sábado, 30 de septiembre de 2017

277. El Evangelio y la misión de la Iglesia en el tiempo del fin: el “fracaso” del evangelio triunfalista y el resurgir del remanente protegido

Lucas 13:23-30 RVC
23 Alguien le preguntó: «Señor, ¿son pocos los que se salvan?» Y él respondió:
24 «Hagan todo lo posible para entrar por la puerta angosta, porque yo les digo que muchos tratarán de entrar y no podrán hacerlo.
25 En cuanto el padre de familia se levante y cierre la puerta, y ustedes desde afuera comiencen a golpear la puerta y a gritar: “¡Señor, Señor; ábrenos!”, él les responderá: “No sé de dónde salieron ustedes.”
26 Entonces ustedes comenzarán a decir: “Hemos comido y bebido en tu compañía, y tú has enseñado en nuestras plazas.”
27 Pero él les responderá: “No sé de dónde salieron ustedes. ¡Apártense de mí todos ustedes, hacedores de injusticia!”
28 Allí habrá entonces llanto y rechinar de dientes, cuando vean a Abrahán, Isaac y Jacob, y a todos los profetas, en el reino de Dios, mientras que ustedes son expulsados.
29 Porque habrá quienes vengan del oriente y del occidente, del norte y del sur, para sentarse a la mesa en el reino de Dios.
30 Pero habrá algunos últimos que serán primeros, y algunos primeros que serán últimos.»


Una de las paradojas que presenta el Evangelio en el fin de los tiempos es el problema de los números. Por un lado vemos iglesias masivas (hablo de nuestro contexto latinoamericano), “fotos” de multitudes, y por otro, cuando profundizamos en el compromiso de esas multitudes no nos queda más remedio que reconocer que sí, son pocos.

He hablado sobre este tema en otros artículos; asistimos al surgimiento del modelo de iglesia de Laodicea, grande, populosa, rica, pero vacía del Espíritu. Por otra parte, los mensajes proféticos que el Señor nos está trayendo en estos últimos tiempos vez tras vez nos vienen alertando sobre este hecho: SÍ, SON POCOS. Aún más, los acontecimientos que están profetizados para los últimos tiempos (¿meses?) antes del arrebatamiento precisamente sucederán para que más gente entre al Reino de los Cielos, especialmente los que ahora están tibios en su fe.

¿Cómo impacta esto en el ministerio? Por un lado, así como es necesario reconocer el “fracaso” el Evangelio de la transformación social, no porque no sea deseable ni justo, sino porque sencillamente los hombres lo rechazaron, también es necesario reconocer el “fracaso” del Evangelio de la masividad, de aquella nostálgica imagen de miles llegando a los pies de Cristo, como efectivamente ocurrió de manera genuina hace décadas atrás. Es necesario reconocer que la imagen de “muchos cristianos” es falsa, al menos si estamos pensando en cristianos comprometidos, capaces de participar en la obra del fin, es decir, cristianos que no sean meramente “nominales”.

En esencia, cualquier obra de avance para el Reino que hagamos, algo que exija compromiso personal y compromiso con el Evangelio genuino, contará con pocos obreros, si acaso. Estamos “solos” en medio de muchos que profesan ser cristianos, es más, ¡más vale solo que mal acompañado!, es decir, más vale que no se nos junten la mayoría de los que se llaman cristianos porque serán un verdadero obstáculo para la obra. No pretendo juzgar la salvación de los tales ni su posición delante de Dios, pero con observar los hechos y las palabras podemos juzgar fácilmente si podemos “andar juntos” o no.

A la par que la necesidad de obreros se multiplica exponencialmente, son pocos los comprometidos, y eso implica que cada uno de nosotros deberemos luchar contra un poder redoblado de las tinieblas mientras hacemos la obra que nos fue encomendada solos o con muy poca ayuda, porque todos aquellos que podrían ayudarnos o están engañados por las falsas corrientes del Evangelio, o están luchando con la obra que el Señor les encomendó a ellos, también sin ayuda.

A pesar de esto, no estoy haciendo una “exaltación del sacrificio individual”, creo que sigue siendo fundamental el trabajo en equipo, o al menos un trabajo coordinado y estratégico. Dudo que podamos formar grandes equipos, si el Señor nos permite trabajar en uno de ellos, creo que hoy es un privilegio muy especial. Pero mantenernos comunicados, ayudarnos en lo que podamos, y ubicarnos estratégicamente (según Su estrategia) son cosas perfectamente realizables.

Si tenemos consciencia de que efectivamente los que procuramos servir con fidelidad al Señor somos un remanente, concepto muy común en las páginas bíblicas, entonces podremos desarrollar varias actitudes:

·         Por un lado, no seremos engañados con las “grandes masas” de manera que podremos realizar el trabajo que nos fue encomendado sin caer en los enredos y problemas que hoy generan los muchos cristianos carnales que hay en las iglesias populosas. Sencillamente, no tenemos que meternos con ellos.

·         Por otro lado, sabremos que tendremos que buscar activamente a los otros santos del remanente, que podrán estar en otra iglesia u otra provincia o país.

·         No estaremos en aflicción preguntándonos “¿por qué nadie me ayuda?” porque sencillamente sabremos que no hay “nadie” (casi) que pueda hacerlo.

·         Podremos desarrollar una estrategia de vida y de ministerio adecuada a esa realidad, sin expectativas irreales y sin frustrarnos a mitad de camino.

·         Podremos reconocer ministerios genuinos, que no suelen ser ni populosos ni “exitosos” desde el punto de vista del cristianismo carnal, y darles nuestro apoyo. También viceversa.

·         Finalmente, podremos tener un entendimiento de la dimensión de la ira de Dios sobre los líderes engañadores y los cristianos tibios, lo cual mantendrá vivo el celo y la voz profética cuando sea posible hablar con ellos (y ser escuchados).

En el pasaje de Lucas inmediatamente después de hablar de los pocos que se salvan el Señor nos advierten sobre los falsos cristianos, que compartieron lo mismo que los verdaderos: participaron de la manifestación del Señor, incluso operaron en los dones del Espíritu, pero no fueron fieles. Y es interesante notar que estos no se dan cuenta de su error sino hasta después del arrebatamiento, lo cual debería marcarnos otra de las señales de este tiempo asociadas al concepto de “remanente”: no deberíamos esperar que “los muchos” cambien fácilmente su actitud, y más bien deberíamos cuidarnos nosotros no sea que nos encontremos entre esos “muchos”, plenamente convencidos de que estamos haciendo bien.

Hay más para hablar sobre eso, aquí solamente pretendo discutir algunas ideas. El concepto de “remanente”, que en cierto sentido se “perdió” con los grandes movimientos cristianos del siglo XX, debe ser recuperado, para poder “operar” adecuadamente en estos últimos tiempos. Y esto no es nada agradable: hay un profundo dolor en el corazón del Hijo por todos esos que profesan con sus bocas conocerle pero que con sus hechos lo niegan. También eso es una característica de este tiempo; ¿conocemos qué está sintiendo Dios? ¿Podemos acompañarlo en Su dolor? Cuando le tocó ir a la cruz estuvo solo, nosotros lo abandonamos allí. Hoy hay un profundo dolor en el corazón de Jesucristo, ¿lo vamos a dejar solo nuevamente?



Danilo Sorti


276. El Evangelio y la misión de la Iglesia en el tiempo del fin: el “fracaso” de la transformación social y el resurgir de la misericordia en medio del juicio

1 Timoteo 2:1-4 RVC
1 Ante todo, exhorto a que se hagan rogativas, oraciones, peticiones y acciones de gracias por todos los hombres;
2 por los reyes y por todos los que ocupan altos puestos, para que vivamos con tranquilidad y reposo, y en toda piedad y honestidad.
3 Porque esto es bueno y agradable delante de Dios nuestro Salvador,
4 el cual quiere que todos los hombres sean salvos y lleguen a conocer la verdad.

La postguerra trajo transformaciones muy profundas y cada vez más rápidas en todo el mundo, y la iglesia no fue una excepción. Comenzando como preocupación social, rápidamente se establecieron corrientes de pensamiento teológico dentro de las iglesias evangélicas enfocadas en la transformación social. Pero no estábamos haciendo nada nuevo, la Iglesia Católica ya lo venía intentando desde sus orígenes, allá por el siglo IV.

Hay una historia reciente muy rica en relación con esas corrientes teológicas, con mucha producción y debate. Persisten hasta el día de hoy en las corrientes de transformación social y política, integrando elementos propiamente espirituales y habiéndose despojado de buena parte del humanismo que las corrientes originales.

Sería injusto e incorrecto pretender meter a todos “dentro de la misma bolsa” pero de manera más o menos expresa todas están planteando que la acción de la Iglesia debe incluir el involucramiento en la transformación social, en lo cual creo que ya todos estamos de acuerdo. Pero como corolario suelen concluir, de manera generalmente tácita, negando los acontecimientos disruptivos y catastróficos del período tribulacional y el establecimiento del Reino Mesiánico, que propiamente no viene por la acción secuencial y progresiva de la Iglesia actual.

Obviamente que ha habido mucha discusión teológica al respecto, sin que resultara definitoria. Hoy nos encontramos con que este “Evangelio Social” no ha logrado transformar al mundo, que sí ha tenido éxitos parciales en algunos lugares, lo cual redundó en almas rescatadas para Cristo, pero la sociedad como todo se precipita con gran velocidad hacia el pecado y el rechazo de Dios en todas sus formas, que los ejemplos contrarios son sólo unas pocas luces en medio de la oscuridad, sin ninguna posibilidad razonable de extenderse por sus propios medios. Que incluso muchos proyectos no dieron los resultados esperados y el discurso de ese Evangelio no alcanzó para responder las urgentes preguntas de la actualidad. Los hechos están terminando de cerrar la discusión teológica que generó: el Evangelio Social, de la Transformación Social, del mejoramiento progresivo, con todo lo que tiene de valioso, no es la verdad definitiva y sus conclusiones son falsas; aunque todavía unos cuantos siguen aferrados a él, con un gran esfuerzo mental para aislarse cada vez más de la realidad y mantener un optimismo ingenuo.

¿Cómo llegamos a eso? Es un camino largo, no pretendo analizarlo, pero puedo decir que uno de los errores ha sido (como siempre) nuestra mala lectura de la Biblia. Vamos a las sencillas instrucciones que le dio Pablo a Timoteo; ¿hay aquí un germen de transformación social? Sí, por supuesto, de hecho, ¡toda la Biblia ES TRANSFORMACIÓN SOCIAL!, pero ¿eso significa que debíamos esperar que tal cosa ocurriera? No. La expectativa de Pablo aquí es que podamos vivir “con tranquilidad y reposo, y en toda piedad y honestidad”, y eso, en la mayoría de los países, implica de por sí un enorme cambio, pero finalmente NO ES el establecimiento del Reino de Dios en la Tierra. Creo que hemos estirado la interpretación de aquellos pasajes que nos estaban exhortando a orar y trabajar para que la situación social sea tolerable hasta el punto de hacerles prometer que efectivamente lograríamos transformar toda la sociedad.

Hermanos, seamos claros: la Biblia nunca ha sido optimista en relación con el hombre no redimido, y nunca nos ha prometido que toda la humanidad sería salva antes del final del programa divino para tratar con el pecado. Quizás haya sido este “pesimismo” que fue exagerado en las iglesias evangélicas de tiempo atrás, y el desinterés social subsecuente, lo que provocó, como reacción, el surgimiento del (optimista) Evangelio Social.

La realidad del fin de los tiempos, claramente visible para todo aquel que analice con sinceridad las noticias, ha decretado el “fin” de ese modelo; pero sólo en el sentido de su escatología: definitivamente no traeremos el Reino nosotros y el mundo no mejorará progresivamente, y sí sucederá una destrucción y remoción masiva. ¡Pero exactamente la misma realidad ha vuelto imperioso poner en práctica sus postulados! Hoy, en medio de los juicios que se están desatando en este tiempo del fin, es necesario que la misericordia y el poder sanador y restaurador del Espíritu sean manifestados como nunca antes sobre la Tierra a través de la Iglesia fiel; no para transformar lo que ya está destinado a la destrucción y no tiene redención posible, sino para traer alivio en medio del dolor y mostrar que el Juez de toda la Tierra sigue teniendo misericordia de los que se arrepienten. Poder sanador, restaurador y transformador NO HUMANO, no con nuestras “buenas intenciones cristianas” porque eso no alcanzará ya para casi nada, sino profundamente divino. Hermanos, podemos hacer comedores si queremos, pero hoy hace falta literalmente que reproduzcamos muchas veces el milagro de la multiplicación de los panes y los peces. Podemos proveer asistencia médica, pero servirá de poco si no se manifiesta el poder de hacer milagros. Podemos dar alojamiento y refugio, pero si no manifestamos el poder de detener los vientos, serán muy pocos los beneficiados. Ese es el verdadero “Evangelio Social” que se requiere hoy.

No detendremos los juicios de Dios, pero como, precisamente, se trata de juicios DE DIOS, es decir, de NUESTRO PADRE, podemos interceder por misericordia, siempre y cuando esa misericordia evidencia la autoridad divina. Aún podremos evitar o disminuir algunos de Sus juicios, pero solo algunos; pensar más que eso es caer en un triunfalismo muy propio de los evangélicos pero muy poco real también.


Danilo Sorti


275. El Evangelio y la misión de la Iglesia en el tiempo del fin

Apocalipsis 14:7 RVC
7 Ese ángel decía con fuerte voz: «Teman a Dios, y denle gloria, porque la hora de su juicio ha llegado. Adoren al que hizo el cielo y la tierra, el mar y los manantiales de agua.»

Apocalipsis 14:7 DHH
7 Decía con fuerte voz: a Dios y denle alabanza, pues ya llegó la hora en que él ha de juzgar. Adoren al que hizo el cielo y la tierra, el mar y los manantiales.


Según como interpretemos este pasaje, podemos ubicarlo en un tiempo todavía futuro, sin embargo, si lo interpretamos en un sentido más general o parcial (una de las formas posibles de interpretar la profecía) debemos reconocer que ya ha comenzado a cumplirse: desde hace un tiempo la Tierra ha entrado en los juicios del Padre; no todavía en la plenitud de ellos, solo en lo que algunos llaman “principios de dolores”, pero juicios al fin, sucesos cada vez más terribles.

Dios Padre, en Su calidad de Juez, está “haciendo entrada” en el escenario de un mundo que se precipita a lo más hondo del pecado y que, hasta ahora, “consideraba” que finalmente Dios los dejaría seguir en su camino. El mundo que hasta hace algunos años atrás no tomaba en cuenta a Dios, hoy se está empezando a enfrentar a una naturaleza que “no es natural”, y en especial me refiero al mundo occidental u “occidentalizado”, que abarca hoy los países y regiones más desarrollados, aunque no estén ubicados precisamente en occidente.

Con esto no estoy diciendo que de repente todos han reconocido que Dios está airado, porque no es así; la mayoría sigue y seguirá por un buen tiempo sin buscar respuestas más allá de la naturaleza o el cambio climático; pero a medida que la frecuencia y la intensidad de las catástrofes aumenta, cada vez más personas estarán intentando encontrar alguna respuesta en es Dios que habían olvidado hace ya mucho tiempo.

De todas formas, a la conformación del mundo tal como podíamos definirla hace no más de una década hoy se le hace imperioso agregarle otra variable: el inicio de los juicios del Padre a través de la naturaleza. Esta es una de las improntas que marcarán fuertemente los próximos años hasta el arrebatamiento, es decir, el tiempo que nos queda para cumplir la Gran Comisión, el lapso de tiempo que nos ha sido dado. ¿Cómo se cumple la misión de la Iglesia en ESTE CONTEXTO?

Por otro lado, ¿QUÉ IGLESIA es la que debe reflexionar al respecto? Bueno, toda, por supuesto, sin embargo, cuando miramos la distribución de las iglesias evangélicas hoy nos encontramos con que el grueso del Movimiento Evangélico está en el llamado Tercer Mundo, pero los contextos nacionales son muy diferentes: África sigue enfrentando grandes luchas y problemas ambientales, en la mayor parte de Asia existe persecución, y, en términos generales, sólo América Latina tiene una relativa libertad, paz y prosperidad. Esto nos ubica en un lugar de gran responsabilidad porque probablemente seamos el bloque que más puede hacer por la extensión del Evangelio en estos últimos tiempos, aunque no creo que estemos respondiendo en la misma medida que el Señor nos ha bendecido.

Así, según entiendo, es la Iglesia Latinoamericana la que debe reflexionar seriamente en cómo va a completar su misión, al interior del continente y al resto del mundo, en el contexto de los juicios del Padre.

Antes que nada, la iglesia debe reconocer que precisamente estamos en el principio de Sus juicios. Sin embargo, muchos líderes todavía le siguen echando la culpa a la naturaleza o a Satanás, o a vaya uno a saber qué, pero sin decir claramente que se tratan de juicios de Dios, y puedo dar fe de eso porque he tenido algunas discusiones… Esos líderes no pueden conducir el futuro inmediato del Pueblo de Dios, sencillamente, ¡no son capaces de reconocer lo que el Padre está haciendo! Pueden mantener porciones importantes de la revelación bíblica pero no sirven para transitar este presente.

Por otro lado, debemos reconocer las diversas corrientes teológicas que nos han influido y que los cristianos más nuevos no conocen. Uno pensaría que en conjunto han dejado una “confusión teológica”, pero yo creo que cada una de ellas ha sido una herramienta del Señor para alumbrarnos una faceta de la Verdad Bíblica. Es claro que normalmente cada una de ellas luego se desvió exagerando lo que una vez recibieron, pero eso ha servido para demostrar que eran propiamente “parciales”, una parte de la Verdad, necesarias cada una pero incompletas en sí mismas.

Todos los cristianos evangélicos hoy estamos más o menos influenciados por algunas de ellas, y precisamente hoy estamos siendo bastante ineficientes porque nos hemos quedado “pegados” a algo que nunca pretendió ser “el fin de la revelación”, sino una parte del camino, nada más. Debemos tomar todo lo bueno que trajeron y, ahora, volver a leer la Biblia con ese bagaje pero a la luz de lo que Dios está haciendo hoy, que no es exactamente lo mismo que hizo ayer.

Otro elemento clave para empezar a entender esta “nueva forma” de misión es la dimensión profética. Muchos santos siguen temerosos al hecho de adentrarse en la dimensión profética, y mucho más en lo que Dios está diciendo ahora a través de Sus siervos de la última hora. Otros siguen aferrados a teologías que le impiden aceptar la plena vigencia de los ministerios proféticos. Y otros, aún aceptándolo, permanecen ignorantes (¿por pereza, por temor?) respecto de lo que Dios está diciendo. Creo que hoy ya no es una opción viable, no al menos si pretendemos ser efectivos en los tiempos que vienen. Sé que para mucho esto es una barrera, algo que raya en lo herético; no tenemos tiempo para hacer un profundo análisis sobre la vigencia de los dones proféticos ni para analizar todos los argumentos al respecto; mucho mal se ha hecho “en nombre” de los dones carismáticos y muchos han abusado de ellos, y eso es lamentable. PERO DEBEMOS RECORDAR que Satanás no tiene la capacidad de crear nada, y si algo es pervertido y usado por el Enemigo, ¡es precisamente porque se trata de algo genuino! Debemos desechar lo corrompido y quedarnos con lo genuino, como cuando una madre limpia las hojas de una planta de lechuga para preparar una ensalada para su familia: no desecha toda la planta porque haya hojas sucias.

Con todo esto, lo que nos queda es “volver a leer” la Biblia para encontrar las instrucciones que ya nos fueron dadas precisamente para estos tiempos, pero eso será motivo de otro artículo.



Danilo Sorti


274. ¿Quién será mi líder espiritual?

1 Timoteo 3:1-13 DHH
1 Esto es muy cierto.
Si alguien aspira al cargo de presidir la comunidad, a un buen trabajo aspira.
2 Por eso, el que tiene este cargo ha de ser irreprensible. Debe ser esposo de una sola mujer y llevar una vida seria, juiciosa y respetable. Debe estar siempre dispuesto a hospedar gente en su casa; debe ser apto para enseñar;
3 no debe ser borracho ni amigo de peleas, sino bondadoso, pacífico y desinteresado en cuanto al dinero.
4 Debe saber gobernar bien su casa y hacer que sus hijos sean obedientes y de conducta digna;
5 porque si uno no sabe gobernar su propia casa, ¿cómo podrá cuidar de la iglesia de Dios?
6 Por lo tanto, el dirigente no debe ser un recién convertido, no sea que se llene de orgullo y caiga bajo la misma condenación en que cayó el diablo.
7 También debe ser respetado entre los no creyentes, para que no caiga en deshonra y en alguna trampa del diablo.
8 Asimismo, los diáconos deben ser hombres respetables, que nunca falten a su palabra ni sean dados a emborracharse ni a desear ganancias mal habidas.
9 Deben apegarse a la verdad revelada en la cual creemos, y vivir con conciencia limpia.
10 Primero deben pasar un periodo de prueba, y después, si no hay nada en contra de ellos, podrán servir como diáconos.
11 Igualmente, las mujeres deben ser respetables, no chismosas, serias y fieles en todo.
12 Un diácono debe ser esposo de una sola mujer, y saber gobernar bien a sus hijos y su propia casa.
13 Porque los diáconos que realizan bien su trabajo, se hacen dignos de un lugar de honor, y podrán gozar de gran tranquilidad gracias a su fe en Cristo Jesús.


Satanás ha logrado muy astutamente “embarrar la cancha” del liderazgo cristiano al haber introducido un verdadero ejército de “perros” disfrazados de pastores, maestros o apóstoles. Pero no quiero hablar de ellos sino de los verdaderos líderes, los que tienen un llamado genuino y vidas santas: ¿cómo “sobrevivir” cuando hay tal crisis? ¿Cómo podemos reconocerlos? ¿Cómo hacemos para no caer en una “sospecha absoluta” sobre todos?

Conozco personalmente varios líderes de los cuales puedo dar testimonio de su integridad y de su deseo sincero de servir al Señor. Algunos de ellos tienen ya ministerios establecidos y congregaciones no muy grandes que los apoyan, otros están luchando para llevar adelante la obra, haciendo malabares con el tiempo, la familia, el trabajo, el dinero, su propio crecimiento espiritual… mientras sus iglesias realmente no se comprometen con el trabajo, ¿por qué? La respuesta no es simple, pero al menos una de las explicaciones, creo yo, tiene que ver con el descrédito generalizado del liderazgo cristiano.

El manto de sospecha que se cierne hoy sobre toda figura de liderazgo tiene su utilidad: es cierto que hay muchos por ahí que buscan su propio beneficio, y no solamente en iglesias grandes y “prósperas”, también en iglesias chicas. El problema es que realmente “sospecha” no es la actitud correcta, sino “discernimiento”. La sospecha tiene que ver con una disposición del alma, con el “escepticismo”, con la predisposición a pensar mal de la otra persona sin conocerla, con la intención de encontrar los errores que se creer firmemente que tiene. El discernimiento tiene que ver con el reconocimiento del engaño actual y de la naturaleza humana, pero evitando juzgar con juico propio sino buscando la dirección clara del Señor.

Pero como el engaño es precisamente la habilidad de ocultar la verdad, y el pueblo de Dios suele estar bastante escaso de discernimiento, necesitamos entender algunos lineamientos básicos de cómo es un verdadero líder espiritual.

El Espíritu Santo nos dejó a Pablo como el “arquitecto” de la Iglesia y en I Timoneo nos hace un resumen de las características de los líderes locales. El texto es por demás de claro a la vez que por demás de ignorado, por lo que no necesita demasiada explicación, sin embargo, hagamos un análisis general.

El total de cualidades mencionadas (incluyendo las repetidas) son 30, de ellas solamente 2 menciones se refieren principalmente a condiciones que no son cualidades del carácter (aunque implícitamente sí); esto quiere decir que al menos el 93 % de los requisitos tienen que ver directamente con los frutos del Espíritu. Cuidado, estamos dando por sentado que la persona en cuestión ya ha manifestado los dones del Espíritu necesarios como para estar en condiciones de “aspirar al cargo de presidir la comunidad” y su voluntad de hacerlo.

Los posibles candidatos son entonces los que manifiestan los dones y disposición para el liderazgo. Pero la decisión final tiene que ver casi exclusivamente con sus frutos. Aunque da por sentados los dones necesarios, Pablo prácticamente no habla de eso. Tampoco dice otras cosas, como por ejemplo:

·         Que el candidato sea especialmente persuasivo en sus palabras.
·         Que tenga habilidades de “manejo del escenario”, perdón, “del púlpito”
·         Que sea próspero, con muchas propiedades, trajes caros, rolex y autos lujosos
·         Que sea una figura pública en la sociedad (sólo que tenga buen testimonio)
·         Que sea un “teólogo consumado”
·         Que tenga muchos seguidores
·         Que sus amigos cercanos digan “cuán buena persona es”
·         Que “pasen cosas” en sus reuniones

Ahora bien, si el modelo bíblico no requiere nada de eso sino la clara manifestación de los frutos, ¿por qué razón hoy en día estamos buscando exactamente eso? He escrito bastante sobre este liderazgo satánico que se ha introducido en las iglesias, pero no existe líder sin seguidores, y cuando estos tienen las motivaciones incorrectas, los líderes incorrectos nacen como hongos después de una lluvia.

¿Qué estamos buscando? El modelo del cristianismo de estas últimas décadas nos ha dado una imagen tan distorsionada del liderazgo que aunque muchos estén disconformes con sus líderes actuales, realmente no saben qué buscar; literalmente se sienten “presos” de la situación, sin ninguna vía de escape, esperando solo que el arrebatamiento los libre de esas iglesias “peor es nada”. Pero esto es porque no han hecho el esfuerzo consciente de acomodar su visión a la Palabra de Dios.

Cuando nos limpiamos de las expectativas y cualidades erróneas del liderazgo, podemos ver qué es lo que realmente debemos buscar, qué debemos mirar. Lo grande o lo pequeño de la congregación, el éxito numérico o la falta de el, el dinero o la falta de dinero finalmente no será lo principal, sino las cualidades, los frutos manifestados.

Ahora bien, ¿cómo ver los frutos en personajes públicos que viven vidas alejadas de los hermanos? Pues precisamente NO PODEMOS VERLOS, y debemos reconocer que “esa es la idea”… Si el líder en cuestión no es lo suficientemente visible, o bien, si él único testimonio que tenemos es el de todos aquellos que lo rodean y “comen” de él, sencillamente, no podemos evaluarlo en base al criterio bíblico, por lo que no tenemos justificativos claros para seguirlos.

Hermanos, las palabras de Pablo en relación al liderazgo no son una “sugerencia orientativa”, ¡SON UN MANDATO! Y debe ser obedecido tanto por el líder como por los seguidores, aunque en realidad no son precisamente palabras para el líder sino para la congregación, Pablo está dando el formato de examen que deben pasar. Y esto nos lleva a otro punto: si los líderes se colocan en una posición de autoridad en la cual “no es posible” examinarlos sin caer bajo las más atroces maldiciones, ¡también están violando el mandato bíblico!

Pero ahora quiero volver a lo que dije en los primeros párrafos: aquel líder que razonablemente ha pasado la prueba y puede cumplir con los requisitos (tanto hombre como mujer, ya que el machismo cristiano “bíblicamente” justificado sigue siendo muy fuerte), debe ser respetado y apoyado en el ministerio. No podemos aplicar el “manto de sospecha” sobre él, aunque por supuesto siempre debemos cuidarnos los unos a los otros y exhortarnos cuando nos estamos desviando, líder inclusive.

El que no cumple con los requisitos bíblicos no califica para ser líder, ¿por qué los escuchamos y creemos lo que dicen? ¿Por qué tememos sus maldiciones hacia quienes los expongan en sus errores o se vayan de esas iglesias?

Pero el que sí los cumple es un verdadero líder, ¿por qué los menospreciamos? ¿Por qué somos escasos con las ofrendas y el apoyo ministerial? ¿Por qué consideramos que son de segunda categoría dado que no tienen iglesias grandes y con mucho dinero?

El Señor nos ha dejado líderes y son un verdadero tesoro. Debemos cuidarlos, orar por ellos, y de vez en cuando, animarlos y exhortarlos en amor, pero no olvidar que si llegaron hasta allí no es solo por los dones, que se reciben por gracia, sino porque demostraron una consagración especial y dieron frutos dignos del Señor. Debemos valorarlos en todos los sentidos.

¡Señor, perdonanos por nuestra actitud de desprecio!


Danilo Sorti


273. La templanza como fruto del Espíritu

Juan 11:7-15 RVC
7 Luego les dijo a los discípulos: «Vamos otra vez a Judea.»
8 Los discípulos le dijeron: «Rabí, hace poco los judíos intentaron apedrearte, ¿y de nuevo vas allá?»
9 Jesús respondió: «¿Acaso no tiene el día doce horas? El que anda de día no tropieza, porque ve la luz de este mundo;
10 pero el que anda de noche tropieza, porque no hay luz en él.»
11 Dicho esto, agregó: «Nuestro amigo Lázaro duerme, pero voy para despertarlo.»
12 Entonces, sus discípulos dijeron: «Señor, si duerme, sanará.»
13 Pero Jesús decía esto de la muerte de Lázaro, aunque ellos pensaron que hablaba del reposo del sueño.
14 Entonces Jesús les dijo abiertamente: «Lázaro ha muerto;
15 y me alegro por ustedes de no haber estado allí, para que crean. Vayamos a verlo.»

Juan 11:39-45 RVC
39 Jesús dijo: «Quiten la piedra.» Marta, la hermana del que había muerto, le dijo: «Señor, ya huele mal, pues ha estado allí cuatro días.»
40 Jesús le dijo: «¿No te he dicho que, si crees, verás la gloria de Dios?»
41 Entonces quitaron la piedra. Y Jesús, levantando los ojos a lo alto, dijo: «Padre, te doy gracias por haberme escuchado.
42 Yo sabía que siempre me escuchas; pero lo dije por causa de la multitud que está alrededor, para que crean que tú me has enviado.»
43 Y habiendo dicho esto, clamó a gran voz: «¡Lázaro, ven fuera!»
44 Y el que había muerto salió, con las manos y los pies envueltos en vendas, y el rostro envuelto en un sudario. Entonces Jesús les dijo: «Quítenle las vendas, y déjenlo ir.»
45 Muchos de los judíos que habían venido para acompañar a María, y que vieron lo que hizo Jesús, creyeron en él.


Templanza es otra forma de decir dominio propio,  y esto puede ser muy parecido a la mansedumbre, pero hay una diferencia: mientras la mansedumbre implica “soportar” una situación que nos es dada y de la cual no “podemos” salir, al menos no si queremos permanecer en el centro de la voluntad de Dios mientras clamamos por Su justicia, el dominio propio implica “meternos” conscientemente en una situación problemática para hacer la voluntad de Dios.

Puede ser algo muy simple: abstenernos de comer tal o cual cosa para no engordar o cuidar nuestra salud, eso implica una dosis de “sufrimiento” si dejamos de comer algo que nos gusta, pero lo hacemos por la salud de nuestro cuerpo, que es templo del Espíritu Santo. Puede ser tener la disciplina de estudiar una carrera, lo que implica abstenernos de pasar todo ese tiempo con nuestros amigos o haciendo otra actividad, o trabajando para tener dinero. Para algunos puede ser incluso la disciplina de no estudiar o no trabajar de más, para dedicar tiempo a la familia o al Señor. Sea lo que sea, el dominio propio implica una acción decidida de la voluntad que nos va a acarrear algún tipo de inconvenientes para logra un bien mayor, pero que no es “necesaria” realizar, es decir, que nuestra vida individual podría transcurrir de todas formas “bien” (o aparentemente bien) si no hiciéramos eso.

Uno de los ejemplos más hermosos de dominio propio es el episodio de Lázaro, sin contar la cruz, que es el máximo ejemplo posible. Jesús no necesitaba ir a Judea, no hacía falta exponerse públicamente en ese momento, ni  mucho menos debía estar en frente de la tumba para resucitar a Lázaro, bastaba con que diera la orden y listo. Pero toda la acción que se suscitó sirvió para que muchos creyeran, y Jesús asumió la molestia del viaje, la exposición a los peligros de Judea (para Él y para Sus discípulos) y las iras que desató por el hecho para que la gente crea. Lázaro no “necesitaba” resucitar, excepto para aumentar su recompensa posterior en el cielo; él estaba mucho mejor allá.

¡Dios no necesitaba hacer nada de lo que hizo! ¿Para qué involucrarse con esta raza caída y rebelde? ¿Por qué no eliminarla con algún otro asteroide, como hizo con los dinosaurios, y formar una nueva especie, mejor que estos “monos desnudos” (con perdón de los monos…)? ¿Para qué hacerse hombre y pasar tantos sufrimientos a mano de Su propia creación?

¿Por qué el Padre tendría que entregar a Su Hijo? ¿Por qué debería tolerar el desastre que hicimos en la tierra? ¿Por qué el Bendito Espíritu debería habitar en esta habitación sucia y rebelde? ¿Por qué debería insistir tanto para que finalmente le haga caso?

No, no existe mejor ejemplo de dominio propio que el de la Trinidad toda, que VOLUNTARIAMENTE puso en marcha el plan de la redención (al cual todavía le faltan mil años) para rescatarnos, cuando no había necesidad. ¡Qué maravilloso amor de Dios para nosotros! ¡Qué insondable que es Su Corazón! ¡Jamás tendríamos palabras para describir siquiera una sola de Sus virtudes, no ya a Él mismo! ¿Qué haremos por la eternidad? Tratar de conocerlo, pero no vamos a terminar…

El opuesto del domino propio lo podemos ver claramente en el caso de la comida, y es la gula, que también se manifiesta en la borrachera. Esto es “incorporar”, ingerir, todo lo que tengo a mano ahora mismo sin pensar en las consecuencias futuras y sin poder poner un límite, es decir, sin poder aceptar una cuota de sufrimiento cuando la satisfacción de las necesidades está perfectamente accesible.

Jesucristo nació como rey y Él siempre supo que reinaría, pero no aceptó ninguno de los ofrecimientos satánicos que tuvo durante Su vida terrenal: ejerció el dominio propio porque sabía que había algo mejor.

Nos cuesta mucho discernir los frutos del Espíritu en Dios, pero en realidad es lógico, ¿acaso el Espíritu va a producir algo que sea diferente a Su misma esencia, a Su propia naturaleza? No, por supuesto. Por lo tanto, todos los frutos que Él produce en los creyentes son parte de la naturaleza de Dios, y el dominio propio no es una excepción.

El dominio propio puede corromperse fácilmente. En la época de Pablo una de las corrientes filosóficas eran los estoicos, que procuraban una vida sumamente disciplinada, es decir, llevaban el dominio propio al máximo posible, pero humanamente, sin Dios. Esto no es sabio: fuimos creados con deseos y necesidades, con sueños y motivaciones; aunque fueron corrompidos por el pecado, todavía permaneces muchos impulsos buenos, ¿por qué negarlos? Sólo cuando hay un propósito claro del Señor, nada más. El resto es justicia propia, apariencia de piedad, la actitud de los fariseos que tanta repulsión le causó a Jesús.

En realidad, negarse a uno mismo no es más que poder ver al Señor al lado nuestro en todo momento:

Salmos 16:8 RVC
8 Todo el tiempo pienso en ti, Señor; contigo a mi derecha, jamás caeré.

¿Y quién puede hacernos ver al Señor sino el Espíritu? Recibir el testimonio del Bendito es lo que nos permite desarrollar el dominio propio. Con Él a nuestra diestra, ¿qué más queremos? Necesitamos acercarnos a Él, tan simple y tan difícil como eso, no hay más.


Danilo Sorti