domingo, 19 de febrero de 2023

842. En el tiempo señalado – IX: buscar y perder

 

Eclesiastés 3:6 RVC

6 el momento de buscar, y el momento de perder; el momento de guardar, y el momento de desechar;

 

Creo que este pasaje está muy relacionado con el anterior, solo que lleva el tema a un plano más general. “Buscar y perder”, “guardar y desechar”; dan la misma idea que el versículo 5 pero en relación a cualquier cosa que sea posible de “buscar o perder”, de “guardar o desechar”.

 

Es un poco extraño pensar que hay un “tiempo de buscar”, normalmente somos enseñados a estar continuamente alerta a las oportunidades; basados en la dinámica emprendedora, uno debería estar siempre buscando lo que necesita para sus proyectos porque no sabe dónde ni cuándo aparecerán esos recursos. Sin embargo, Eclesiastés parece ir en un sentido contrario…

 

En el fondo, subyace la cuestión de si “somos nosotros” los que encontramos las oportunidades, o es en realidad Dios quien nos las envía en el momento preciso. Si todo depende de nosotros, es claro que no podemos dejar de estar alertas a cada instante. Si Dios sigue al control, tampoco debemos “hacer la plancha” pero no necesitamos estar en tensión continua. Esto es lo que quiso decir el Señor:

 

Lucas 12:29 RV95

29 Vosotros, pues, no os preocupéis por lo que habéis de comer ni por lo que habéis de beber, ni estéis en ansiosa inquietud,

 

Justamente la palabra que se traduce por “preocuparse” también tiene el sentido de “buscar”, “procurar”. Quizás de todos los pares de opuestos que menciona la sección, la que más difícilmente podamos ubicar en “un tiempo” y no “fuera de él”, sea esto: buscar y perder.

 

Entonces, no se trata de que no haya que buscar o esforzarse por encontrar, sino de entender cuáles son los tiempos propicios, cuándo se puede buscar porque hay algo para encontrar y cuándo no hay nada para encontrar o bien los obstáculos son tan grandes que no vale la pena el esfuerzo. Recordemos: cuando hacemos algo, no hacemos lo otro… Si nuestra mente y atención están concentradas en buscar “eso” (porque no buscamos cualquier cosa, buscamos “eso”, en todo caso, “eso, esto y aquello”, pero no mucho más) no puede estar concentrada en hacer otra cosa, que seguramente podría desarrollarse mucho más fácil y exitosamente en ese momento.

 

Eclesiastés no nos dice cuáles son esos tiempos, en rigor, nos exhorta a entender que hay tiempos. Creo que su perspectiva “debajo del sol” no le permite comprender claramente cuándo debe ocurrir cada cosa, pero si vamos al principio de todo nos encontramos con lo siguiente:

 

Génesis 1:14,15 DHH

14-15 Entonces Dios dijo: “Que haya luces en la bóveda celeste, que alumbren la tierra y separen el día de la noche, y que sirvan también para señalar los días, los años y las fechas especiales.

Y así fue.

 

Hay momentos que Dios dejó marcados en los cielos. Los ángeles caídos han hecho su morada en muchos de estos cuerpos celestes y en cierto sentido han corrompido esto a través de una especie de adivinación mediante las estrellas y los planetas, pero ese no es el diseño original del Creador. De hecho, el nacimiento del Mesías fue señalado por nueve conjunciones astronómicas que ocurrieron en el tiempo preciso y en el lugar preciso, con una posibilidad de una en quinientos millones de años de repetirse. Sé que el tema es complicado y no voy a explayarme en él, necesita ser redimido, sin dudas.

 

Por otro lado, para los hijos de Dios hay un recurso mucho más claro y accesible:

 

Juan 16:13 RVC

13 Pero cuando venga el Espíritu de verdad, él los guiará a toda la verdad; porque no hablará por su propia cuenta, sino que hablará todo lo que oiga, y les hará saber las cosas que habrán de venir.

 

Pero también se nos advierte de algo:

 

Mateo 7:7-11 RVC

7 »Pidan, y se les dará, busquen, y encontrarán, llamen, y se les abrirá.

8 Porque todo aquel que pide, recibe, y el que busca, encuentra, y al que llama, se le abre.

9 ¿Quién de ustedes, si su hijo le pide pan, le da una piedra?

10 ¿O si le pide un pescado, le da una serpiente?

11 Pues si ustedes, que son malos, saben dar cosas buenas a sus hijos, ¡cuánto más su Padre que está en los cielos dará buenas cosas a los que le pidan!

 

Notemos que nueve veces se nos insta a pedir con la seguridad de recibir. ¿Por qué no pedir la sabiduría para entender los tiempos propicios para cada acción?

 

Y algo que necesitamos pedir, pero normalmente no somos conscientes, es la sabiduría para entender el tiempo para buscar y el tiempo para abstenernos de buscar… así como el tiempo para perder.

 

Perder es algo más complicado aún. La palabra en hebreo tiene varias acepciones, desde lo más suave, similar al uso de “perder” en castellano, hasta la destrucción o perdición eterna. Sin embargo, el sentido preferido aquí tiene que ver con “perder” en contraposición con “buscar”.

 

Por lo pronto, “perder” tiene una connotación tan negativa en nuestros idiomas, e incluso en la Biblia misma, que no podemos pensar en algo bueno que implique “perder”, por más de que el contexto de esta sección así parece exigirlo (es decir, si “hay un tiempo” para cada cosa, es porque cada una de esas cosas son necesarias). ¿Puede haber algo bueno en “perder”?

 

Salmos 119:71 DHH

71 Me hizo bien haber sido humillado,

pues así aprendí tus leyes.

 

Y sí, puede haberlo. Cuando sufrimos pérdidas necesitamos volvernos a Dios en humildad, y aunque el propósito no sea agradable ni bueno, el resultado sí lo es.

 

Por otro lado, hay una realidad muy práctica:

 

Lucas 10:1-4 RVC

1 Después de esto, el Señor eligió a otros setenta y dos, y de dos en dos los envió delante de él a todas las ciudades y lugares adonde él tenía que ir.

2 Les dijo: «Ciertamente, es mucha la mies, pero son pocos los segadores. Por tanto, pidan al Señor de la mies que envíe segadores a cosechar la mies.

3 Y ustedes, pónganse en camino. Pero tengan en cuenta que yo los envío como a corderos en medio de lobos.

4 No lleven bolsa, ni alforja, ni calzado; ni se detengan en el camino a saludar a nadie.

 

Notemos el versículo 4: “no lleven” y “no saluden” (¡y eso podía implicar PERDER amigos!)

 

Y veamos también:

 

Hebreos 12:1 RVC

1 Por lo tanto, también nosotros, que tenemos tan grande nube de testigos a nuestro alrededor, liberémonos de todo peso y del pecado que nos asedia, y corramos con paciencia la carrera que tenemos por delante.

 

Y también:

 

Mateo 11:29-30 RVC

29 Lleven mi yugo sobre ustedes, y aprendan de mí, que soy manso y humilde de corazón, y hallarán descanso para su alma;

30 porque mi yugo es fácil, y mi carga es liviana.»

 

Perder no es malo cuando se trata de despojarnos de cargas innecesarias. Dado que tenemos la tendencia a acumular más de lo debido, y a cargarnos con más responsabilidades o preocupaciones de las que debemos (o más bien, CON las que no debemos), perder de vez en cuando lo que nunca debimos tener, o lo que sirvió solo en el pasado, no viene nada mal. Al contrario, es una bendición.

 

Como perder es un proceso doloroso, instintivamente no queremos que ocurra. Biológicamente estamos preparados para acumular y no perder, ya que en el ambiente natural el alimento y los recursos no sobreabundan, y los seres vivos deben aprovecharlos cuando se encuentran. Eso está muy bien para los organismos en la naturaleza, pero no necesariamente para nosotros hoy día.

 

Seguimos charlando sobre el tema en el próximo artículo.

 

 

Danilo Sorti

841. En el tiempo señalado – VIII: esparcir y amontonar

 

Eclesiastés 3:5 RVC

5 el momento en que se esparcen piedras, y el momento en que se amontonan; el momento de la bienvenida, y el momento de la despedida;

 

Este pasaje es bastante difícil de interpretar, así que voy a dar un punto de vista y puede no ser el correcto.

 

En relación con el resto de las líneas, y en función de lo que dice a continuación, me parece que la interpretación apropiada tiene que ver con el acopio de los materiales de construcción. Los conceptos de “construir y destruir” ya fueron expuestos, y “guerra y paz” vienen a continuación, por lo que bien pudiera significar algo distinto.

 

Bajo esta óptica, no se trata aquí, propiamente, de “construir algo” sino de preparar los recursos para hacerlo… o bien reconocer que definitivamente no se podrá concretar dicha obra por lo que lo mejor será “esparcir” las piedras recogidas para que no ocupen un lugar innecesario y otros puedan usarlas.

 

Hoy no usamos piedras (generalmente) sino ladrillos, arena, piedra molida y cemento, así que cualquiera que haya construido o ampliado su casa, sabe a lo que me refiero: pilas de ladrillos acumulados, pequeñas montañas, o bolsones, de arena o piedritas por aquí y allá… delicia de los más pequeños de la casa y agobio de madres atareadas.

 

Tener una acumulación de materiales de construcción nos produce sentimientos encontrados. Por un lado la alegría de saber que tendremos algo nuevo en el futuro, por otro lado, la angustia del desorden, la falta de espacio y la suciedad. A veces la frustración de lo que quisimos hacer y no pudimos, o el cansancio de un trabajo agobiante que tenemos que hacer los fines de semana, cuando deberíamos descansar.

 

Creo que hay un límite a veces fino entre una acumulación necesaria para una construcción y una acumulación inútil y perjudicial, que no solamente obstaculiza y resulta desagradable a la vista sino que termina siendo atractor de espíritus de miseria, pobreza y frustración. Quizás esta pareja de conceptos sea la más difícil de determinar, es decir, de definir cuándo hacer cada cosa. ¿Cuándo simplemente debemos esperar y cuándo decididamente debemos deshacernos de eso? Normalmente la gente no lo hace, y así tenemos bonitos bolsones de arena sobre las que crecen hermosos árboles… Eso no es inocente, establece un “monumento” a la pobreza, el fracaso, la frustración, y eso atrae a los espíritus contomitantes.

 

Como la gente normalmente ha invertido bastante dinero en comprar el material, y este no se echa a perder con el tiempo sino que puede guardarse fácilmente, no se deshace de él, aún cuando la obra se terminó o bien ya no se concretará en un plazo razonable.

 

Por eso Eclesiastés nos sugiere, y aquí diría que nos exhorta, a “esparcir las piedras”. Tengamos en cuenta que en aquel entonces, ir a buscar, acarrear y amontonar las piedras implicaba un trabajo mucho mayor que el de simplemente llamar a la casa de materiales y recibir un pallet de ladrillos…

 

Este mismo concepto podemos llevarlo a un plano metafórico: hay un momento en el que “juntamos” los materiales para “construir” algo; pueden ser personas para un proyecto, o conocimientos, o ideas y planificaciones. Eso se puede concretar y todos esos elementos pueden quedar integrados en la “construcción”. Allí tenemos que tener la sabiduría para juntar los materiales por fe cuando aún no vemos la construcción y las evidencias visibles no nos ayudan, pero hay una palabra de Dios sobre la cual transitamos.

 

Pero puede ser que hayamos hecho el acopio por nuestra propia buena intención, hasta que llega el momento en que reconocemos que no es el propósito divino y decididamente, no se va a hacer o, peor aún, no debe hacerse. Es el momento de liberar esos recursos, de renunciar a esos planes y de “reubicar” esos conocimientos adquiridos hacia otra actividad.

 

Más duro es reconocer que la obra no será realizada por nuestra propia desidia, impericia o pecado; y debido a eso, debemos liberar los recursos acopiados, hablar con la gente para cancelar proyectos, reasignar partidas, etc.

 

En todos estos casos, si no “esparcimos las piedras” éstas terminan siendo habitáculo de espíritus indeseables.

 

Notemos algo interesante: el texto no empieza mencionando el momento de juntar sino el de esparcir. Creo que da por sentado que tenemos la tendencia innata a juntar y acumular, lo cual es lógico desde el punto de vista humano, pero no necesariamente desde el divino. También creo que nos sugiera que es fácil heredar esos “amontonamientos” de materiales para proyectos de nuestros padres que no pudieron concretarse. No podemos asumir eso, sencillamente, si ya no se concretarán, no podemos seguir con esos “montículos”.

 

Y muy relacionado con eso se encuentra la segunda parte del versículo, la pareja de “recibir y despedir”.

 

Tanto hay un momento para recibir y despedir a una misma persona, grupo, idea; como hay personas, grupos e ideas que deben ser recibidas o despedidas (y también eso tiene su momento preciso).

 

Juan fue claro:

 

2 Juan 1:10-11 RV95

10 Si alguno viene a vosotros y no trae esta doctrina, no lo recibáis en casa ni le digáis: «¡Bienvenido!»,

11 porque el que le dice: «¡Bienvenido!» participa en sus malas obras.

 

De nuevo, podríamos charlar mucho aquí de cuáles son las situaciones en las cuales son podemos recibir con una bienvenida a personas, proyectos o ideas, pero no voy a hablar de eso aquí, simplemente entender que las hay. No todo puede ser recibido, y hay temperamentos y nacionalidades que deben entender esto. Especialmente algunos países muy hospitalarios deben comprenderlo.

 

Por otro lado, aún lo que hemos recibido en el propósito de Dios y que ha sido de tremenda bendición llegado el momento debe ser despedido.

 

Hechos 20:25, 36-38 RVC

25 Yo sé que no me volverá a ver ninguno de ustedes, entre quienes he estado proclamando el reino de Dios;

36 Dicho esto, Pablo se puso de rodillas y oró con ellos.

37 Todos comenzaron a llorar y, echándose al cuello de Pablo, lo besaron,

38 pues les dolió mucho el que dijera que no lo volverían a ver. Después de eso, lo acompañaron hasta el barco.

 

Pablo sabía que tenía que despedirse de ellos, porque aún le restaba un gran trabajo que hacer y no mucho tiempo para concluirlo, por lo que les dirigió, precisamente, un discurso de despedida (en los versículos 26 a 35). En el tiempo preciso hizo lo necesario, por más doloroso que eso fuera. Tuvo que despedirse de esa iglesia para continuar sembrando el Evangelio en el resto del Imperio Romano. Si no lo hubiera hecho, no habría llegado a Ispania y la historia de Hispanoamérica probablemente no habría sido la misma. Pero como supo despedirse a tiempo, lo hizo, y hace 500 años el Evangelio (aunque con errores) fue sembrado por primera vez por un reino cristiano mejor (aunque, también, con errores) que el resto de los reinos de la época y las otras potencias coloniales.

 

Retener a una persona, un proyecto o una idea más tiempo del debido transforma la bendición en maldición. Retenemos cuando no queremos perder lo bueno que eso nos trajo, sin reconocer que eso bueno estuvo asociado inexorablemente a la dimensión “tiempo”, por lo que, lo mismo pero fuera de tiempo, deja de ser bueno.

 

Y es que si algo nos dice Eclesiastés es que, “debajo del sol”, ¡no somos eternos! Bueno, es una perogrullada, pero el hecho de reconocer que no somos eternos AQUÍ, implica muchísimas cosas, entre ellas, no pretender “eternizar” momentos o situaciones, porque tampoco lo son.

 

Eclesiastés 3 nos habla del fluir del tiempo, como un río, pero también de un vaivén, como las crecidas y bajantes de ese mismo río.

 

Si de entrada sabemos que hay momentos para recibir y momentos para despedir, habremos ganado, al menos, una buena posición para cuando esos momentos lleguen, y debamos tomar las decisiones correctas.

 

 

Danilo Sorti

840. En el tiempo señalado – VII: llorar y reír

 

Eclesiastés 3:4 RVC

4 el momento en que se llora, y el momento en que se ríe; el momento en que se sufre, y el momento en que se goza;

 

Quizás esta sea una de las expresiones más fáciles de entender, porque se trata de cuestiones muy cotidianas. Hasta el versículo anterior estuvimos hablando de hechos que no ocurren todos los días; ciertamente, ¡se nace y se muere en un día y nada más! No se planta todos los días ni tampoco se cosecha, las heridas ocurren en ciertos momentos, los proyectos de construcción (literal o metafórica) llevan años, pero “llorar y reír” pueden ser cosas de un día. Si lo extendemos un poco más podemos hablar de los momentos de sufrimiento y los momentos de gozo.

 

En un primer análisis, la risa y el llanto no implican nada, o casi nada, que hagamos nosotros, más bien son reacciones ante determinadas circunstancias o hechos. Pero cualquiera que tenga un poco de perspicacia se dará cuenta enseguida que sí hay mucho que podemos hacer, o no hacer, para llegar a las situaciones en las que podamos reír o llorar.

 

La risa no necesariamente es buena y el llanto no necesariamente es malo, en todo caso están expresando lo que ocurre en nuestro interior y cómo reaccionamos ante las situaciones. Pueden tener mucho que ver con nuestras acciones o decididamente nada que ver, el asunto es nuestra respuesta y aquí es donde esta expresión colisiona con tres posiciones que han sido y siguen siendo comunes.

 

Por un lado, una filosofía del sufrimiento, que fuera muy común en el cristianismo una vez pero que sigue siendo parte de muchas personas, y a veces con razón. En todo caso, Eclesiastés, con su particular óptica “debajo del sol” nos recuerda que también hay momentos de alegría que deben ser celebrados como tales.

 

Por otro lado, la filosofía de la “victoria y la alegría” continua, el espíritu que ha infectado el cristianismo hasta ahora y que se encuentra hoy tratando de defenderse “con uñas y dientes” frente a un mundo que rápidamente lo está desmintiendo. No, no todo es fiesta.

 

Eclesiastés 12:1 RVC

1 Acuérdate de tu Creador ahora que eres joven. No esperes a que vengan los días malos, y a que lleguen los años en que digas: «Vivir tanto no es motivo de regocijo.»

 

Efesios 5:16 RVC

16 Aprovechen bien el tiempo, porque los días son malos.

 

Los días malos, “para llorar”, sin dudas son muchos y la Biblia nos advierte claramente de eso.

 

Pero finalmente esta frase entra en conflicto con la posición más típicamente “estoica”, que nos presenta un mundo ideal sin emociones y sin necesidad de expresar nada. No quiero decir que Eclesiastés 3 aliente decididamente el “emocionalismo”, más bien, nos presenta las situaciones inevitables, para que lo sepamos y estemos preparados, para que no nos quedemos ni en uno de los extremos ni tampoco intentemos un inexistente “punto medio”.

 

Pero si la risa y el llanto son expresiones espontáneas y necesarias, sufrir y gozar son situaciones más profundas y de más largo plazo, y que pueden ocurrir al mismo tiempo.

 

Lucas 10:21-24 RVC

21 En ese momento Jesús se regocijó en el Espíritu Santo, y dijo: «Te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque estas cosas las escondiste de los sabios y entendidos, y las revelaste a los niños. ¡Sí, Padre, porque así te agradó!

22 Mi Padre me ha entregado todas las cosas, y nadie conoce al Hijo, sino el Padre; ni nadie conoce al Padre, sino el Hijo, y aquel a quien el Hijo lo quiera revelar.»

23 Jesús se volvió a los discípulos, y aparte les dijo: «Dichosos los ojos que ven lo que ustedes ven.

24 Porque les digo que muchos profetas y reyes desearon ver lo que ustedes ven, pero no lo vieron; y oír lo que ustedes oyen, pero no lo oyeron.»

 

No creo que sea muy necesario hablar del gozo cuando alcanzamos nuestras metas, o vemos el progreso de nuestra familia natural o espiritual, o cuando entendemos que las situaciones se encaminan en el país. Jesús nos lleva un paso más allá de eso cuando nos muestra el gozo profundo por las maravillas del Padre, por los avances del Reino de Dios.

 

Habría muchísimo para hablar del verdadero gozo en toda la Biblia y no es el propósito de este artículo, simplemente presentar los contrastes que nos muestra Eclesiastés 3.

 

Juan 12:27 

12 “¡Siento en este momento una angustia terrible! ¿Y qué voy a decir? ¿Diré: ‘Padre, líbrame de esta angustia’? ¡Pero precisamente para esto he venido!

 

Si los hombres comunes somos conscientes de que a los días de gozo seguirán muchos días de angustia, ¡Cuánto más el Hijo de Dios! Pero nunca permitió que saber los días de angustia que vendrían le impidieran disfrutar de los momentos de gozo, ni tampoco se permitió mantenerse “enajenado” de los tiempos de sufrimiento pensando solo en los buenos momentos. En esencia, es lo mismo que podríamos decir del caso anterior, solo que más profundo que simplemente “reír y llorar”.

 

Cada momento tiene su tiempo e inevitablemente vendrá “debajo del sol”, por eso, cada momento debe ser vivido según le corresponde, porque cuando no se hace, no alcanzamos todo lo que debemos aprender y ser transformados en ese momento.

 

Cada una de las situaciones (aparentemente) dicotómicas que menciona esta sección de Eclesiastés está preparada “debajo del sol” para que, entre otras cosas, seamos perfeccionados. Si no las vivimos como corresponde en el momento preciso, ese aprendizaje se pierde. Hay situaciones en las que, obviamente, es imposible no hacer otra cosa (¡nadie puede “no morir” en el momento de la muerte!, claro, a menos que haya una transferencia del alma a un “clon”, pero en ese caso la “persona” ya está definitivamente fuera del Reino de Dios). Pero hay situaciones en las que es muy posible, y especialmente en lo referido a las emociones.

 

Es muy posible y muy común que nos abstengamos de disfrutar en los momentos de gozo porque nos invade una angustia profunda pensando en los días malos que vendrán. Es muy posible que tratemos de distraernos en los momentos de angustia teniendo “lindos pensamientos”, y así no podemos procesar adecuadamente cada momento, cada sentimiento y cada aprendizaje.

 

Pero Eclesiastés nos dice, con una sabiduría muy práctica, que “todo tiene su tiempo”, y eso implica, “hacer lo que hay que hacer” en ese tiempo preciso, incluso cuando las emociones están tan fuertemente implicadas como en este caso.

 

 

Danilo Sorti

 

839. En el tiempo señalado – VI: destruir y construir

 

Eclesiastés 3:3 DHH

3 Un momento para matar, y un momento para curar. Un momento para destruir, y un momento para construir.

 

En mi ciudad hay una especie de boom de la construcción desde hace años. Como la economía del país viene mal desde hace más de una década, no hay muchas opciones de inversión, así que los que tienen algún excedente lo invierten en ladrillos.

 

Se han vuelto una parte habitual del paisaje urbano las vallas que en algún momento cercan una casa vieja en algún lugar más o menos céntrico de la ciudad, preanunciando una pronta demolición y un próximo edificio. Dado que casi todos los terrenos más valiosos ya están ocupados, es necesario destruir para poder construir luego.

 

Uno siente nostalgia a veces cuando ve casas conocidas, que “han estado allí” durante décadas y se transformaron en una parte familiar el trayecto de todos los días hacia el estudio o trabajo. Es gracioso, porque realmente vemos tantas casas y no tenemos idea de quiénes viven allí ni de las historias que han transcurrido, pero cuando son derribadas parece que perdemos algo “familiar”.

 

Y ciertamente han pasado muchas historias en esas casas, lindas y feas. Seguramente han convivido matrimonios, se han criado niños, o quizás nietos, ha habido muchas buenas reuniones familiares… y otras no tanto. Han llegado al final de sus días algunas personas y otros habrán sufrido separaciones dolorosas. Como sea, para bien y para mal, cumplieron su propósito de albergar “la vida cotidiana” de las personas. Pero si queremos que en ese mismo terreno puedan transcurrir sus días más personas, es necesario derribar esa construcción y levantar un edificio (aunque personalmente no me gusten los edificios).

 

Cuando primero se levanta una construcción se hace con determinados objetivos, expectativas y recursos, pero en un futuro puede haber otros objetivos, expectativas y recursos… pero no más espacio, así que sencillamente, hay que derribar lo primero para construir lo segundo.

 

Destruir y construir son dos acciones que pueden ocurrir en dos espacios diferentes, aunque las expresiones nos sugieren un mismo espacio. Lo que se hizo en un momento, con mucho costo y esfuerzo, cumplió una función, pero ya no sirve para lo que viene. No se trata de que necesariamente haya sido malo; probablemente ha habido un crecimiento y ya ha quedado chico. En el contexto cuando fue escrito podemos pensar en una familia que crecía y necesita más espacio para los hijos casados y sus familias.

 

En nuestro mundo moderno más complejo también nos sugiere un cambio; alguien deja su casa para ir a vivir a otro lado y vende el espacio para un proyecto distinto y más grande. No lo puede hacer él, así que llega a un acuerdo (económico) para que lo haga otro. O fallece y los hijos deciden venderla.

 

Se construye un lugar para habitar, pero si ese lugar ya había sido habitado con ciertos diseños inconvenientes, hay que destruir para establecer nuevos diseños.

 

En la historia de Israel resultó algo muy fuerte el mandato de derribar templos y altares idolátricos, y en general, luego de una guerra de conquista había mucho que quedaba destruido.

 

Tiempo después el Señor le diría a Jeremías:

 

Jeremías 1:10 RVC

10 Date cuenta de que este día te he puesto sobre naciones y reinos, para que arranques y destruyas, para que arruines y derribes, para que construyas y plantes.»

 

Toda una estructura de pecado y maldad debía ser derribada proféticamente, para poder luego edificar con justicia.

 

En el Nuevo Pacto se nos llama “piedras vivas” que edifican un Templo espiritual, no hecho con manos humanas. Sin embargo, cuando este Templo se echa a perder, el Espíritu debe “destruirlo” para luego edificar uno nuevo, y esos son los dolorosos procesos que a veces pasan las iglesias.

 

En definitiva, si hablamos de destruir y construir hablamos de estructuras que contienen algo, que van a durar mucho tiempo, que tienen diseños específicos, que protegen pero también condicionan y limitan. Sea algo físico o sea una organización de algún tipo, se tratará de algo costoso (en dinero, esfuerzo, tiempo), por lo tanto, “destruirla” es una opción difícil, más aún cuando nosotros mismos la hemos construido. Siempre preferiremos sostenerla, apuntalarla, tratar de “atar con alambre” lo que debe ser demolido de una vez.

 

Empezar una nueva construcción es un desafío, y siempre estará aumentado porque al tiempo de “empezar” estaremos más viejos que la vez anterior. Allí es donde aparece el ejemplo de Abraham:

 

Génesis 12:1-4 RVC

1 Pero el Señor le había dicho a Abrán: «Vete de tu tierra y de tu parentela, y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré.

2 Yo haré de ti una nación grande. Te bendeciré, y engrandeceré tu nombre, y serás bendición.

3 Bendeciré a los que te bendigan, y maldeciré a los que te maldigan; y en ti serán benditas todas las familias de la tierra.»

4 Y Abrán se fue, tal y como el Señor le dijo, y Lot se fue con él. Abrán tenía setenta y cinco años de edad cuando salió de Jarán.

 

Para ese entonces ya tenía construida toda una vida, una familia, casas y corrales, relaciones, sustento económico y un muy buen pasar urbano, pero Dios lo llamó a empezar la construcción de un pueblo, que de hecho no vería ni mucho menos terminada, pero que traería a luz al Salvador de toda la humanidad.

 

Si construir requiere fe, destruir para volver a construir requiere el doble de fe, pero la recompensa será mucho más que el doble.

 

 

Danilo Sorti

 

838. En el tiempo señalado – V: matar y curar

 

Eclesiastés 3:3 RVC

3 el momento en que se hiere, y el momento en que se sana; el momento en que se construye, y el momento en que se destruye;

 

Eclesiastés 3:3 DHH

3 Un momento para matar, y un momento para curar. Un momento para destruir, y un momento para construir.

 

En una cultura rural resultaba claro que habría un momento para cuidar y curar a los animales que se criaban y otro momento en el que había que sacrificarlos. También en la misma sociedad, acostumbrada a las guerras, vendría el momento del conflicto y la muerte y el tiempo de la paz y el cuidado. En este último sentido la humanidad no ha cambiado, lamentablemente, más bien, se ha perfeccionado para que los momentos de matanzas sean cada vez más rápidos, “eficientes” y abarquen a la mayor cantidad de personas; mientras que la acción de “curar” se encuentra, hoy, completamente cooptada por las mafias farmacéuticas y médicas…

 

Pero veamos la perspectiva espiritual de estas dos acciones.

 

Lo primero que encontramos es cierto paralelismo con el primer par: nacer y morir, solo que esta vez las acciones las ejecuta la persona sobre “un tercero” o sobre algo externo. Hay un momento para hacer morir algo, o, como también se puede traducir, para “herir”; y luego hay un momento para sanar.

 

Colosenses 3:5-6 RVC

5 Por lo tanto, hagan morir en ustedes todo lo que sea terrenal: inmoralidad sexual, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia. Eso es idolatría.

6 Por cosas como éstas les sobreviene la ira de Dios a los desobedientes.

 

Todos somos portadores de una naturaleza caída que debe morir cada día, pero que no lo va a hacer de buena gana, más bien, debemos hacerla morir conscientemente, ¿y cómo se logra eso?

 

Hebreos 4:12-13 RVC

12 La palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que las espadas de dos filos, pues penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón.

13 Nada de lo que Dios creó puede esconderse de él, sino que todas las cosas quedan al desnudo y descubiertas a los ojos de aquel a quien tenemos que rendir cuentas.

 

La Palabra de Dios, tanto la escrita como el Espíritu, que la hace viva, es la que tiene el poder de HERIRNOS para exponer lo que verdaderamente hay en nuestro interior, de tal forma que seamos sanados.

 

Tenemos dos opciones: o dejamos que sea Dios quien haga la herida y “mate” lo que deba morir, o lo hacenos nosotros y nos ahorramos tiempo y sufrimiento. Justamente, el texto de Eclesiastés nos sugiere lo segundo.

 

Oseas 6:1 RVC

1 ¡Vengan, volvamos nuestros ojos al Señor! Ciertamente él nos arrebató, pero nos sanará; nos hirió, pero vendará nuestras heridas;

 

Si algo caracterizó el ministerio de Jesús fue el poder de sanidad que manifestó, que luego transmitiera a Sus discípulos. Tenemos que entender que esa sanidad no es solo física (que por cierto lo es) sino que en un sentido espiritual está indicando la sanidad profunda del alma. Así como usamos la Palabra para “atravesarnos” a nosotros mismos a fin de herir y matar la mala naturaleza, usamos luego el poder de sanidad para aplicarla sobre la herida, para que Dios construya allí una nueva naturaleza.

 

Si pudimos hacerlo en nosotros (o más bien, en la medida que estamos haciéndolo en nosotros) entonces podemos hacerlo en los otros.

 

Hay situaciones, actitudes, pensamientos, sentimientos, acciones que debemos decididamente “matar” con la espada del Espíritu. No podemos tolerarlas. Todo el Antiguo Testamento está lleno de guerras que Dios mismo inició contra Sus enemigos, y no pensemos que el Nuevo Testamento “cambió” en ese sentido: ahora las guerras no son físicas, sino espirituales, pero no por eso menos intensas o trascendentales, más bien, lo contrario.

 

A medida que los tiempos se oscurecen más, Dios nos está llamando a una guerra mucho más intensa contra las tinieblas. Si hemos pasado las dos etapas anteriores, podremos encarar esta tercera.

 

Y de esa guerra quedan “heridos”, que son aquellos que han abierto los ojos y se han dado cuenta del camino de condenación que llevaban y de cuán miserables son. Y los heridos que hoy tenemos están REALMENTE heridos, por lo que el poder de sanidad que debemos desplegar hoy es superior al que ha sido manifestado en todos los siglos pasados.

 

2 Corintios 3:5 RVC

5 Y no es que nos creamos competentes por nosotros mismos, como si esta competencia nuestra surgiera de nuestra propia capacidad. Nuestra competencia proviene de Dios,

 

La verdadera competencia espiritual siempre vino de Dios, solo que en tiempos pasados podíamos “disimular” con una buena capacitación humana. A medida que los tiempos se oscurecen más, esto no es posible.

 

La guerra sin cuartel es contra las huestes de maldad, que tienen cada vez más engañadas a las personas. Cuando alguien es liberado, saldrá de su prisión lleno de heridas, tantas que podemos creer que realmente no ha habido cambios en su corazón. Allí es donde nos toca sanar.

 

No voy a abundar en detalles porque hay bibliotecas enteras describiendo el proceso de sanidad del alma, aunque no seamos expertos en el tema (ya que hay ministerios específicos al respecto), tenemos que tener siempre el “botiquín de primeros auxilios”, tanto para los otros como para nosotros.

 

Herir, matar, curar y sanar son procesos que, como todos, debemos hacer conforme la guía del Espíritu.

 

Danilo Sorti