorti


298. Jeremías 1: el llamado de Jeremías y el llamado de muchos profetas hoy

Jeremías 1:4-10 RVC
4 La palabra del Señor vino a mí, y me dijo:
5 «Antes de que yo te formara en el vientre, te conocí. Antes de que nacieras, te santifiqué y te presenté ante las naciones como mi profeta.»
6 Yo dije: «¡Ay, Señor! ¡Ay, Señor! ¡Date cuenta de que no sé hablar! ¡No soy más que un muchachito!»
7 Pero el Señor me dijo: «No digas que sólo eres un muchachito, porque harás todo lo que yo te mande hacer, y dirás todo lo que te ordene que digas.
8 No temas delante de nadie, porque yo estoy contigo y te pondré a salvo.» —Palabra del Señor.
9 Y el Señor extendió su mano, me tocó la boca y me dijo: «Yo, el Señor, he puesto mis palabras en tu boca.
10 Date cuenta de que este día te he puesto sobre naciones y reinos, para que arranques y destruyas, para que arruines y derribes, para que construyas y plantes.»


Probablemente estos sean los versículos que más se han predicado del libro de Jeremías, ¡porque son casi los únicos que no hablan de juicio y problemas! En un artículo anterior analizamos el contexto en el cual Jeremías es llamado: nació de un linaje sujeto al juicio divino desde hacía siglos, en un territorio que había pasado por los mismo, y ahora él tenía que anunciar el juicio irrevocable que estaba por caer.

El llamado de Jeremías ha inspirado a muchas generaciones a lo largo de los siglos, pero probablemente no haya habido otra generación como la presente a la cual se aplique con tanta precisión.

¡Qué maravillosa sabiduría de Dios que antes de empezar con los mensajes de juicio, que ocuparían muchos años por delante, se muestra a Jeremías como el Señor de la eternidad, el que ya tiene todo previsto de antemano! ¿Por qué digo esto? «Antes de que yo te formara en el vientre, te conocí. Antes de que nacieras, te santifiqué y te presenté ante las naciones como mi profeta.» El Dios de los espíritus ya había preparado a Jeremías, en el tiempo “kairos”, en Su tiempo eterno, para la misión que recibiría porque había conocido su disposición y el amor de su corazón.

Nada mejor que empezar una misión que sería tan terriblemente “terrenal” con una perspectiva eterna. Nosotros hoy no necesitamos menos que eso, en un mundo que se ha vuelto igual de “terrenal” y concentrado en sus cosas materiales. Y también necesitamos este “vistazo” al mundo espiritual para no quedarnos exageradamente anclados a la tierra.

La dificultad extrema del ministerio de Jeremías y de nuestro servicio hoy requiere que podamos escuchar la voz del Padre anunciándonos Sus propósitos desde la eternidad, y que la escuchemos más de una vez. Quién sabe cuántas veces Jeremías habría recordado esas palabras del Padre, en medio de los rigores de su misión. Desde el principio de los tiempos hay una misión preparada para nosotros, en la eternidad, presentada ya en el mundo espiritual, tal como lo revela el Señor aquí… por eso es que también desde el principio de nuestra vida terrenal hay un designio satánico preparado para cortar ese ministerio, y por eso de las luchas y dificultades que experimentamos desde el mismo vientre de nuestra madre.

Pero el llamado del Señor no es una comisión de un general del ejército, que no se puede replicar ni cuestionar, sino todo lo contrario, ¡qué diferente que es Dios a nuestras estructuras humanas! Nada menos que Él, EL GENERAL SUPREMO, no tiene problemas en atender a las dudas y cuestionamientos de Sus soldados. Él no es como nosotros.

Jeremías no dudó del llamamiento y en esencia no lo rechazó, sino que planteó las dificultades prácticas para llevarlo a cabo, las cuales eran muy reales en esa sociedad: no tenía un lenguaje adecuado, no sabía hablar en público y era demasiado joven como para ser tenido en cuenta. Esas mismas dificultades se están repitiendo hoy mismo exactamente en muchos hermanos que son llamados en contextos similares como el de Jeremías para llevar mensajes también similares. ¿Por qué Dios uso a ese Jeremías? No me refiero al Jeremías que leemos al final del libro, ya afirmado en su rol, completamente lleno del fuego del espíritu, sino a ése, el jovencito. Quizás la explicación la podamos encontrar en las palabras de Pablo:

1 Corintios 1:26-29 DHH
26 Hermanos, deben darse cuenta de que Dios los ha llamado a pesar de que pocos de ustedes son sabios según los criterios humanos, y pocos de ustedes son gente con autoridad o pertenecientes a familias importantes.
27 Y es que, para avergonzar a los sabios, Dios ha escogido a los que el mundo tiene por tontos; y para avergonzar a los fuertes, ha escogido a los que el mundo tiene por débiles.
28 Dios ha escogido a la gente despreciada y sin importancia de este mundo, es decir, a los que no son nada, para anular a los que son algo.
29 Así nadie podrá presumir delante de Dios.

Y entre los corintios abundaban las manifestaciones proféticas, tal como podemos leer más adelante en la carta.

Pero se me ocurre que otra de las razones tenía que ver con el hecho de que al ser joven todavía no se había contaminado con las estructuras y pensamientos de su sociedad, de hecho SUMAMENTE corrompidos, por lo que tenía la libertad de decir “sin filtros” y sin procurar ser “políticamente correcto” las palabras que el Señor le dijera. ¡Qué cosa tan terrible es que a medida que nos ponemos más viejos nos vamos volviendo tan “políticos” en decir las cosas, siendo que Dios llamó a profetas que no lo eran!

La respuesta del Señor a Jeremías, en el versículo 6, fue que no se mirara a él mismo sino a Aquel que lo estaba comisionando, y quien pondría las palabras y las acciones en Su profeta. Es lo mismo para nosotros, cuando somos comisionados, no una vez, no únicamente al principio, sino vez tras vez, con cada nuevo desafío. Y de paso, nos recuerda que no tenemos que decir lo que nos parece bien, lo que aprendimos, lo que nos dijo el pastor o el apóstol o el profeta o el patriarca o vara a saber qué título, SON SOLAMENTE SUS PALABRAS.

Pero nadie puede decir Sus Palabras sin la protección de Dios, mucho menos en este tiempo. Así como vino el llamado, vino la promesa: “No temas delante de nadie, porque yo estoy contigo y te pondré a salvo.» —Palabra del Señor.” Y esta última expresión, “Palabra del Señor”, cierra el asunto. No hay más, no hay mayor autoridad, no hay mayor poder y no hay nada que se le pueda agregar. Esa es la confianza que tenemos que tener, y por supuesto, el llamado y la promesa que debemos recibir.

Dios pone literalmente Sus Palabras en boca de Jeremías, y la gente de ese entonces no lo reconoció, salvo quizás unos pocos, pero eso no cambió el hecho. Lo mismo hoy, no esperes mucho reconocimiento, pero eso no altera el llamamiento.

“Date cuenta de que este día te he puesto sobre naciones y reinos, para que arranques y destruyas, para que arruines y derribes, para que construyas y plantes.” La autoridad que recibimos al recibir la Palabra de Dios puede ser tremenda. Satanás y muchos buenos cristianos, líderes inclusive, van a tratar de minimizar este hecho. El jovencito Jeremías no podía tener una dimensión cabal de lo que estaba escuchando en ese momento, solo después, con el tiempo. Pero nuestra palabra, siendo las Palabras de Dios, es vida o muerte para las naciones; es el mensaje de salvación, de advertencia, de protección, de corrección que en estos tiempos, que son los últimos. No hay mucho tiempo y no habrá muchas más palabras que irán a las naciones, aunque son muchos los Jeremías que el Señor está levantando hoy, son pocos si los comparamos con la magnitud de la obra que resta. Pero así como un solo profeta fue suficiente para Jerusalén en ese tiempo, así es suficiente lo que el Señor levante hoy.

Apocalipsis 10:9-11 RV1995
9 Fui donde el ángel, diciéndole que me diera el librito. Y él me dijo: «Toma y cómelo; te amargará el vientre, pero en tu boca será dulce como la miel».
10 Entonces tomé el librito de la mano del ángel y lo comí. En mi boca era dulce como la miel, pero cuando lo hube comido amargó mi vientre.
11 Él me dijo: «Es necesario que profetices otra vez sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes».

A esta altura, Juan ya era un profeta y siervo del Señor maduro, próximo a partir de esta tierra; podríamos decir que estaba “al final” del camino que estaba empezando Jeremías, pero la palabra que recibe es una continuación de la de Jeremías y una exhortación para nosotros: sigue siendo necesario profetizar sobre muchos pueblos, naciones, lenguas y reyes, tal como Jeremías. Y no debemos olvidar que la primera y principal profecía que debemos llevar es el mensaje de Jesucristo, que trae vida o muerte, protección o juicio.

¡Señor, que sean levantados Tus Jeremías en este tiempo, aquellos que no se han contaminado con las filosofías y cuestiones de una iglesia somnolienta y desorientada! ¡Señor, levanta a los jóvenes llenos del fuego de Tu Espíritu, aquellos que no temen perder sus títulos ni posiciones! ¡Aviva, Señor, Tu obra en medio de los tiempos!


Danilo Sorti


297. Aunque seas la burra de Balaam, ¡predica!

Hechos 4:31 RVC
31 Cuando terminaron de orar, el lugar donde estaban congregados se sacudió, y todos fueron llenos del Espíritu Santo y proclamaban la palabra de Dios sin ningún temor.

Lucas 19:40 RVC
40 Pero Jesús les dijo: «Si éstos callaran, las piedras clamarían.»

Números 22:28 RVC
28 Entonces el Señor hizo que el asna hablara, y ésta le dijo a Balaam: «¿Y yo qué te he hecho? ¿Por qué me has azotado tres veces?»


La iglesia de Jerusalén tiene algunas características muy distintivas. Por cierto no fue perfecta, y el Señor tuvo que permitir una dura persecución para que cumplieran con el mandato misionero; pero por otro lado, varias de las características que vemos allí no las hemos encontrado muy frecuentemente entre el pueblo de Dios, especialmente el amor y el fervor de TODA LA CONGREGACIÓN en anunciar las Buenas Nuevas.

Ese fervor tuvo, sin embargo, un contexto. Notemos que en el pasaje de Hechos, fue el mismo Espíritu el que lo insufló; no fue ningún discurso motivacional, no fue ningún clima creado luego de tres días de conferencia, no fue ningún predicador profesional, porque los apóstoles no lo eran; sólo fue el Bendito Espíritu. Claro, se le dio libertad para hacerlo.

Si leemos la historia para atrás y para delante de ese momento, vemos que Israel se encontraba en una situación crítica; no tenía tiempo. Aunque ellos no lo sabían, sería destruida como país en el año 70 y dejaría de existir como tal por casi 1.900 años; no había tiempo; era urgente que el mensaje fuera anunciado. Esa urgencia y enfoque tuvo Jesucristo, quién fácilmente podía haber predicado en otros lugares y conseguido muchísimos más conversos, y eso fue lo que pasó cuando anduvo por las zonas fronterizas. Jerusalén, tal como había rechazado al Mesías, habría de rechazar finalmente a Sus seguidores, incluso la iglesia misma sería prontamente contaminada con el legalismo y finalmente no podría abandonar el “formato” judío del Evangelio, a pesar de que en Hechos 15 claramente reconocen que no era necesario para alcanzar la salvación.

El Señor sabía que el tiempo de Israel, y especialmente de Jerusalén, era breve. Y por eso derramó un fervor evangelístico como no lo vemos en ninguna otra parte de Hechos, y casi que de la historia de la Iglesia.

En ese contexto sucedió que TODOS FUERON LLENOS Y TODOS PREDICARON. Ahora bien, cuando avanzamos un poco más y leemos las epístolas, entendemos que no todos tienen el don de evangelismo; según los que han estudiado el tema, alrededor del 10 % de los cristianos nomás, y después de conocer durante mucho tiempo la vida de iglesia, puedo afirmar que sería totalmente inútil que más cristianos lo tuvieran, ¡inevitablemente se perdería la cosecha por faltar obreros que sanaran y discipularan a los nuevos! Pero esto no es una verdad absoluta, y la prueba la tenemos ahí, en Hechos 4.

Cuando el tiempo es escaso y la necesidad apremiante, es necesario que todos, tengan o no tengan el don, prediquen el Evangelio, y el mismo Espíritu que derrama uno u otro don, puede perfectamente en algún momento capacitar a todos para que prediquen el Evangelio sin temor, y lo hace.

Pues bien, ese tiempo está llegando. Con esto no quiero decir que todos debieran ser evangelistas, ni tampoco pretendo indicar qué es lo que deberían anunciar, pero sí creo que el Espíritu está llamando fuertemente a TODOS LOS SUYOS a que proclamen sin temor la Palabra. Algunos evangelizarán, otros enseñarán, otros aconsejarán, otros profetizarán, otros animarán, otros proclamarán el Evangelio con sus hechos, otros lo proclamarán en los aires, hacia los principados y potestades, a través de sus oraciones, en fin, todo lo que se hace genuinamente en el servicio del Señor no es más (¡ni menos!) que una proclamación de la Palabra.

Aquellos cristianos de Jerusalén, recién convertidos, no se detuvieron a analizar cuál era su nivel de santidad y conocimiento antes de predicar, ¡simplemente lo hicieron! Cuidado hermanos, todos ellos eran fieles y fervorosos, y estaban en el camino de la santificación, aunque recién hubieran comenzado a dar sus primeros pasos… no eran cristianos hipócritas y mañosos; yo no estoy hablando a estos últimos. Pero ellos, fieles en lo que tenían, y aún con muchas cosas por cambiar en sus vidas, no se detuvieron en sus deficiencias ni ignorancias, lo que tenían, lo que sabían, no más pero tampoco menos, eso dieron.

Ese es un mensaje para hoy; el tiempo es escaso, no ya para una ciudad o un país, ¡sino para todo el mundo! Hermano, lo que tengas, ¡dalo!, no lo retengas por temor, no te consideres menos; Dios ha comenzado a desatar Sus juicios sobre la tierra, ¿no habrá de proteger a Sus escogidos que están anunciando el mensaje de la última hora? Sin duda que te harán la guerra, pero, en el propósito del Señor, no te vencerán. Y aún aquellos que deban entregar sus vidas, no partirán mucho tiempo antes de lo que lo haremos el resto.

Y ahora hablemos de los cristianos hipócritas y mañosos: ¿eres uno de ellos? Bueno, ¿no estás conforme con la vida que has llevado hasta ahora? En Dios hay poder de restauración. ¿Te has arrepentido y recibiste la liberación de Dios? ¡Entonces predica! ¿Qué mensaje tienes? Quizás nada más que tus propios errores, pero te aseguro que son los de muchos otros, que necesitan escuchar que en Dios sigue habiendo restauración. No tienes que dar el mensaje florido y exitista que anunciabas antes de caer, no tienes que anunciar grandezas, simplemente testifica que en Dios hay restauración para cualquiera que se acerque a Él. ¡Te aseguro que ese mensaje es uno de los más útiles que hace falta predicar hoy!

Hermano, ¿crees que eres duro como una piedra para entender? Bueno, ¡pero las piedras también estaban dispuestas a alabar! ¿Piensas que no eres mejor que la burra de Balaam? ¡Pero el Señor habló a través de ella! Entonces, de una burra a otra burra, ¡recibe esta exhortación!


Danilo Sorti


296. Jeremías 1: un profeta rescatado de en medio del juicio para anunciar juicio… ¡hoy!

Jeremías 1:1-3 RVC
1 Palabras de Jeremías hijo de Hilcías, que era uno de los sacerdotes de Anatot, en territorio de Benjamín.
2 Jeremías recibió palabra del Señor en el año decimotercero del reinado de Josías hijo de Amón, rey de Judá.
3 También la recibió en los días de Joacín hijo de Josías, rey de Judá, y hasta finales del undécimo año de Sedequías hijo de Josías, rey de Judá; es decir, hasta el mes quinto de la cautividad de Jerusalén.


Jeremías es un libro tremendamente actual. Probablemente no sea muy predicado ni leído entre los cristianos, pero debería serlo, porque sus palabras “encajan” perfectamente en la realidad presente del Pueblo de Dios y del mundo. Jeremías vivió “en pequeño” lo que el mundo está por vivir “en grande”. Para que no nos hagamos vanas esperanzas, ni seamos sorprendidos por lo que va a ocurrir, ni por la dureza del corazón de inconversos y (supuestos) conversos, necesitamos imperiosamente devorar las palabras de este libro, que en verdad nos amargarán el vientre, como le pasó a Juan, pero que nos harán muy bien al alma y al espíritu.

Antes de leer Jeremías hay que ubicarlo en el contexto del juicio inminente e irreversible, no como un profeta para cambiar el futuro inmediato, como lo fueron otros, sino como una guía para atravesar el tiempo de juicio y sobrevivir. Pero Jeremías fue especialmente “preparado” para ese tiempo de juicio, tal como muchos de nosotros hoy, y entender sus traumáticos orígenes y su crucial misión de seguro puede traer gran sanidad a muchos cristianos hoy y enfocarlos en sus propias misiones para este tiempo, que en muchos casos no serán muy diferentes a las del mismo Jeremías.

¡Jeremías tenía muy buenas razones para sentirse humillado por su historia y por la gente de su región!

La historia de Jeremías empieza con uno de sus menos ilustres antepasados:

1 Samuel 2:27-36 RVC
27 Un día, un hombre de Dios fue a visitar a Elí, y le dijo: «Así ha dicho el Señor: Cuando tus antepasados vivían en Egipto, en la tierra del faraón, ¿no es verdad que me manifesté a ellos con toda claridad?
28 Yo escogí a tu padre de entre todas las familias de Israel, para que fuera mi sacerdote y presentara sobre mi altar las ofrendas, y quemara incienso, y llevara el efod delante de mí. Además, le di a sus descendientes todas las ofrendas de los hijos de Israel.
29 ¿Por qué han pisoteado los sacrificios y las ofrendas que pedi al pueblo ofrecerme en el tabernáculo? ¿Por qué has respetado más a tus hijos que a mí, y los has dejado engordar con las mejores ofrendas que me da mi pueblo Israel?
30 Por todo esto, el Señor Dios de Israel te dice: Yo prometí que tu familia y los descendientes de tu padre estarían siempre a mi servicio; pero hoy te digo que esto se acabó, porque yo honro a los que me honran, y humillo a los que me desprecian.
31 Ya está cerca el día en que tu poder y el de tus descendientes llegará a si fin; ninguno de ellos llegará a viejo.
32 Tu familia caerá en desgracia, mientras que a Israel lo colmaré de bienes. Ya lo he dicho: Ninguno de tus descendientes llegará a viejo.
33 A cualquiera de tus hijos que yo no aparte de mi altar, tú lo verás para llenarte de dolor. Todos tus descendientes morirán en plena juventud.
34 Como señal de lo que te he dicho, tus dos hijos, Jofní y Finés, morirán el mismo día.
35 Pero levantaré un sacerdote que me sea fiel, y que haga lo que a mí me agrada. Yo haré que no le falten descendientes, y estará delante de mi ungido todos los días de su vida.
36 El que haya sobrevivido en tu familia, irá y se arrodillará delante de él, y le rogará que le dé una moneda de plata y un bocado de pan, y que lo ocupe en algún trabajo entre los sacerdotes para tener qué comer.»

La historia sigue con la derrota en batalla, la captura del Arca, la muerte de los hijos de Elí y del mismo Elí. Samuel cobra relevancia por encima de los sacerdotes durante ese tiempo y éstos, los descendientes de Elí que continuaron, no aparecen en el relato bíblico durante ese tiempo.

Décadas después, cuando David huía de Saúl, nos encontramos con este otro episodio:

1 Samuel 22:16-20 RVC
16 Pero el rey dijo: «Puedes estar seguro, Ajimélec, que tú y toda la familia de tu padre morirán.»
17 Y dirigiéndose el rey a los guardias que lo rodeaban, les ordenó: «¡Maten a los sacerdotes del Señor! También ellos le son fieles a David, pues sabían que él huía de mí, y no me lo hicieron saber.» Pero los guardias se negaron a cumplir la orden de matar a los sacerdotes del Señor,
18 así que el rey llamó a Doeg y le dijo: «Ven y mátalos tú mismo.» Y Doeg arremetió contra ellos, y ese mismo día mató a ochenta y cinco sacerdotes que vestían efod de lino.
19 Luego entró en Nob, donde vivían los sacerdotes, y mató a hombres, mujeres y niños de pecho, y hasta mató bueyes, asnos y ovejas. A todos los mató a filo de espada.
20 Pero Abiatar, que era uno de los hijos de Ajimélec hijo de Ajitob, logró escapar y fue en busca de David.

Imposible no escuchar aquí los ecos del mensaje profético dado a Elí.

La historia sigue su curso, David muere y se suscita un problema por la sucesión al trono. Abiatar se pone del lado equivocado, y cuando asciende Salomón:

1 Reyes 2:26-27 RVC
26 Luego, el rey le ordenó al sacerdote Abiatar: «Regresa a Anatot, tu tierra. Mereces la muerte, pero no te mataré hoy porque has llevado el arca del Señor, nuestro Dios, en presencia de David, mi padre, y porque sufriste junto con él las mismas aflicciones.»
27 Así fue como Salomón quitó a Abiatar del sacerdocio en el templo del Señor, con lo que se cumplió su palabra contra los descendientes de Elí, como lo había afirmado en Silo.

Jeremías venía de una familia sacerdotal “fracasada”, que acarreaba una terrible maldición generacional, que había visto desgracias en su historia, y que además vivía en el territorio de Benjamín, la tribu que fue prácticamente destruida por las otras por haber protegido a un grupo de perversos (la historia se encuentra en Jueces 19 – 21), y que luego es reconstruida con mujeres raptadas de sus familias. ¡Imagínense cuánto trabajo hubieran tenido los psicólogos durante generaciones con esa gente!

Posteriormente Benjamín lleva al rey Saúl al poder, que también fracasó de manera estrepitosa, y junto con él, muchos de su tribu.

A toda esa historia hay que agregarle las “idas y vueltas” de Israel a lo largo de los siglos siguientes, y en progresivo e inexorable deterioro moral que ya estaba llegando a su colmo. En ese contexto nace y crece Jeremías.

En cierto sentido tenemos una historia que no es muy diferente a la de muchos cristianos del presente: no tienen nada de que enorgullecerse si miran a su familia y antepasados; no hay demasiadas cosas buenas que sacar de su propia comunidad, y desde que eran niños hasta el presente sólo han conocido degradación moral, problemas y progresiva decadencia. ¿Acaso Dios puede sacar algo bueno DE AHÍ?

Pues sí, EXACTAMENTE DE AHÍ Dios sacó a Jeremías, quien recibió palabras de la misma Boca del Altísimo.

Podemos hacer una extensa lista de las cosas que Jeremías probablemente no tuvo, y de aquellas que tuvo que soportar; pero en medio de tanta oscuridad Él tuvo un corazón fiel, profundamente celoso por Dios, y fue recompensado con una misión única, desarrollada en el contexto más difícil del que tenemos registro.

Jeremías “vivió” en una familia y una tierra marcada desde hacía siglos por el juicio y el castigo de Dios (a causa de los pecados); podía haberse transformado en un rebelde contra Dios, podía haberse sumido en la autocompasión o en un tremendo complejo de inferioridad e incapacidad; pero no pasó nada de eso. Jeremías pudo ver a Dios por encima de la historia que a su familia y a la gente de la región le había tocado vivir, entendió que todo lo que había pasado allí fue por consecuencia de los pecados, y fácilmente pudo recibir y predicar con ardor el mensaje hacia toda la nación, ¡precisamente porque sabía cuán terrible era apartarse de Dios!

Jeremías mismo estaba bajo la “maldición” de Elí… pero el Señor transformó esa maldición en la plataforma de su ministerio.

Hermanos, debemos reconocer que Jeremías cumplió una función única y muy desagradable, pero extremadamente necesaria. Muy poco fue el fruto que pudo ver en su vida terrenal, y enfrentó muchos conflictos internos en relación con su misión; pero todo eso trajo fruto durante siglos a incontables cristianos, y más todavía, toda esa experiencia es la que hoy nos va a ayudar a completar la misión que nos queda, porque será hecha en un contexto similar al que tuvo que vivir el profeta.

Hoy tenemos una gran ventaja, además por supuesto de que vivimos bajo la gracia derramada por nuestro Señor Jesucristo; y es que todo lo que estamos enfrentando y por enfrentar en breve ya fue escrito, por lo que nada de eso nos tomará por sorpresa. Cobremos ánimo, hermanos, muy pronto nuestro Amado vendrá y recibiremos la recompensa de nuestro trabajo, pero todavía hay una obra por hacer, y Jeremías necesita decirnos unas cuantas cosas.


Danilo Sorti


295. El ministerio de las mujeres: ¿se aplica el pasaje de Gálatas 3:28?

Gálatas 3:24-28 RVC
24 De manera que la ley ha sido nuestro tutor, para llevarnos a Cristo, a fin de que fuéramos justificados por la fe.
25 Pero al venir la fe, no estamos ya al cuidado de un tutor,
26 pues todos ustedes son hijos de Dios por la fe en Cristo Jesús.
27 Porque todos ustedes, los que han sido bautizados en Cristo, están revestidos de Cristo.
28 Ya no hay judío ni griego; no hay esclavo ni libre; no hay varón ni mujer, sino que todos ustedes son uno en Cristo Jesús.

Uno de los pasajes que se utiliza para permitir el ministerio público de las mujeres es Gálatas 3:28. El contraargumento que se utiliza es que no está hablando ahí del sacerdocio o ministerio. Veamos eso con más detalle.

El pasaje está hablando de la salvación, de ser hechos hijos de Dios lo cual necesariamente significa ser incorporados al, ahora nuevo, Pueblo de Dios. No hay tal cosa en la Biblia como ser verdaderamente salvo y estar “afuera” de la Iglesia, el Pueblo de Dios.

Habiendo sido salvos, estando incorporados en el Pueblo de Dios, somos hechos nuevas criaturas, por lo que las barreras de separación sociales son rotas porque todos estamos en una posición de igualdad ante el Padre. Notemos que las barreras que menciona Pablo aquí abarcan varias condiciones humanas y no solamente en relación con la salvación:

·         Judío o griego: las diferencias eran profundamente culturales, pero también espirituales; se suponía que los unos eran salvos, el Pueblo de Dios, y los otros no.
·         Esclavo o libre: las diferencias eran profundamente legales, uno tenía todos los derechos, el otro, legalmente, ninguno; también eran profundamente culturales, económicas, intelectuales, etc., aunque no en relación con la salvación.
·         Varón o mujer: la diferencia es de géneros, biológica, a la vez que profundamente social, cultural, económica; aunque tampoco en relación con la salvación.

De esta breve enumeración podemos concluir que Pablo está claramente hablando de las barreras que impedían a los distintos grupos sociales acceder a la salvación y, más que nada pertenecer al mismo Cuerpo de Cristo.

Ahora bien, ¿está hablando del ministerio público aquí? No, claro que no… ¿o sí?

El hecho de ser salvos implica automáticamente que pertenecemos a la Iglesia; quizás no necesariamente a una congregación, pero sí a la Iglesia, y eso es más que suficiente. ¿Qué implica ser salvo?

Mateo 23:8 RVC
8 Pero ustedes no busquen que los llamen “Rabí”, porque sólo uno es el Maestro de ustedes, y ése es el Cristo; y todos ustedes son hermanos.

Este es uno de los “pasajes prohibidos” para los predicadores; Jesús nunca se preocupó por establecer una jerarquía, ni mucho menos un orden de autoridad férreo, aunque sí dejó una estructura de responsabilidad (más que de “autoridad”); pero hizo mucho énfasis en el concepto de “hermanos”. Cuando uno ve el énfasis que se hace en el discurso de iglesia hoy en día está puesto en el concepto de “autoridad y obediencia”.  Entonces, hombres y mujeres son en principio hermanos en Cristo, reforzando la idea de Pablo, en un nivel de igualdad, de equivalencia.

1 Pedro 2:9 RVC
9 Pero ustedes son linaje escogido, real sacerdocio, nación santa, pueblo adquirido por Dios, para que anuncien los hechos maravillosos de aquel que los llamó de las tinieblas a su luz admirable.

Estos hermanos, estos miembros del mismo Cuerpo, son “real sacerdocio”.

Apocalipsis 5:9-10 RVC
9 y entonaban un cántico nuevo, que decía: «Digno eres de tomar el libro y de abrir sus sellos, porque fuiste inmolado. Con tu sangre redimiste para Dios gente de toda raza, lengua, pueblo y nación,
10 y para nuestro Dios los hiciste reyes y sacerdotes, y reinarán sobre la tierra.»

“Reyes y sacerdotes” son, entonces todos los santos.

Vamos de nuevo a Gálatas 3:28; ¿no está hablando allí del ministerio público? No, está hablando de algo muy superior que engloba al ministerio público. Toda función de ministerio está englobada dentro de la situación de ser hecho “hijo de Dios”, si no hay diferencias en lo que es más importante y trascendente, ¿habrá diferencias en lo que es menor? El pasaje de Gálatas SÍ se aplica al ministerio de las mujeres… y a muchas cosas más.

¿Por qué no se hizo claramente efectivo durante el ministerio de Jesús y de la Iglesia neotestamentaria? Por la misma razón que TAMPOCO se hizo claramente efectiva la disolución de las barreras entre judíos y griegos y entre esclavos y libres durante ese tiempo: implicaban un proceso cultural, social, muy arraigado. De hecho, la manifestación plena de Gálatas 3:28 en la Tierra no ocurrirá hasta que Cristo venga a reinar, pero mientras tanto se supone que el Pueblo de Dios debe vivir en base a los principios del Reino y no del mundo.

Dios hizo “lo más”, anuló las barreras de separación entre pueblos, sexos y condición social, ¿seguiremos manteniéndolas voluntariamente dentro de la Iglesia?


Danilo Sorti