viernes, 30 de noviembre de 2018

638. Santiago: la pobreza y la riqueza – XII, ¿para qué obedecemos?


Santiago 1:19-27 RVC
19 Por eso, amados hermanos míos, todos ustedes deben estar dispuestos a oír, pero ser lentos para hablar y para enojarse,
20 porque quien se enoja no promueve la justicia de Dios.
21 Así que despójense de toda impureza y de tanta maldad, y reciban con mansedumbre la palabra sembrada, que tiene el poder de salvarlos.
22 Pero pongan en práctica la palabra, y no se limiten sólo a oírla, pues se estarán engañando ustedes mismos.
23 El que oye la palabra pero no la pone en práctica es como el que se mira a sí mismo en un espejo:
24 se ve a sí mismo, pero en cuanto se va, se olvida de cómo es.
25 En cambio, el que fija la mirada en la ley perfecta, que es la ley de la libertad, y no se aparta de ella ni se contenta sólo con oírla y olvidarla, sino que la practica, será dichoso en todo lo que haga.
26 Si alguno de ustedes cree ser religioso, pero no refrena su lengua, se engaña a sí mismo y su religión no vale nada.
27 Delante de Dios, la religión pura y sin mancha consiste en ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y en mantenerse limpio de la maldad de este mundo.


En el artículo anterior analizamos la secuencia: disposición para escuchar – escuchar – lento para hablar – lento para enojarse, y su contraparte. De ahí vimos que el enojo no aparece “porque sí”, y luego en qué puntos podemos tratarlo. A partir del versículo 22 se nos exhorta a poner en práctica la Palabra, lo que es un mensaje repetido en toda la carta, ¿para qué? ¿Se trata de hacer para ganar la salvación, es necesario que las obras acompañen a la fe para que podamos ser salvos?

Como vimos, no se trata de eso. Aunque Santiago habla de la salvación, no es su principal enfoque sino la vida práctica, como vivir bien, como ser verdaderamente próspero en riquezas celestiales primero y materiales (según el propósito de Dios) después. Las obras se insertan en este plan y el objetivo de ellas (o al menos uno de ellos) es lo que dice el versículo 25: “será dichoso en todo lo que haga”.

Aquí no se trata de la salvación, tampoco se mencionan las obras como termómetro inseparable de la fe, sino que se enfoca en las obras constituyen una fuente de felicidad en todo momento. Las obras son las obras de la ley, que para ellos era la ley que figuraba en el Antiguo Testamento perfeccionada por las instrucciones del Nuevo. No se trataba de algo distinto a las exigencias de justicia y misericordia de la ley mosaica, solo que potenciadas ahora por Cristo. Es la vida que agrada a Dios, y no solamente hacer ayuda social o socorrer al necesitado.

El resultado de las obras de justicia, más exactamente, de vivir conforme la voluntad de Dios, es una vida de felicidad, de “dicha”, aún en medio de las dificultades y problemas que Santiago nos menciona a lo largo de toda la carta. Vivir en el gozo del Señor no es algo menor; es lo que inspira el Espíritu Santo, pero aquí vemos que está unido a las obras, que nos lleva a hacer el mismo Espíritu.

Todos los seres humanos estamos preparados para hacer lo que nos da alegría. Las emociones son las que guían nuestras acciones, y cuando algo no nos gusta, nos resulta pesado, tedioso o incluso desagradable completamente, muy difícilmente lo hagamos. Todos aprendemos y el sistema del mundo se encarga muy bien de que “aprendamos” (es decir, desarrollemos la asociación mental) que pecar es agradable. Nos cuesta toda una vida limpiarnos completamente de eso.

Este pasaje tiene muchísimo que ver con la verdadera prosperidad: la espiritual, pero notemos que no solamente en el hecho de acumular riquezas en el cielo, sino en lograr vivir una vida feliz en la tierra. Incluso aquellos que buscan, y tienen, riquezas materiales reconocer que la felicidad es lo más importante (ellos confían en que esas riquezas les están dando felicidad) y gastan fortunas en pretender alcanzarla… sin lograrlo. Pero Santiago nos revela que la clave de la felicidad está en vivir para Cristo, aunque ese vivir implique morir a nosotros mismos.

¿Esto tiene que ver también con la prosperidad material? ¡¡Muchísimo!! Primero, el que es verdaderamente feliz en Cristo no necesita gastar fortunas tratando de alcanzar felicidad con vicios, comidas costosas, ropas, viajes, autos último modelo, exóticas vacaciones, y tantas otras cosas gracias a las cuales se mueve el sistema económico mundial. Así que ahí ya tenemos un ahorro más que importante. Segundo, tiene paz para escuchar a Dios y hacer buenos negocios según los principios del Reino, y obtener así la medida de prosperidad que viene de Dios y que no acarrea aflicción de espíritu. Y la riqueza que gana esa persona redunda también en bendición para la obra de Dios.

Ahora bien, la secuencia es, entonces: oír – poner en práctica – recibir la felicidad que viene de Dios. Podemos volver a mirar la secuencia que mencionamos antes y hacerle algunas modificaciones: no oír – hablar apresuradamente y no actuar en justicia – enojarse, es decir, recibir la falta de paz y la angustia que viene del sistema mundo.

Es posible “oír”, es decir, no simplemente “escuchar los sonidos de las palabras” o “leer palabras”, sino oír prestando atención, recibiendo en el espíritu. Pero luego es posible “no hacer”, es decir, “olvidar”. Inevitablemente esto nos trae a la memoria la parábola de los cuatro tipos de tierra en la que cae la semilla del sembrador, quizás más específicamente el camino, donde cae la semilla pero es rápidamente comida por las aves, aunque podrían ser también los pedregales y los espinos. Como sea, la diferencia aquí está en que se nos exhorta a no ser ese tipo de terreno, con lo cual está abierta la posibilidad de cambiar. Y también se nos da una señal diagnóstica.

Resulta que cuando escuchamos (o leemos) buenos mensajes pero luego comprobamos que seguimos viviendo como siempre, sin que haya cambios significativos, deberíamos darnos cuenta de que algo anda mal. ¿Qué es y cómo solucionarlo?

·         “En cambio”: hay otra actitud, otra forma de ser, es decir, no es “todo lo mismo”, no somos “todos iguales”, y es posible cambiar
·         “el que fija la mirada en la ley perfecta”: aquí hay algo clave, quiere decir en dónde pone uno su atención, hacia dónde dirige sus pensamientos, con qué alimenta su mente, a qué le da importancia. Puede ser una batalla dura dirigir la mente y los pensamientos hacia la Palabra de Dios, nadie dice que sea fácil ni rápido, pero es una batalla posible con las fuerzas de Cristo, y es por dónde podemos y tenemos que empezar.
·         “que es la ley de la libertad”: aquí hay un concepto que se relaciona con el significado de la “religión”, es decir, si en el fondo de nuestro ser estamos considerando que servir a Dios es algo difícil y costos que tenemos que hacer porque no nos queda más remedio si es que no queremos ir al infierno, o si hemos entendido que es lo mejor que nos puede pasar en esta vida, además de la vida eterna; es decir, si somos siervos o si somos hijos, si lo amamos porque hemos conocido Su amor. No es posible hacer ese cambio si primero Su Palabra, escrita y viva, no ha llegado profundamente a nosotros.
·         “y no se aparta de ella”: hay muchísimas distracciones en el camino, y la realidad es que siempre estamos desviándonos, aunque sea de forma mínima, por lo que tenemos que grabarnos el concepto de “revisar el mapa” continuamente y corregir el rumbo.
·         “ni se contenta sólo con oírla y olvidarla”: es decir, asume que luego de escuchar, de leer, de aprender, tiene que hacer algo con eso, tiene que seguir trabajándolo, porque sabe que con el solo hecho de escuchar no queda automáticamente grabado en la mente y traducido a obras.

Entonces podemos obedecer, y esa obediencia no es una carga, por más que cueste y que haya dificultades. Y entonces alcanzamos la felicidad aquí y ahora, sea que tengamos bienes y un pasar tranquilo o sea que tengamos necesidades y muchos problemas. Entonces alcanzamos la verdadera riqueza, que a veces se manifiesta en lo natural, pero que siempre se muestra en lo espiritual.


Danilo Sorti


637. Santiago: la pobreza y la riqueza – XI, Oír, hablar, pensar, hacer; diferencia entre pobreza y riqueza espiritual y material


Santiago 1:19-27 RVC
19 Por eso, amados hermanos míos, todos ustedes deben estar dispuestos a oír, pero ser lentos para hablar y para enojarse,
20 porque quien se enoja no promueve la justicia de Dios.
21 Así que despójense de toda impureza y de tanta maldad, y reciban con mansedumbre la palabra sembrada, que tiene el poder de salvarlos.
22 Pero pongan en práctica la palabra, y no se limiten sólo a oírla, pues se estarán engañando ustedes mismos.
23 El que oye la palabra pero no la pone en práctica es como el que se mira a sí mismo en un espejo:
24 se ve a sí mismo, pero en cuanto se va, se olvida de cómo es.
25 En cambio, el que fija la mirada en la ley perfecta, que es la ley de la libertad, y no se aparta de ella ni se contenta sólo con oírla y olvidarla, sino que la practica, será dichoso en todo lo que haga.
26 Si alguno de ustedes cree ser religioso, pero no refrena su lengua, se engaña a sí mismo y su religión no vale nada.
27 Delante de Dios, la religión pura y sin mancha consiste en ayudar a los huérfanos y a las viudas en sus aflicciones, y en mantenerse limpio de la maldad de este mundo.


En este pasaje encontramos una serie de secuencias o relaciones, causa consecuencia, que es en lo que consiste la verdadera sabiduría. Una cosa es el conocimiento “descriptivo”, el dato “duro”; eso es a lo que llamamos “conocimiento”. Otra cosa es poder utilizar ese conocimiento para establecer relaciones de causa y consecuencia y aplicarlo para explicar y predecir, a fin de tomar el curso de acción más acertado. Eso es a lo que llamamos “sabiduría”, y es un bien extremadamente escaso en este siglo XXI, donde el conocimiento ha aumentado como nunca en la historia de la humanidad. Santiago destaca por su sabiduría, precisamente por estas relaciones, por su capacidad para ir “al fondo” del asunto, de una manera muy sencilla y entendible (lo cual es señal de más sabiduría).

El versículo 19 nos muestra, en lo negativo, la secuencia “no oír – rápido para hablar – rápido para enojarse”, con lo cual entendemos que lo último sucede porque se ha hablado demasiado rápido sin haber tenido toda la información ni los hechos. Exactamente lo que ocurre hoy, especialmente con los grupos más exaltados de jóvenes, la “nueva izquierda”; pero no solamente con ellos, de hecho es algo muy humano.

¿Por qué no oímos? Porque creemos que ya sabemos, hemos aceptado determinadas estructuras de pensamiento y con ellas ya suponemos que podemos explicar todo, que podemos meter toda la realidad en ese molde y no hace falta más. Eso se llama necedad.

¿Por qué hablamos rápido? En el fondo, porque dudamos y necesitamos reforzar lo que en nosotros está todavía débil. También porque odiamos y necesitamos expulsar ese odio cuando encontramos el “sujeto odiable”. Porque vivimos en una guerra continua (Santiago hablará de eso más adelante) y necesitamos aprovechar cada mínima oportunidad para combatir al enemigo (los argentinos somos expertos en eso…).

El enojo es la consecuencia necesaria, no solamente porque el otro se va a enojar con nosotros (¡y con razón!), sino porque, como dirá más adelante Santiago, nuestra lengua, al “funcionar”, se transforma en una puerta abierta al Adversario, el que pone palabras de más que generan un círculo vicioso y una escalada verbal, que termina haciéndonos enojar.

¿Nos enojamos fácilmente? ¿No podemos controlarlo? ¿No será que estamos iniciando este círculo vicioso sin darnos cuenta, que no escuchamos adecuadamente (es decir, buscar la información que necesitamos, esperar antes de emitir un juicio o tomar una decisión, no solamente “escuchar” en sentido literal, sino informarse, leer sobre el asunto, orar, esperar a que Dios hable)? ¿No será que “hablamos” demasiado rápido (es decir, emitimos juicios o asumimos cosas como ciertas, o tomamos decisiones sin la suficiente información)? Sabiduría es reconocer que el enojo está al final de una cadena, y que resulta prácticamente imposible acabar con él si no cortamos los primeros eslabones. Desde otro punto de vista, podemos tapar el enojo pero la “olla a presión” explotará por otro lado.

El proceso correcto es: tenemos buena voluntad para oír (es decir, escuchar al que piensa distinto, no emitir juicios apresurados, buscar información, orar), por lo tanto no hablamos rápidamente (sabemos que nos podemos equivocar, que hay más cosas que deberíamos conocer) y como consecuencia no nos enojamos fácilmente. Ahora bien, nadie dice que está mal enojarse ante una injusticia, Jesús lo hizo, ¡el Padre lo hace! Lo que está mal es actuar de manera indebida cuando nos enojamos y, por supuesto, enojarse por todo. Hay gente que vive así, pero eso también es una cuestión “política” si se quiere, es una estructura social de pensamiento.

La consecuencia del versículo 20 es clara: la justicia de Dios no puede implantarse con enojo. Ahora bien, la justicia de Dios significa que Sus diseños se establecen donde hay injusticia, y si hay injusticia hay buenos motivos para estar enojados. El asunto, que queda claro en toda la carta, es que los eternamente enojados no pasan ni cerca del modelo de establecimiento de la justicia divina. Desde el inicio mismo no saben qué es eso, simplemente están enojados HUMANAMENTE, y aunque la indignación sea frente a una verdadera injusticia, el proceso no tiene nada que ver con el establecimiento de la justicia divina.

¿Qué nos hace enojarnos? Conozco cristianos enojados por diversas injusticias, pero lo están desde un punto de vista humano. No es incorrecto humanamente hablando, pero es humano y no pueden traer la justicia divina, en todo caso solamente hacer protestas humanas y a duras penas conseguir algo socialmente que durará poco.

“Así que despójense de toda impureza y de tanta maldad, y reciban con mansedumbre la palabra sembrada, que tiene el poder de salvarlos.” El corolario sorprendente es que hay que recibir la Palabra con mansedumbre, es decir, ¡estaban enojados por la Palabra de Dios! Que nadie se sorprenda porque hay muchísimos cristianos que no pueden aceptar determinadas verdades de las Escrituras, más bien, consideran que son palabras humanas de predicadores enloquecidos y las rechazan con furia. Las confunden con las falsas doctrinas, que sí hay que rechazar, pero no lo hacen.

Esa sana Palabra implantada nos hará oidores atentos, lentos para hablar y más lentos aún para enojarnos.

Este no es la única relación causal que vemos aquí, porque no se queda el asunto en simplemente oír, recibir y ser salvos, sino también en poner en práctica, pero sobre eso charlaremos en el próximo artículo.


Danilo Sorti


636. Santiago: la pobreza y la riqueza – X, todo proviene de Dios


Santiago 1:16-18 RVC
16 Queridos hermanos míos, no se equivoquen.
17 Toda buena dádiva y todo don perfecto descienden de lo alto, del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de variación.
18 Él, por su propia voluntad, nos hizo nacer por medio de la palabra de verdad, para que seamos los primeros frutos de su creación.

Aquí tenemos una verdad básica de las Escrituras, es una de esas afirmaciones tan repletas de sentido que no se agotan ni se agotarán nunca, porque se expanden a medida que se expande nuestra comprensión y conocimiento de las cosas: mientras más conozcamos del mundo, de las posibilidades e imposibilidades, aún de la maldad y la profundidad del pecado, más se amplía nuestra visión de la grandeza de Dios porque sobre todo eso Él tiene poder y ahí puede hacer descender “toda buena dádiva y todo don perfecto”.

Pero esta frase está inserta en un contexto:

Santiago 1:13-17 RVC
13 Cuando alguien sea tentado, no diga que ha sido tentado por Dios, porque Dios no tienta a nadie, ni tampoco el mal puede tentar a Dios.
14 Al contrario, cada uno es tentado cuando se deja llevar y seducir por sus propios malos deseos.
15 El fruto de estos malos deseos, una vez concebidos, es el pecado; y el fruto del pecado, una vez cometido, es la muerte.
16 Queridos hermanos míos, no se equivoquen.
17 Toda buena dádiva y todo don perfecto descienden de lo alto, del Padre de las luces, en quien no hay cambio ni sombra de variación.

La tentación no desciende de Dios, nada malo viene de Él sino todo lo bueno. Con esto podemos profundizar un poco más en lo que dijimos en el artículo anterior: si nada malo viene de Él, no solamente podemos hablar de las tentaciones hacia cosas que son claramente pecados, también podemos extender el concepto hacia las cosas que no parecen pecado o que incluso son hechas en el nombre del Señor. Es decir, si una enseñanza o un ministerio están produciendo algo malo, no descienden del Padre.

Pero si todo lo bueno viene de Él, entonces cuando somos bendecidos o prosperados por medio de herramientas “seculares”, ¡también viene de Dios! Claro, cuidado, no significa que Dios apruebe el obrar de nuestro empleador inconverso, o de los clientes que nos compran, o incluso de la industria o empresa en la que trabajamos. Significa que es Dios quien está bendiciéndonos a través de ellos, por más que no estén en Su expresa voluntad.

En una serie de artículos anteriores hablé sobre el espíritu del imperio, “Babilonia”, esa estructura opresora que ha gobernado desde Babel hasta ahora y que será finalmente destruida durante el tiempo de los juicios, pero que sin embargo, ha sido y sigue siendo usada por Dios para Sus propósitos e incluso para traer bendición sobre determinados lugares. Allí tenemos un muy buen ejemplo de como Dios usa aún lo malo para Sus planes.

Cuando los primeros lectores oían “desciende” bien podían estar pensando en las estrellas y un cielo que no les resultaba muy diferente al Cielo de Dios. Para nosotros ya hay una clara distinción: usamos los mismos términos pero sabemos que el Cielo de Dios es un ámbito espiritual antes que material. En ese cielo que ellos miraban había estrellas y planetas. Las primeras podían variar en su brillo, los segundos se movían por el cielo con trayectorias erráticas (de ahí el nombre de “planetas”). Dado que no había mucho para mirar a la noche, el cielo estrellado constituía un referente fundamental para todos los antiguos.

Pero Dios no es como esos cuerpos celestes, quizás todavía considerados como ángeles o semidioses o vaya a saber qué pero con algunos atributos divinos. No era variable ni errático como ellos, al contrario, Él es su Creador, el “Padre de las luces”. Y de esta forma, Santiago está diciendo que Dios está por encima de todo lo más alto que ellos podían llegar a ver o a entender, y nos dice lo mismo a nosotros; por encima de todo, de lo más alto de lo alto.

De Él viene todo lo bueno y por lo tanto tenemos que buscarlo en Él. De allí viene la sabiduría que necesitamos en la vida, de allí viene también la bendición y la provisión material, y en eso podemos estar seguros porque no cambia. Por lo tanto, podemos acercarnos confiadamente a pedir. Este es otro principio de la prosperidad según Dios: pedir al único que tiene el poder y la bondad para darnos.

Lucas 11:9-10 RVC
9 Así que pidan, y se les dará. Busquen, y encontrarán. Llamen, y se les abrirá.
10 Porque todo aquel que pide, recibe; y el que busca, encuentra; y al que llama, se le abre.

Recordemos que estos versículos de Lucas están dichos en el contexto de la provisión económica.

Sin embargo, es posible “equivocarse”, buscar en otra fuente, de otra manera. Esto puede ser muy sutil para los creyentes, puede estar mezclado, verse engañoso; uno puede estar confiando en que va a ser prosperado porque está dando o viceversa, que como no puede dar suficiente no va a recibir. Puede confiar en una iglesia, en un método, en su propio trabajo o estudios, en definitiva, en muchas cosas que en el fondo no son Dios. Por eso Santiago nos dice: “Queridos hermanos míos, no se equivoquen.”, porque es posible equivocarse.

Santiago 1:18 RVC
18 Él, por su propia voluntad, nos hizo nacer por medio de la palabra de verdad, para que seamos los primeros frutos de su creación.

Pero claro, estas bendiciones están accesibles a los que han nacido de nuevo. Y este pasaje también nos pone en contexto del proceso en donde estamos: ellos eran los primeros frutos, nosotros estamos completando la cosecha. Sin embargo, cuando lo volvamos a leer en el momento en que:

Miqueas 4:4 RVC
4 Cada uno se sentará bajo su vid y a la sombra de su higuera, y no habrá nadie que pueda amedrentarlos. Esto lo ha declarado la boca del Señor de los ejércitos.

Entonces entenderemos que todos nosotros a su vez hemos sido los primeros frutos de una cosecha que ahora no podemos ver ni dimensionar, ni se nos permite comprender todavía.

A partir de este pasaje vienen una serie de exhortaciones, pero eso lo charlaremos en el próximo artículo.


Danilo Sorti


martes, 13 de noviembre de 2018

635. Para que tengamos misericordia


Jonás 4:10-11 RVC
10 Y el Señor le dijo: «Tú sientes lástima por la enredadera, por la cual no trabajaste, y a la cual no hiciste crecer; durante una noche creció, y a la noche siguiente dejó de existir.
11 ¿Y yo no habría de tener piedad de Nínive, esa gran ciudad con más de ciento veinte mil habitantes que no saben distinguir cuál es su mano derecha y cuál su mano izquierda, y donde hay muchos animales?»

Una de las enseñanzas prácticas de este pasaje es cómo hace Dios para que desarrollemos la misericordia. Y se trata propiamente de una enseñanza del Padre.

Las cualidades más tiernas de Dios nos pasan generalmente desapercibidas a muchos de nosotros, por varias razones. La vida no es fácil, aquellos que tienen roles de liderazgo o responsabilidades la tienen menos fácil todavía. Dado que los juicios de Dios ya han comenzado sobre la Tierra, uno tiene que “endurecerse” en cierto sentido para no ser abatido por lo que viene. ¿Cómo equilibrar eso con el delicado amor y entrañable ternura de Dios? Bueno, si sirve de consuelo, ¡solamente Dios puede hacerlo de manera perfecta! Pero nosotros podemos crecer en ello.

Jonás venía de “crudeza” en “crudeza”. Primero, era funcionario en el reino de Israel, ahí ya tenemos un ambiente difícil. Sabía perfectamente la crueldad de los asirios, por lo que quiso escapar ¡para evitar que actuara la misericordia de Dios! Termina siendo arrojado al mar y engullido por un pez, que luego lo vomita. Así, cruza la urbanización de Nínive anunciando solamente juicio. Y se sienta luego a esperar ansioso la destrucción de la ciudad, como para tratar de convencer a Dios de que no debía cambiar de opinión. ¿Cómo lograr que un corazón tan endurecido por las adversidades y el dolor se vuelva tierno? Pues bien, Dios utilizó su arma secreta: una plantita.

La creación manifiesta a Dios Padre, tanto que los hombres todos son juzgados por haber rechazado al Dios que se les reveló a través de las cosas hechas. Es importante saberlo: no es que sean condenados por rechazar a un Cristo del que muchos no escucharon, lo son por haber rechazado al Padre, que los hubiera guiado de alguna forma al Mesías. Pero en lo que nos interesa aquí, es la creación la que manifiesta a Dios, algo que queda muy en claro con Job: Dios le expone Su naturaleza a través de las cosas creadas. Por lo tanto, no es nada extraño que Dios siga hablando por medio de ellas, tanto en tiempo de juicio que viene de mano de la Creación como en tiempo de misericordia, también hablando por medio de ella.

Y con una planta silvestre le dio una lección de misericordia: si tenía lástima de una enredadera (y Dios no lo critica por ello, ¡con lo cual nos exhorta a cuidar aún lo más mínimo de Su creación!), ¿cómo no habría de tener Él misericordia de una ciudad de Nínive, con tantos niños pequeños y animales?

Bueno, parece entonces que el súper endurecido Jonás tenía un punto “débil”. Y no es distinto con nosotros; Satanás es muy hábil para endurecernos hacia nuestros semejantes; el ejemplo máximo es el aborto, el bebé es deshumanizado y llega a ser visto como una terrible molestia. Pero también pasa lo mismo con el adversario político, el extranjero, el pobre o el poderoso, el enemigo, el que está lejos, el que está cerca, etcétera, etcétera. Sin embargo, hay una brecha hacia la cual muy probablemente la persona no se haya endurecido (al fin y al cabo, todavía sigue siendo humano, o al menos, conservando algo de humanidad). Puede ser un animal doméstico, una planta, un insecto, en definitiva, algo pequeño, de muy poco “valor”, pero lo suficiente como para que el Espíritu pueda avivar el fuego de la misericordia, encender esa llamita minúscula que aún sigue prendida. El problema es cuando ya ni siquiera eso hay.

Entonces, no debemos dejar pasar esas enseñanzas tan sutiles que el Señor nos da a través de Su Creación, de las cosas pequeñas, porque con eso puede estar encendiendo una llama muchísimo más importante de lo que esas herramientas nos harían suponer.

En definitiva, Dios nunca se queda sin testimonio hacia los que pueden escuchar. Si persistimos en desoír esos mensajes sutiles, nos llega a pasar lo que describió Pablo:

1 Timoteo 4:2 RVC
2 y que por la hipocresía de los mentirosos que tienen cauterizada la conciencia,

Que el Señor nos guarde.


Danilo Sorti


634. Tan frágil como la hierba…


Hechos 5:14-16 RVC
14 Los hombres y mujeres que creían en el Señor iban aumentando en número,
15 y en sus camas y lechos sacaban a los enfermos a la calle, para que al pasar Pedro por lo menos su sombra cayera sobre alguno de ellos.
16 Aun de las ciudades vecinas venían muchos a Jerusalén, y traían a sus enfermos y a los atormentados por espíritus inmundos, y todos eran sanados.

En los Evangelios y en Hechos encontramos muchas formas extrañas en que los milagros ocurrían. De todas, la más “lejana” a lo que sería la dinámica de un milagro es esta, según entiendo. En todos los otros, tanto Jesús como los apóstoles imponían las manos o daban una palabra, o hacían alguna acción específica. En una oportunidad usaban los delantales de Pablo para hacer milagros. En otra oportunidad una mujer tocó por detrás la ropa del Señor. Pero aquí tenemos algo tan sutil como la sombra del apóstol. Ahora bien, ¿quién le da importancia a su sombra? Excepto cuando uno tiene niños pequeños, en un día de calor, cuando procurará que quede cubierto por la sombra de uno para que no lo afecte el sol, pero más que eso, ¿a quién le importa su sobra? ¿Cuánto puede valer una sombra?

Pero Dios usó algo sin valor para manifestar una riqueza de sanidad que ningún millonario de la época podía conseguir por más médicos que tuviera.

Esa es la forma de obrar de Dios:

1 Corintios 1:27-29 RVC
27 sino que Dios eligió lo necio del mundo, para avergonzar a los sabios; y lo débil del mundo, para avergonzar a lo fuerte.
28 También Dios escogió lo vil del mundo y lo menospreciado, y lo que no es, para deshacer lo que es,
29 a fin de que nadie pueda jactarse en su presencia.

La realidad es que el hombre mismo es nada delante de Dios:

1 Pedro 1:24 RVC
24 Porque: «Todo hombre es como la hierba, Y toda su gloria es como una flor. La hierba se seca, y la flor se marchita,

Salmos 39:6 RVC
6 ¡Ay, todos pasamos como una sombra! ¡Ay, de nada nos sirve tratar de enriquecernos, pues nadie sabe para quién trabaja!

¡Qué necio es el ser humano pensando que es alguien, incluso que puede llegar a ser una “gran persona”, tener reconocimiento, dinero, poder, y se olvida que es tan consistente como una brizna de hierba y sus obras tan duraderas como la flor de esa hierba!

Pero también es cierto que se nos ha dado una porción de autoridad y de “poder”, por un cierto tiempo y en un cierto ámbito; y cuando hacemos uso de ellos debemos recordar no solamente que somos tan fuertes como una plantita de pasto, sino que las otras personas también lo son. Por eso es que debemos ser cuidadosos con ellos. Pero no solamente con las personas sino también con las obras, más delicadas que ellas mismas. Es muy fácil aplastar un mover del Espíritu, es muy fácil cortar un propósito del Seños, y muchas veces sin darnos cuenta, tal como la sombra de Pedro, algo en lo que él seguramente ni pensaba cuando caminaba por las calles de Jerusalén rodeado de personas.

Hasta hace pocos meses antes de escribir este artículo participaba en un grupo de WhatsApp de gente vinculada al ámbito empresarial y comercial, de varias ciudades y provincias del país. Era un grupo interesante, activo, donde por supuesto circulaban mensajes referidos a una variedad de temas, no solamente empresas. En cierto momento, uno de los administradores del grupo, un pastor haciendo uso de las conocidas mañas pastorales, decidió cerrarlo para los miembros y permitir solo las publicaciones de los administradores prometiendo que nos mantendría informados de las actividades del ministerio, cosa que hizo un par de días y luego desapareció. Así de fácil cortó un hermoso fluir y compartir del Espíritu que se estaba dando por medio de algo que, por cierto, es muy “frágil”.

Menos de dos semanas atrás me pasó exactamente lo mismo con otro grupo, esta vez enfocado en un ministerio en el que participa uno de mis hijos. Se compartían muchos temas relacionados con los hijos y con las problemáticas que estamos viviendo por estos tiempos en el país, hasta que un par de personas se molestaron y la administradora del grupo, pastora también, nos pidió que no habláramos más de temas que no fueran propios del ministerio. A partir de allí nadie, ni siquiera ella, publicó más en el grupo, excepto yo… ¡Qué fácil resultó cortar un hermoso medio de comunión que se estaba gestando!

Pero no debería ser tan duro con ellos, porque yo mismo suelo ser una persona concentrada en determinados temas y muy ajeno a otros… por lo que sé perfectamente que no sé cuántas veces he descuidado algún sutil mover del Señor, a personas que se me acercaron esperando una palabra o situaciones en las cuales hubiera podido demostrar Su amor.

Así de frágiles como una flor del campo son nuestras obras, pero esas flores nos alegran con su belleza y son las que permiten que se formen nuevas semillas, que perpetuarán la vida. Por eso es que en la parábola del trigo y la cizaña, el dueño del campo les impide arrancar la mala hierba, no por consideración a ella sino por cuidado a la buena semilla. Y esto es así hasta que el trigo complete su ciclo.

Es muy fácil cortar algo del Espíritu Santo. Es muy fácil no darse cuenta de alguna obra “pequeña” que está haciendo. Pero, ¿saben qué?, somos responsables por ello. Y la verdad es que no sabemos la dimensión de lo que a veces cortamos sin siquiera darnos cuenta. Recordemos, de una frágil y perecedera flor, se originan las semillas que mantienen la vida a lo largo de las generaciones.

Que el Señor nos ayude a ser alertas y cuidadosos.


Danilo Sorti