lunes, 25 de junio de 2018

523. Esperábamos el plan “A” de Dios pero aplicó el plan “B”… ¿o era el “A”?


Lucas 24:13-35 RVC
13 Ese mismo día, dos de ellos iban de camino a una aldea llamada Emaús, que distaba de Jerusalén sesenta estadios.
14 Iban hablando de todo lo que había sucedido,
15 y mientras hablaban y discutían entre sí, Jesús mismo se acercó y los iba acompañando.
16 Pero ellos no lo reconocieron, y es que parecían tener vendados los ojos.
17 Se veían tan tristes que Jesús les preguntó: «¿De qué tanto hablan ustedes?»
18 Uno de ellos, que se llamaba Cleofás, le respondió: «¿Eres tú el único forastero en Jerusalén que no sabe lo que ha sucedido en estos días?»
19 «¿Y qué ha sucedido?», preguntó Jesús. Y ellos le respondieron: «Lo de Jesús de Nazaret, que ante Dios y ante todo el pueblo era un profeta poderoso en hechos y en palabra.
20 Pero los principales sacerdotes y nuestros gobernantes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron.
21 Nosotros teníamos la esperanza de que él habría de redimir a Israel. Sin embargo, ya van tres días de que todo esto pasó.
22 Aunque también nos han dejado asombrados algunas mujeres de entre nosotros, que fueron al sepulcro antes de que amaneciera.
23 Como no hallaron el cuerpo, han venido a decirnos que tuvieron una visión, en la que unos ángeles les dijeron que él vive.
24 Algunos de los nuestros fueron al sepulcro, y encontraron todo tal y como las mujeres lo dijeron, pero a él no lo vieron.»
25 Entonces Jesús les dijo: «¡Ay, insensatos! ¡Cómo es lento su corazón para creer todo lo que los profetas han dicho!
26 ¿Acaso no era necesario que el Cristo padeciera estas cosas, antes de entrar en su gloria?»
27 Y partiendo de Moisés, y siguiendo por todos los profetas, comenzó a explicarles todos los pasajes de las Escrituras que hablaban de él.
28 Cuando llegaron a la aldea adonde iban, Jesús hizo como que iba a seguir adelante,
29 pero ellos lo obligaron a quedarse. Le dijeron: «Quédate con nosotros, porque ya es tarde, y es casi de noche.» Y Jesús entró y se quedó con ellos.
30 Mientras estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan y lo bendijo; luego lo partió y les dio a ellos.
31 En ese momento se les abrieron los ojos, y lo reconocieron; pero él desapareció de su vista.
32 Y se decían el uno al otro: «¿Acaso no ardía nuestro corazón mientras nos hablaba en el camino y nos explicaba las Escrituras?»
33 En ese mismo instante se levantaron y volvieron a Jerusalén. Allí encontraron reunidos a los once y a los que estaban con ellos,
34 los cuales decían: «¡En verdad el Señor ha resucitado, y se le ha aparecido a Simón!»
35 Los dos, por su parte, les contaron lo que les había sucedido en el camino, y cómo lo habían reconocido al partir el pan.

Este suceso que relata Lucas y brevemente Marcos no es solo histórico: es profético y se aplica a muchas situaciones por las que hemos transcurrido los cristianos durante dos milenios. Esperábamos una manifestación pública y política de Dios pero nada de eso pasó… sin embargo, Dios comenzó otros planes más extraños, que al final redundaron en una mayor gloria.

19 «¿Y qué ha sucedido?», preguntó Jesús. Y ellos le respondieron: «Lo de Jesús de Nazaret, que ante Dios y ante todo el pueblo era un profeta poderoso en hechos y en palabra.
20 Pero los principales sacerdotes y nuestros gobernantes lo entregaron para que lo condenaran a muerte, y lo crucificaron.
21 Nosotros teníamos la esperanza de que él habría de redimir a Israel. Sin embargo, ya van tres días de que todo esto pasó.

Ellos tenían una expectativa política acerca de Jesús, “teníamos la esperanza de que él habría de redimir a Israel” no significaba alcanzar el perdón de pecados sino la liberación política y económica de Roma. Viéndolo en perspectiva es muy fácil darse cuenta de que la redención que Dios estaba logrando era muy superior y duradero a una liberación política, pero en ese momento no resultaba tan sencillo entenderlo. Ellos esperaban una victoria para su nación, Dios planeó una victoria para todo el mundo.

Cuando los discípulos decían “profeta” no se referían a un pronosticador del futuro, estaban hablando de alguien que denunciaba públicamente a los poderes de turno, que traía la luz de Dios sobre los asuntos terrenales: sociales, políticos, económicos. Además, los hechos demostraban que el poder divino estaba con Él, ¿cómo fue posible que de repente fracasara, fuera condenado y muriera?

“Nosotros teníamos la esperanza…” es decir, ¿por qué seguían a Jesús? ¿Tres años de ministerio no fueron suficientes como para entender que venía a fundar un reino terrenal, no en este tiempo? No, no lo fueron. Y de nuevo, es muy fácil juzgarlos de este lado de la historia, pero en ese momento…

Ellos tenían un plan “A” e implicaba que el Señor fuera a Jerusalén, hiciera unos cuantos hechos asombrosos y tomara el control de Israel, pero pasó exactamente lo contrario. Peor aún, no fue un simple “fracaso político momentáneo”, un intento que más adelante podía volver a repetirse con éxito, ¡fue un rotundo fracaso! Simplemente, lo mataron.

Por eso fueron embargados de una profunda tristeza, y ese “manto de tristeza”, verdaderamente espiritual, les impidió ver a su Señor resucitado. Cuando alguno de nuestros planes no se cumplen como nosotros esperábamos, la tristeza, la frustración, la confusión, caen como un manto que nos envuelve y nos impide ver más allá. Literalmente es una “nube gris” que nos rodea.

Ese manto espiritual es tan poderoso que envuelve naciones o sociedades enteras y frustra los planes de Dios durante mucho tiempo. Pero es tan sólido como el humo. ¿Cómo hizo Jesús para romperlo? ¿Acaso vinieron ejércitos celestiales a destruir a los perversos romanos? ¿Los sacerdotes se murieron de repente por una plaga fulminante? ¿Acontecieron una serie de señales asombrosas en el cielo? Nada de eso. “Solamente” una simple charla durante un largo camino, de al menos dos horas, pero probablemente tres o cuatro. “Solo” palabras bastaron para disipar esa terrible desazón… bueno, no tan solamente “palabras”.

La incredulidad les impidió reconocer a Jesús pero Él no hizo nada “espectacular” como para que sus ojos fueran abiertos. En cambio, empezó a recordarles las Escrituras, no las palabras que habían escuchado de Él en esos tres años, sino las que habían sido escritas por los profetas y que leían todos los sábados en las sinagogas. Qué interesante es esto: no hizo falta recurrir a nada “innovador” ni espectacular, bastó la Palabra Eterna de Dios, la única arma necesaria y suficiente para dispersar cualquier manto de mentira. ¿Qué “armas” usamos nosotros hoy? ¿Estamos buscando algo “más efectivo y moderno” que la Palabra de Dios…?

Por supuesto, no terminó todo en la exposición de la Palabra. En realidad, esa fue la preparación que culminó en el momento de comunión: “Mientras estaba sentado a la mesa con ellos, tomó el pan y lo bendijo; luego lo partió y les dio a ellos. En ese momento se les abrieron los ojos, y lo reconocieron”. El entendimiento de la Palabra les permitió ver a Jesús obrando. Si ellos se quedaban en su incredulidad y desesperanza, no se habrían dado cuenta de que el Señor estaba allí mismo, pero cuando su entendimiento (natural y espiritual) fue aclarado, fácilmente pudieron ver que Jesús estaba vivo y actuando en su realidad.

Y resultó que lo que vieron era mucho más asombroso de lo que jamás hubieran imaginado. Pensar que un líder político tomara el poder y devolviera la autonomía a Israel era difícil, pero pensar que ese líder muriera y resucitara, ¡era “imposible”! Jesús no cumplió el “plan A”, según ellos entendían, pero resultó que el “plan B” finalmente fue muy superior. Y el “plan B” en realidad aseguraba que el “plan A” inevitablemente se cumpliría, ¿quién podía dudar ahora que ese Jesús que había vencido la muerte podría volver para reinar políticamente sobre Israel y derrotar al imperio invasor? De nuevo, Jesús tendría que aclararles que eso no ocurriría inmediatamente, pero la victoria estaba asegurada.

Algunas décadas después, Dios mismo se encargó de enjuiciar severamente a los que habían tratado con tanto desprecio al Regalo de salvación que les fue enviado: no precisamente a los romanos, que ningún discernimiento espiritual tenían de lo que estaban haciendo y sobre los cuales Jesús pidió perdón (y gracias a ese acto, el imperio romano no fue destruido y, en cambio, llegó a ser conquistado él mismo por el Evangelio) sino a los judíos, especialmente a los de Jerusalén, porque ellos SÍ SABÍAN lo que estaban haciendo (y sobre ellos Jesús no pidió perdón).

Así, aunque ahora, por un poco de tiempo, parece que los planes de Dios se frustran, en realidad lo único que se frustra es nuestra comprensión de esos planes. Pero hay algo más grande, más glorioso, y más terrible aún para los enemigos de Dios, que está esperando un poquito más adelante, solo un poquito.

Si en este momento hay una densa nube gris rodeándonos (a veces, muy negra), sugiero que nos hagamos tiempo para dar un paseo con el Señor y que Él nos vaya explicando nuevamente las Escrituras, y finalicemos la caminata con un buen tiempo de comunión. No hay manto de depresión que se le resista.


Danilo Sorti


522. Abortando los planes de Dios


Jueces 2:1-3 RVC
1 El ángel del Señor fue de Gilgal a Boquín, y les dijo a los israelitas: «Yo los liberé de Egipto y los llevé a la tierra que prometí dar a sus antepasados, cuando les dije: “Nunca anularé mi pacto con ustedes,
2 mientras no hagan pacto con los que habitan en esta tierra, gente que tiene altares que ustedes deben destruir.” Pero ustedes no me hicieron caso. ¿Por qué no lo han hecho?
3 Por lo tanto, escúchenme bien: No voy a expulsar de estas tierras a sus habitantes, sino que ellos serán para ustedes como azotes en los costados, y sus dioses los confundirán.»

Ezequiel 18:24 RVC
24 »Pero si el justo deja de actuar con justicia y perpetra todos los hechos malvados y repugnantes que el impío suele cometer, ¿cómo podrá vivir? Ya no se le tomará en cuenta su justicia, sino su rebeldía y su maldad. Así que morirá por el pecado cometido.

Hechos 13:46 RVC
46 Entonces Pablo y Bernabé les dijeron con toda franqueza: «Estamos seguros de que era necesario que ustedes fueran los primeros en escuchar la palabra de Dios. Pero como ustedes la rechazan y no se consideran dignos de recibir la vida eterna, ahora vamos a predicarles a los que no son judíos.


El concepto de “fracaso espiritual” no nos resulta ajeno a los cristianos, pero finalmente no tiene la misma connotación que “aborto”. En general, solemos relacionar nuestro fracaso en cumplir los propósitos de Dios como algo parecido a fallar en un proyecto propio: no es agradable, puede ser terrible, pero finalmente, siempre se puede empezar otro.

La palabra “aborto” tiene la significancia de algo irremediable; no hay vuelta atrás y no se puede empezar el mismo proyecto de nuevo. Implica una fuerte injusticia porque se está eliminando una “semilla”, algo muy pequeño y totalmente indefenso pero con la potencialidad de dar origen a algo muy grande. Es igual a la palabra muerte, pero peor, porque finalmente la “muerte” puede llegar a una persona adulta o anciana que ha cumplido su propósito en la vida y entonces resulta un descanso merecido, o puede llegar a un luchador en combate y es parte de las “reglas de juego”. Es tan fuerte en su significado que normalmente no la usamos para hablar de nuestros “fracasos”. Sin embargo, es lo que hemos hecho y hacemos con frecuencia, incluso sin darnos cuenta siquiera.

¡Es tan fácil abortar ministerios! Hemos tenido una generación de pastores y líderes que han sido muy descuidados en este sentido, y aunque toda generalización siempre es injusta, no deja de haber bastante de verdad en lo que digo. Me ha tocado ver, en una gran iglesia de mi ciudad, como durante años afluían hermanos con ministerios preciosos buscando contención y una plataforma de servicio, y cómo la mayoría de ellos eran ignorados o desaprovechados, o descuidados. Pero también en iglesias más pequeñas ocurrió lo mismo. Llegó a ser una práctica muy común que en cada congregación los puestos principales de liderazgo quedaran reservados a la familia pastoral y un grupito de amigos, y de ahí para abajo no hubiera nada significativo que hacer más que repetir las palabras que venían de arriba.

Cuando nos preguntamos dónde están los ministerios que debían haber cambiado la nación y bendecido al mundo, allí tenemos la respuesta: abortados en las iglesias que debieron darles vida.

Pero también es muy fácil echarle la culpa a otro, principalmente el líder. Los cristianos abortaron muchos sueños que Dios tenía, y con ello, sus propios ministerios, y todo por la misma razón que los líderes y que, en lo natural, las mujeres que están clamando por su supuesto “derecho”.

Y es que lo que Dios manda no suele ser “planeado”: esos jóvenes con llamados y ministerios, son muy bulliciosos y desordenados, además vienen con ideas muy extrañas. Como decía un pastor de la ciudad: cuando no sabía qué hacer con una persona, simplemente la dejaba “en la heladera”… de ahí que no resulta extraño que su congregación se enfriara espiritualmente y muchos se fueran buscando un lugar más cálido. Pero cuando Dios nos da un sueño, resulta lo mismo: corta nuestros planes, irrumpe con algo “no planeado”, nos promete un futuro lleno de problemas e incertidumbres… y un cristianismo que ha sido contaminado con el inmundo evangelio de la prosperidad no puede aceptar una situación tan incómoda, así que, simplemente, abandona el sueño de Dios sin luchar siquiera. Eso no es una “elección libre”, no es “posponer el ministerio”, ¡es abortar las semillas que Dios nos envía!

Jueces relata el fracaso de Israel en conquistar la Tierra Prometida: ellos habían abortado los sueños de bendición que el Señor tenía y tuvieron que pasar varios siglos hasta que Israel encontrara algo de paz bajo el reino davídico.

Ezequiel nos narra algo parecido: Dios tiene sueños con los justos, llamados, ministerios, bendiciones para ellos y para dar a otros, y eso con cada uno de Sus santos. Pero si estos se vuelven atrás todos esos planes son frustrados, ¡son abortados!

De manera más dramática, Dios esperaba que Su Pueblo, Israel, reconociera al Mesías y cumpliera la función encomendada a Abram: ser de bendición a todas las naciones, es decir, llevar el mensaje del Mesías al resto del mundo. No lo hizo, solo algunos entendieron y cumplieron, pero la mayoría no. Como resultado, los planes divinos fueron frustrados.

¡Cuidado! Siempre es muy fácil “echar culpa” encima de otro, o incluso sobre nosotros mismos. En el ámbito natural, el aborto espontáneo se supone que ocurre casi en la mitad de los casos de embarazo, y frecuentemente en las primeras etapas por lo que no llega a registrarse estadísticamente de manera adecuada. Eso es una condición “natural” de una raza caída. No creo que espiritualmente sea muy diferente, es decir, que muchos de los abortos espirituales que mencionamos en párrafos anteriores fueron “espontáneos” en cierto sentido.

Aclaremos, no se trata de que no haya habido responsabilidad, sea del líder, del propio cristiano o de los hermanos o familia. Se trata de que las condiciones del momento, personales o del liderazgo hacían que muy difícilmente ese “embarazo espiritual” pudiera llevarse a término.

Criar un “hijo espiritual”, o un ministerio nuevo, o un sueño de Dios, requiere esfuerzo y recursos, y no siempre se cuenta con ellos, porque en realidad no se está mirando adecuadamente a los recursos del Todopoderoso.

Me atrevo a afirmar que algunos líderes y cristianos tienen sus manos “manchadas de sangre” de los abortos espirituales que hicieron voluntariamente, por comodidad, por temor, por conveniencia. Entre esos ministerios que fueron abortados estaban aquellos que hubieran podido llegar a las jóvenes que gritaban furiosamente delante del Congreso pidiendo el aborto. Simplemente manifestaron en el ámbito natural lo que sufrieron en el espiritual. No quiero ser injusto con esto, pero cada uno sabrá su condición delante del Señor.

Otros muchos han cometido “aborto espiritual” por su descuido, por ignorancia o porque no se les dieron los recursos que hubieran necesitados. Muchos simplemente no sabían hacer otra cosa, ni siquiera pudieron darse cuenta. Dios no los condena, aunque es necesario reconocer el error.

Si hubo una generación que vez tras vez “abortó” los propósitos de misericordia divina que el Señor tenía con ellos, es el pueblo al que le tocó ministrar Jeremías. Pero incluso luego de haber sido destruida Jerusalén, luego de que sólo quedara un grupito pequeño y empobrecido, Dios estaba dispuesto a seguir teniendo misericordia con ellos:

Jeremías 42:9-12 RVC
9 y les dijo: «Así ha dicho el Señor y Dios de Israel, ante quien me pidieron presentar sus ruegos.
10 Si ustedes deciden quedarse en esta tierra, él los levantará y no volverá a destruirlos; los plantará, y no volverá a arrancarlos. El Señor lamenta mucho haberles causado tanto daño.
11 Ustedes tienen miedo de la presencia del rey de Babilonia, pero no hay razón de que le teman, porque el Señor está con ustedes para salvarlos y librarlos de sus manos. —Palabra del Señor.
12 »El Señor tendrá compasión de ustedes, y hará que también el rey de Babilonia se compadezca de ustedes, para que puedan volver a su tierra.

A pesar de que la tierra y la nación habían sido arrasadas, Dios estaba dispuesto a empezar de nuevo. En el relato bíblico vemos que no quisieron, se fueron a Egipto y allí murieron. Pero presento este caso como algo “extremo” que nos muestra que siempre hay lugar para un nuevo sueño de Dios, un nuevo propósito de bendición aunque hayamos abortado todos los anteriores.

Dios, que da vida a lo que estaba muerto y que llama a las cosas que no existen como si existieran, no está limitado en Su poder creativo. Necesario es que las gentes rebeldes y pecadoras reciban su juicio, que en realidad no es más que una muestra de misericordia porque al haberse endurecido tanto, el castigo divino es, quizás, la única forma en que puedan reflexionar y volverse a Él.

Probablemente todos los cristianos seamos culpables de haber abortado sueños de Dios, a veces voluntariamente, otras tantas, “involuntariamente”. Con todo el dolor que nos causa reconocer eso, darnos cuenta de que en esos “abortos” estaban los ríos de bendición que podían haberse soltado sobre la Tierra, lo cierto es que por nuestra propia naturaleza humana no hubiéramos podido hacer otra cosa, al fin y al cabo, ¡solo Uno cumplió perfectamente todos los plantes de Dios para Él!

Tenemos la promesa que a medida que la oscuridad cubra un mundo que ha decidido rechazar a su Creador, la luz será cada vez más gloriosa sobre Su Pueblo. Y eso implica que los ministerios que nacerán serán igualmente mucho más gloriosos y poderosos de lo que nunca fueron. Tenemos responsabilidad en lo que se perdió, pero nada escapa a los planes de Dios, la triste realidad es: ¿por qué habría Él permitido que fuera bendecido un mundo que lo estaba rechazando?

Hoy estamos en la “recta final” y ya no es tiempo de llorar sobre lo pasado, es tiempo de recibir la nueva creación que nos tiene preparada: el Autor de la Vida tiene toda la capacidad para dar nueva vida a lo que fue abortado.


Danilo Sorti



521. Toda la iglesia es profética


Deuteronomio 18:15 RVC
15 »El Señor tu Dios hará que surja en medio de ti, de entre tus hermanos, un profeta como yo. A él deberán escuchar,

A veces el ministerio profético no es adecuadamente entendido. Como tantas otras cosas, hoy los títulos se han puesto de moda y en cierto sentido llegaron a “independizarse” de su verdadero contenido. Es común asociarlo con la predicción del futuro, pero su significado original y más inclusivo no tiene tanto que ver con eso sino con transmitir a las personas qué es lo que Dios está diciendo, principalmente respecto del presente, de lo que ellos están haciendo hoy.

Moisés se llama, al menos en cierto sentido, “profeta”, pero propiamente la predicción del futuro no fue lo que más desarrolló. En cambio, se ocupó principalmente de mostrar los diseños divinos para Su pueblo. Pero también hubo una proclama “futurista”: anunció las plagas que vendrían a Egipto y ocurrieron, juzgó la rebelión de Israel y así sucedió. Por encima de todo eso, sin embargo, predominó el hecho de transmitir al pueblo las palabras de Dios, tal como las oía, que a veces tenían que ver con un futuro inmediato, pocas veces lejano, pero muchas veces con el presente vital de ellos.

Esa esencia de ministerio profético se mantuvo luego en el resto de los profetas y, especialmente, en Jesús, a quién alude de manera concreta esta profecía.

La Iglesia, como “heredera” de Jesús y morada del Espíritu Santo, que es el Espíritu de la profecía, obviamente mantiene esta dinámica profética. Hablando sobre los dones espirituales, Pablo penetra en este ámbito cuando dice:

1 Corintios 14:5 RVC
5 Así que, yo quisiera que todos ustedes hablaran en lenguas, pero más quisiera que profetizaran; porque profetizar es más importante que hablar en lenguas, a menos que el que las hable también las interprete, para que la iglesia sea edificada.

1 Corintios 14:24-25 RVC
24 Pero si todos ustedes profetizan, y entra algún incrédulo o alguien que sepa poco de la fe cristiana, esa persona podrá ser reprendida y juzgada por todos ustedes;
25 así los secretos de su corazón quedarán al descubierto, y esa persona se postrará ante Dios y lo adorará, y reconocerá que Dios está realmente entre ustedes.

Así como la Palabra que trajo Moisés juzgó y corrigió al pueblo, hasta encaminarlo en los propósitos del Señor, la palabra profética de estos tiempos tiene el mismo propósito.

Pero esta palabra profética es tanto para hombres como para naciones.

No hace falta que repasemos los muchos pasajes en los cuales vemos a los profetas del Antiguo Pacto hablando con reyes, sacerdotes, autoridades o con todo el pueblo, es decir, dirigiéndose a la nación. Algunos dirían que eso pasó en el Nuevo Pacto, pero ahí tenemos un error producto de una lectura superficial. Juan el Bautista (que está aún bajo el Antiguo Pacto) exhortó a la nación, Jesús fue considerado un “peligro nacional”, lo que significa que fue un profeta para toda la nación, tal como los judíos podían entenderlo, de los apóstoles se dijo que “trastornan el mundo entero”, la misma función de un profeta.

Por otro lado, no se nos dijo nunca que durante este tiempo de la Iglesia habríamos de “cambiar al mundo”, aunque sí ejercer una influencia notable sobre él. Se nos dijo que seríamos mensajeros. Entonces, ¿qué tipo de mensajeros? Pues proféticos.

Todo lo que hace la Iglesia, es decir, lo que hacen los hijos de Dios inspirados por Él y conforme sus dones, es profético porque todo expone lo que Dios quiere decir a Su pueblo y al mundo también. Esa es la principal dimensión de lo profético, y tiene que ver con el presente. Pero también hay una dimensión futura que muchas veces pasa desapercibida para el que la dice pero se hace evidente con el tiempo.

Por ello, cuando como Iglesia nos pronunciamos públicamente, en realidad estamos, primero y antes que nada, haciendo un anuncio profético: “Esto es lo que dice el Señor”. Generalmente no lo parece y la gente que está bajo el sistema mundo piensa que “eso es lo que dice la iglesia”, pero Dios sabe qué está diciendo y Quién verdaderamente lo está haciendo, y nosotros también debemos saberlo.

Y dado que es profético, tiene una autoridad muy grande sobre la nación, ya sea para soltar vida si se obedece, o juicio si se rechaza. Autoridad que le viene de la Palabra, aunque sea “solamente” declara lo que la Biblia dice (¡como si eso solo fuera “poco”!). Aquí no estoy diciendo que exponga la palabra “rema” que Dios puede estar diciendo en un momento, sino nada más lo que la Biblia dice; eso sólo es profético de por sí y cuenta con todo el respaldo divino.

Pero debemos entender que al igual que en la antigüedad, no necesariamente la gente va a aceptar lo que el profeta dice, en este caso, la Iglesia. Lo más común es el rechazo, normalmente los profetas fueron reconocidos con el tiempo y pocas veces, mejor dicho, por pocas personas, en vida. No es diferente con la Iglesia.

Nuestro rol es proclamar la Palabra y decir lo que Dios dice, eso solo es intrínsecamente profético porque contiene promesas de bendición o de maldición. Nuestro rol no es “dominar” la sociedad; ellos finalmente harán lo que quieran hacer y llegará el momento en que Dios así lo permita.

Pero cuidado, una vez que el mensajero termina de dar su mensaje, le toca el turno a Dios, solo que esta vez no se trata de palabras de advertencias y llamamientos; esta vez comienzan los juicios, y progresivamente más severos.

Cuando leemos la historia de los dos testigos del Apocalipsis, los vemos predicando durante tres años y medio, y no se menciona que obtuvieran fruto (al menos no de una forma significativa), por más que toda la gente los escuchara. Pero una vez que son quitados y comienza el juicio divino, con un gran terremoto, vemos que la gente cree. Primero se alegraron, pero cuando Dios mismo comenzó a manifestarse, terminaron creyendo. Los dos testigos cumplieron su función y tuvieron éxito en su ministerio, solo que ese éxito se vio después, cuando Dios comenzó a actuar.

¿Por qué habría de ser diferente hoy? Somos llamados a profetizar, que en su acepción más básica implica proclamar la Palabra y las consecuencias de obedecerla o desobedecerla. Probablemente no crean cuando hablemos, pero a no desesperar, los juicios de Dios ya han comenzado, y no va a faltar mucho tiempo para que los rebeldes comiencen a recibirlos en carne propia, y entonces muchos creerán; no todos, pero sí muchos.

No dejemos de proclamar la Palabra porque los juicios del Señor están ya a las puertas.



Danilo Sorti


520. Ya es la hora de que seamos verdaderamente molestos


Apocalipsis 11:1-14 RVC
1 Entonces se me dio una caña, parecida a una vara de medir, y se me dijo: «Levántate y mide el templo de Dios y el altar, y cuenta a los que adoran en él.
2 Pero no midas el patio que está fuera del templo; déjalo sin medir, porque ha sido entregado a los no creyentes, y ellos van a pisotear la ciudad santa durante cuarenta y dos meses.
3 Yo enviaré a dos testigos míos, vestidos de cilicio, a que profeticen durante mil doscientos sesenta días.»
4 Estos testigos son los dos olivos y los dos candeleros que permanecen delante del Señor de la tierra.
5 Si alguien quiere dañarlos, de su boca sale un fuego que consume a sus enemigos; cualquiera que quiera hacerles daño morirá de esa manera.
6 Ellos tienen poder para cerrar el cielo e impedir que llueva durante los días de su profecía; tienen también poder para convertir el agua en sangre, y para azotar la tierra con toda clase de plagas, todas las veces que quieran.
7 Cuando terminen de dar su testimonio, la bestia que sube del abismo luchará contra ellos y los vencerá, y les dará muerte.
8 Sus cadáveres quedarán tendidos en las calles de la gran ciudad, la que en sentido espiritual se llama Sodoma, y también Egipto, donde el Señor de ellos fue crucificado.
9 Y durante tres días y medio gente de distintos pueblos, tribus, lenguas y naciones verá sus cadáveres, y no permitirá que sean sepultados.
10 Los habitantes de la tierra se alegrarán de la muerte de estos dos profetas; la celebrarán y hasta se harán regalos unos a otros, porque estos dos los habían estado atormentando.
11 Después de tres días y medio, entró en ellos el espíritu de vida enviado por Dios, y se pusieron de pie, y todos los que los vieron se llenaron de temor.
12 Entonces los dos testigos oyeron una fuerte voz del cielo, que les decía: «Suban acá.» Y ellos subieron al cielo en una nube, y sus enemigos los vieron.
13 En ese momento hubo un gran terremoto, y a causa del terremoto se derrumbó la décima parte de la ciudad y murieron siete mil personas. Los demás se llenaron de terror y dieron gloria al Dios del cielo.
14 El segundo ay pasó, pero el tercer ay viene pronto.


Los dos testigos corresponden, en su sentido literal, a un evento todavía (un poco) futuro. Es obvio que no pueden ser ni Moisés ni Elías porque ellos ya fueron retirados de este mundo, así que deben ser santos que permanezcan en la Tierra luego del arrebatamiento, lo cual es perfectamente lógico porque Dios NUNCA deja a la gente, por más pecadora que sea, sin testimonio.

Las características básicas de su ministerio y persona, y del poder que tienen mientras dura el tiempo de su testimonio, están claramente descritas. Pero debemos entender algo: por un lado, no son en esencia nada “distinto” a los profetas de todos los tiempos:

·         Testifican de la Verdad Divina en medio de un mundo corrupto y rebelde
·         Están en la presencia del Señor, lo cual debe entenderse espiritualmente, de tal forma que pueden escuchar Sus palabras, y eso mismo transmitir a los hombres
·         Son protegidos milagrosamente mientras dura el tiempo de su testimonio
·         Realizan señales y milagros
·         Son odiados por las personas
·         Finalmente mueren como mártires
·         Son vindicados por el Señor

Pero también es obvio que la “dimensión” de su ministerio es superior a la de los otros profetas bíblicos:

·         El nivel de corrupción del mundo en el que les toca predicar es superior a todo lo que antes existía
·         Por consiguiente, la Palabra que reciben tiene una autoridad y un poder superior, y la presencia del Señor es mucho más fuerte en ellos
·         La protección divina es superior a la de tiempos pasados porque las amenazas son superiores
·         Las señales son también mayores que las realizadas por algún profeta de la antigüedad
·         El odio que la gente siente hacia ellos es enorme
·         Son asesinados directamente por la Bestia
·         Son vindicados mediante una resurrección pública

La realidad de los tiempos que les tocará vivir exigirá de ellos esta dimensión de poder, y el Señor la derramará. Algunas profecías indican que estos dos testigos ya están entre nosotros, y me parece muy razonable que así sea, dado el poco tiempo que nos resta.

Pero no quiero hablar aquí cuestiones futuras que a su tiempo sucederán, sino que me interesa relacionar este pasaje con el ministerio de la Iglesia hoy.

Por un lado, vemos que comparten las características de todos los profetas, y en general, del ministerio profético y testimonial de la iglesia: todos los cristianos fieles también testifican en un mundo corrupto, también están en la presencia del Señor, también son protegidos, etcétera. Por otro, resulta claro que la dimensión de su autoridad es muy superior, precisamente por el ámbito en el cual les toca ministrar. Dios provee los recursos y las personas adecuadas para cada lugar y momento particular.

Ahora bien, ¿qué tiene que ver eso con nosotros? Pues que estos profetas nos muestras la “culminación” del camino profético de la Iglesia en el cual nos encontramos. En la medida que las condiciones del mundo se van acercando a la situación descrita en Apocalipsis, el Eterno capacita a Sus profetas de maneras cada vez más “parecidas” a las de estos dos.

No estoy inventando nada nuevo, desde hace décadas tenemos profecías que nos muestran precisamente esto: el poder y la autoridad en la que se movería la iglesia del fin de los tiempos. Pues bien, el fin de los tiempos ES ESTE y el poder y la autoridad superior que sería derramada sobre la iglesia ESTÁN DISPONIBLES HOY.

No quiero decir que ya hayamos llegado a esa Iglesia que finalmente será llevada por el Señor, pero sí que estamos en un camino que rápidamente nos está llevando a tal condición y que, por lo tanto, hay una mayor cuota de poder y autoridad.

¿Qué nos distrae? ¿Querer construir un ministerio duradero y que los hombres nos respeten? Ya no queda tiempo como para que algo “dure” mucho tiempo, y ya no es posible que los hombres de este mundo respeten a nada que no sea conforme a sus propias concupiscencias (y de hecho ni siquiera eso respetan).

¿Nos distrae el temor? Es comprensible y por cierto que es un mundo digno de temer… pero precisamente ahí aparecen las promesas divinas. El Señor siempre prometió protección para los suyos durante el tiempo que les fuera necesario testificar, una vez terminado son llamados a su verdadero hogar. Los dos testigos tienen un nivel de protección sorprendente, pero nosotros tenemos disponible una medida mayor que antaño.

Aunque no podemos aplicar literalmente todo lo que dice este pasaje en la realidad actual de la Iglesia, representa la culminación de un proceso que ya está en marcha, y muy rápido. Por ello, las características y poder de estos dos testigos, que en los básico son similares a las de cualquier ministerio profético de confrontación, se están manifestando progresivamente en nosotros hoy.

No quiero alentar falsas expectativas ni dar falsas promesas, pero quiero animar a todos a buscar al Señor en oración confiando que tenemos mucho de esto a disposición para que lo usemos en la extensión del Reino. Ahora bien, ¿con qué mensaje?

El pasaje no dice exactamente el mensaje porque no hace falta: es claro que se trata de un mensaje de arrepentimiento, aunque también contiene otros elementos que serán comprensibles para la gente de ese tiempo aunque no necesariamente para nosotros hoy. Como sea, no “necesitamos” saberlo todavía, pero lo que se ha dejado escrito SÍ ES lo que tenemos que cumplir, y lo que se escribió es que TENEMOS QUE SER VERDADERAMENTE MOLESTOS.

9 Y durante tres días y medio gente de distintos pueblos, tribus, lenguas y naciones verá sus cadáveres, y no permitirá que sean sepultados.
10 Los habitantes de la tierra se alegrarán de la muerte de estos dos profetas; la celebrarán y hasta se harán regalos unos a otros, porque estos dos los habían estado atormentando.

Lo único que puede “atormentar” a los no creyentes (y a unos cuantos creyentes también…) es que se les hable de sus pecados y la necesidad de arrepentirse, es decir, un mensaje claro y directo, totalmente confrontativo, lo contario al mensaje “buenista” de muchos hoy, más de acuerdo con la mentalidad “progre – evangélica” que con el verdadero Evangelio.

Pues bien, hoy estamos llamados a comenzar a predicar ese mensaje. Y eso va a ser un tormento y van a querer callarnos, pero a diferencia de lo que pasó con muchos santos, Dios protegerá de manera especial a Sus profetas. Cuidado: mientras dure el tiempo de su profecía; también veremos muchos mártires, pero no ministerios cortados “antes de tiempo”, sino aquellos que ya completaron su función.

No solamente somos llamados a este tipo de mensaje, sino que se nos promete el poder para traer los juicios de Dios, como testimonio y protección. Es decir, nadie puede pretender dar un mensaje de tal confrontación en un tiempo de tanta dureza si no se anima a usar el poder de Dios.

5 Si alguien quiere dañarlos, de su boca sale un fuego que consume a sus enemigos; cualquiera que quiera hacerles daño morirá de esa manera.

Este fuego será literal pero también es simbólico: para nosotros se refiere a la palabra de juicio proclamada; sobre nuestros enemigos deberemos declara juicio divino, porque ya no hay tiempo para atravesar largos conflictos que nos distraigan y paralicen. Perdón mis amigos pastores y evangelistas, pero su particular visión del mundo no resulta útil aquí: no podremos tener compasión con nuestros adversarios porque cualquier demora redundará en que el mensaje no llegue a muchos otros, de los cuales Dios sí quiere tener compasión. Los enemigos deben ser cortados en el poder del Espíritu apenas aparezcan.

6 Ellos tienen poder para cerrar el cielo e impedir que llueva durante los días de su profecía; tienen también poder para convertir el agua en sangre, y para azotar la tierra con toda clase de plagas, todas las veces que quieran.

Lo mismo vale para los fenómenos naturales: nada debe impedir hoy la proclamación del mensaje, y el clima se sujeta al Espíritu.

“gente de distintos pueblos, tribus, lenguas y naciones” se refiere a un ministerio de alcance mundial, y lo que hoy estamos proclamando llega cada vez más lejos.

7 Cuando terminen de dar su testimonio, la bestia que sube del abismo luchará contra ellos y los vencerá, y les dará muerte.

Esto no necesariamente se aplicará a todos pero debemos saber que puede haber un momento para algunos en que el Espíritu permita que mueran como mártires, habiendo acabado la obra y sellado el testimonio.

11 Después de tres días y medio, entró en ellos el espíritu de vida enviado por Dios, y se pusieron de pie, y todos los que los vieron se llenaron de temor.
12 Entonces los dos testigos oyeron una fuerte voz del cielo, que les decía: «Suban acá.» Y ellos subieron al cielo en una nube, y sus enemigos los vieron.

Pero es por poco tiempo, porque el arrebatamiento estará muy cerca, y todos lo verán, como un preludio de lo que ocurrirá inmediatamente después.

13 En ese momento hubo un gran terremoto, y a causa del terremoto se derrumbó la décima parte de la ciudad y murieron siete mil personas. Los demás se llenaron de terror y dieron gloria al Dios del cielo.

Luego de estos eventos muchos entenderán que el testimonio tan molesto de los testigos estaba respaldado por Dios mismo, y entonces creerán. Lo mismo pasó con los profetas de la antigüedad: muchos más creyeron en ellos luego de que murieron y pasaron las cosas anunciadas que mientras vivían. No está bueno que sea así, pero lo es, y lo bueno es que al final creerán. Dios mismo sellará nuestro testimonio con Sus juicios. El mensaje que predicamos hoy es también un mensaje de juicio.

Hermanos, se nos llama a un cambio y puede no ser agradable, especialmente a los cristianos que durante siglos hemos predicado de la gracia de Dios, pero debemos entender que el tiempo de la gracia (tal como la conocemos ahora) está muy próximo a terminar, y es necesario que nos adecuemos.


Danilo Sorti


519. Obediencia a destiempo es desobediencia


Números 14:39-45 RVC
39 Moisés comunicó todo esto a todos los hijos de Israel, y ellos se entristecieron mucho.
40 Entonces madrugaron y subieron a la cumbre del monte, pues decían: «Hemos pecado, así que estamos dispuestos a ir al lugar del cual nos ha hablado el Señor.»
41 Pero Moisés dijo: «¿Por qué quebrantan el mandamiento del Señor? Esto tampoco les saldrá bien.
42 No suban, para que no sean derrotados delante de sus enemigos, porque el Señor no está en medio de ustedes.
43 Los amalecitas y los cananeos están allí, delante de ustedes, y ustedes morirán a filo de espada por haberse negado a seguir al Señor. Por eso el Señor no está con ustedes.»
44 Y aunque ellos se obstinaron en subir a la cima del monte, el arca del pacto del Señor, y Moisés, no se apartaron de en medio del campamento.
45 Entonces bajaron los amalecitas y los cananeos que habitaban en aquel monte, y los hirieron y los derrotaron, y los persiguieron hasta Jormá.

Mateo 21:28-32 RVC
28 Jesús les preguntó: «¿Qué les parece? Un hombre tenía dos hijos, y se acercó al primero y le pidió: “Hijo, ve hoy a trabajar en mi viña.”
29 El primero le respondió: “No quiero”; pero después se arrepintió y fue.
30 Luego, se acercó al otro hijo, y le pidió lo mismo. Éste le respondió: “Sí, señor, ya voy”; pero no fue.
31 ¿Cuál de los dos hijos hizo la voluntad de su padre?» Ellos respondieron: «El primero». Entonces Jesús les dijo: «De cierto les digo, que los cobradores de impuestos y las rameras les llevan la delantera hacia el reino de Dios.
32 Porque Juan se acercó a ustedes para encaminarlos en la justicia, y no le creyeron; mientras que los cobradores de impuestos y las rameras sí le creyeron. Pero ustedes, aunque vieron esto, no se arrepintieron ni le creyeron.»


Los israelitas, después de darse cuenta de su terrible error, trataron de remediarlo haciendo lo que ya no debían hacer, y fue tal la derrota que sufrieron que ese lugar se llamó Jormá, “destrucción”. Entre el mandato del Señor y ese “acto fallido” hubo algo que “se les perdió” a los israelitas: lo que Dios había dicho.

En realidad, eso se les había “perdido” hacía rato ya; venían ya de varias rebeldías, no habían terminado de aceptar la autoridad de Moisés, y no pudieron ver con los ojos de Dios la buena tierra que Él les iba a dar. Tampoco pudieron “oír” la sentencia divina que los mandaba de vuelta al desierto, y por lo tanto, quisieron hacer lo que ya no debían hacer: una obediencia “tardía” que se convirtió en desobediencia. ¿Esto es siempre así?

En los tiempos del Nuevo Testamento nos encontramos con el relato de los dos hijos. Propiamente dicho ninguno de los dos estuvo cien por ciento bien, pero el que primero no quiso ir terminó obedeciendo, y el que primero dijo que sí al final se volvió atrás. Parece que la historia es diferente, más bien al revés. Sin embargo, nos pone en perspectiva que fue lo que realmente ocurrió en el desierto.

31 … Entonces Jesús les dijo: «De cierto les digo, que los cobradores de impuestos y las rameras les llevan la delantera hacia el reino de Dios.
32 Porque Juan se acercó a ustedes para encaminarlos en la justicia, y no le creyeron; mientras que los cobradores de impuestos y las rameras sí le creyeron. Pero ustedes, aunque vieron esto, no se arrepintieron ni le creyeron.»

Los que primero habían desechado los mandatos de Dios reconocieron en Juan un verdadero profeta y se arrepintieron. Fueron los que habían dicho “no” al principio, pero después obedecieron. Los israelitas en el desierto dijeron “no” al principio y “no” después, cuando el mandato del Señor cambió. Ellos no se arrepintieron de corazón, tuvieron remordimiento, se dieron cuenta de que habían hecho mal, es cierto, pero no había habido un cambio profundo en sus corazones; y de eso nos damos cuenta simplemente leyendo unos capítulos más adelante, al ver las rebeliones y conflictos que generaron: eso fue señal de que sus corazones no habían sido transformados por el arrepentimiento genuino.

Inevitable es que todos nosotros perdamos parte de nuestro propósito; que los diseños originales de Dios sean alterados en nuestras vidas por nuestra desobediencia. Por más duro que suene, es la realidad de TODOS los cristianos, y mucho más de los no creyentes. Hay un momento en el que Dios “cierra” algunos propósitos o diseños, incluso algunas palabras proféticas que recibimos. No estoy diciendo que sea algo de todos los días, es más, puede ser que no se trate necesariamente de grandes cosas, pero esas pérdidas ocurren. ¿Cómo reaccionamos ante ellas?

Para Israel como nación no se trataba de una pérdida definitiva, en realidad era una demora, lo cual también es común en nuestras vidas. De nuevo, ¿cómo tratamos esas demoras?

Primero entendiendo que son demoras para nosotros, no para el que todo lo sabe, aunque Dios estaba dispuesto a hacerlo. Es parte del aprendizaje que necesitamos, del largo proceso de morir a nosotros mismos. Es algo tan común que de hecho no nos damos cuenta muchas veces de esas oportunidades que perdemos, y que Dios pospone. Pero cuando por fin nos damos cuenta, ¿qué hacemos?

Supongamos que estamos esperando el tren de las 20:00 hs, pero nos distrajimos y se nos pasó. Vamos a la boletería, cambiamos el boleto (a veces tenemos que pagar algo más) y nos dicen que el próximo pasa a las 23:00 hs; con lo cual nos queda por delante la perspectiva de 3 largas horas en la estación, llegar tarde a casa, dormir menos y tener que pasar el día siguiente con sueño toda la jornada. No es agradable, pero, ¿a quién se le ocurriría correr el tren de las 20:00, y pararse enfrente para que se detenga? Excepto que tengamos la plata suficiente para tomar un taxi (cosa que dudo), no nos queda más remedio que esperar el próximo tren, cuyos horarios no los determinamos nosotros sino que así vienen establecidos por la empresa y el Ente regulador del transporte.

Bien, lo mismo pasa cuando perdemos los “trenes” de las oportunidades y propósitos divinos. Algunos no tienen un segundo horario, pero muchos otros sí, solo que tienen SU horario, no el nuestro, y necesitan que hayamos reconocido previamente nuestro error.

Una obediencia a “destiempo” puede ser una terrible desobediencia; por ello es necesario volver a escuchar a Dios cuando nos hayamos apartado de sus propósitos y entender cuál sea el camino que ahora debamos seguir.


Danilo Sorti