domingo, 6 de octubre de 2019

728. La oración de Daniel – IX, ¡Señor no te tardes!


Daniel 9:16-19 RVC
16 Pero actúa, Señor, conforme a tu justicia y aparta tu ira y tu furor de Jerusalén; ¡apártalos de tu ciudad y de tu santo monte! ¡Por nuestros pecados y por la maldad de nuestros padres Jerusalén y nosotros somos el oprobio de nuestros vecinos!
17 Dios nuestro, ¡oye la oración de este siervo tuyo! ¡Oye sus ruegos, Señor, y por tu amor haz resplandecer tu rostro sobre tu derruido santuario!
18 ¡Inclina, Dios mío, tu oído, y escúchanos! ¡Abre tus ojos, y mira nuestra desolación y la ciudad sobre la que se invoca tu nombre! ¡A ti elevamos nuestros ruegos, no porque confiemos en nuestra justicia sino porque confiamos en tu gran misericordia!
19 ¡Señor, Señor, óyenos y perdónanos! ¡Préstanos atención, Señor, y actúa! Por amor a ti mismo, Dios mío, ¡no tardes!, que tu nombre se invoca sobre tu ciudad y tu pueblo.

Toda la oración de Daniel es un clamor y una súplica, muy distinto al espíritu que domina hoy. Precisamente una de las cosas más valiosas de esta oración es eso; un clamor que a la mentalidad del siglo XXI suena repetitivo y hasta casi innecesario. ¿No basta con pedirlo una vez y ya está? Es más, si Dios sabe todas las cosas, ¿para qué pedir?

La experiencia de los apóstoles, de los primeros cristianos, y de muchísimos creyentes más a lo largo de la historia y en este mismo momento están en sintonía. Conocer realmente la profundidad del pecado nacional no puede dejarnos otra opción que eso. Sin embargo, no todo termina allí, no en esta dispensación, no cuando el Hijo del Hombre ha ganado ya toda autoridad. Pero eso lo veremos después.

“¡Inclina, Dios mío, tu oído, y escúchanos!” El clamor es del pueblo todo, sea porque en efecto estaba siendo hecha esta oración por muchos israelitas o sea porque Daniel la realizaba genuinamente en nombre de todos, y quizás por ambas situaciones.

“Abre tus ojos, y mira nuestra desolación y la ciudad sobre la que se invoca tu nombre”, la apelación aquí es a misericordia, no a justicia: el pueblo que tenía la Palabra estaba desolado y desparramado, la ciudad, destruida. Sin embargo, Daniel sigue mirando aquí con los ojos del pasado, si bien su oración es perfectamente genuina, en esta desgracia mucho más se ganaría. Resultó muy doloroso para Israel atravesar el proceso y ser dispersado, pero gracias a ello el nombre del Señor fue conocido por todo el mundo antiguo. Era Daniel, al igual que todo Israel, quien debía “inclinar su oído” y escuchar el clamor de los pueblos que no conocían la salvación, quien debía “abrir sus ojos” y ver la necesidad de ese mundo antiguo, ver  la desolación espiritual que reinaba. Era él, junto con su pueblo, quien debía tener misericordia de los perdidos, quien debía llevar la provisión del perdón y actuar en favor de ellos. Algo de eso ocurrió; Dios contestó la oración de Daniel en nombre de Israel, pero también Israel llego a ser una “respuesta” a la oración de tantos paganos. Cuando clamamos por nuestras naciones, ¿estamos dispuestos a ser también la respuesta para los que tienen menos conocimiento aún de la salvación y la gracia de Dios? Por lo menos sabemos a Quien pedir y qué Ley hemos quebrantado, pero muchos otros ni siquiera eso conocen.

“no porque confiemos en nuestra justicia sino porque confiamos en tu gran misericordia” Recordemos: no hay justicia propia para exigir nada ni para presentarnos delante suyo. La justicia es Cristo, en Él somos justos y por supuesto se supone que hacia Él caminamos por lo que esa misma justicia tiene que reflejarse en la mayor medida posible en nosotros, pero es solo por Su misericordia. Si Israel pudo llegar a comprender esta dimensión del perdón divino, sin haber tenido la revelación más perfecta del Salvador, cuánto más nosotros.

“óyenos y perdónanos”, el perdón aquí implica quitar la dimensión del juicio, del castigo. “Préstanos atención, Señor, y actúa” porque sin una intervención divina resultaba imposible que su situación cambiara, no había nada, humanamente hablando, que lo indicara.

“Por amor a ti mismo … que tu nombre se invoca sobre tu ciudad y tu pueblo.” Finalmente, es por la gloria de Dios, es para que Su nombre se dé a conocer. Aquí Daniel pudo entenderlo y no se trata de un “chantaje” al Señor: realmente las naciones en Sus manos son menos que el polvillo que vuela por los aires en la primavera, no es por nosotros ni menos aún porque Él no pueda formar naciones mejores y más numerosas; es para que Su nombre y Su fama sea anunciada a multitudes que aún han de nacer sobre la Tierra, que no conocerán ni vivirán esta historia de sangre y sufrimiento que nosotros vivimos, pero que necesitarán tener el testimonio de la grandeza de un Dios capaz de perdonar y tener misericordia de pueblos terriblemente pecadores. Creo que esa será nuestra principal función durante el reinado milenial y luego, por la eternidad, hacia los pueblos que habrán de nacer y que llenarán no solamente esta Tierra. Hay una historia que deberán conocer y nosotros somos los testigos, de cómo el Señor tuvo misericordia y rescató a pueblos cuando era totalmente imposible.

“tu nombre se invoca sobre tu ciudad y tu pueblo”, Daniel entiende cuál era la función de Israel; no procurar “disfrutar egoístamente” de la vida, sino dar a conocer el nombre de Dios. La nación no lo había comprendido durante siglos y terminó “mirándose al ombligo”, pensando que ellos eran “un fin en sí mismo”. Tampoco lo son nuestras naciones, pero si los hijos de Dios no logramos comprenderlo y actuar en consecuencia, ¿qué pedir al resto?

“¡no te tardes!” implica una dimensión temporal: cada proceso tiene su tiempo y si recordamos, la oración comenzó mirando el cumplimiento de los tiempos que indicaban el retorno de Israel a su tierra. De nuevo: no había indicios humanos de que tal cosa ocurriera, los imperios se sucedían, cambiaban de nombre pero seguía el mismo espíritu, y los judíos estaban ya acomodados a su nueva realidad… ¿volver para reconstruir ruinas? Si el Señor se demoraba, ¿quién volvería? ¿Quedaría recuerdo incluso de su tierra? Israel fue poblada en el siglo XX y bendecida por Dios (a pesar de que la mayoría de ellos sigue en rebeldía contra el Señor), pero cuando recién llegaron solo había arena, piedras y enemigos poderosísimos por todas partes; había sido la terrible persecución que sufrieron lo que empujó a algunos valientes (relativamente pocos, vale decir) a poblar esa tierra yerma.

Si Dios se tarda, ni siquiera el recuerdo de una nación “normal” quedará en la mente de las personas, propiamente, se habrá perdido ya en el imaginario nacional la idea de “nación” que nos cobija, el nombre del país solo referirá a una tierra de sufrimiento y contradicción, el lugar del que uno querría escapar lo más rápido posible, o que tendría que soportar contra su voluntad. Cuando tal pensamiento se establece en la mente de un pueblo, la nación murió. No serán muchos los que mantengan vivo el ideal, de una patria que en realidad no conocieron, de una nación justa que hoy no existe, y que quizás no existió nunca hasta ahora, pero que puede construirse.

Por eso, una vez que hayamos derramado nuestro corazón, ¡Señor, no te tardes en respondernos, porque sino esta nación que creaste para dar a conocer Tu Nombre va a desaparecer!

Israel volvió a ser un país, la oración de Daniel fue respondida en el tiempo. Pero, ¿y mientras tanto? ¿Qué ocurrió inmediatamente después? Lo veremos en un próximo artículo.


Danilo Sorti


727. La oración de Daniel – VIII, hacia la restauración del altar


Daniel 9:16-19 RVC
16 Pero actúa, Señor, conforme a tu justicia y aparta tu ira y tu furor de Jerusalén; ¡apártalos de tu ciudad y de tu santo monte! ¡Por nuestros pecados y por la maldad de nuestros padres Jerusalén y nosotros somos el oprobio de nuestros vecinos!
17 Dios nuestro, ¡oye la oración de este siervo tuyo! ¡Oye sus ruegos, Señor, y por tu amor haz resplandecer tu rostro sobre tu derruido santuario!
18 ¡Inclina, Dios mío, tu oído, y escúchanos! ¡Abre tus ojos, y mira nuestra desolación y la ciudad sobre la que se invoca tu nombre! ¡A ti elevamos nuestros ruegos, no porque confiemos en nuestra justicia sino porque confiamos en tu gran misericordia!
19 ¡Señor, Señor, óyenos y perdónanos! ¡Préstanos atención, Señor, y actúa! Por amor a ti mismo, Dios mío, ¡no tardes!, que tu nombre se invoca sobre tu ciudad y tu pueblo.

Hasta aquí Daniel reconoció la situación en la que estaban y la plena justicia del castigo. No es algo menor, cuando se da un proceso nacional de degradación, que toma décadas o siglos, la gente pierde progresivamente el “punto de referencia” de santidad establecido originalmente por el Señor, o aunque más no sea, una cierta estructura moral. Incluso los cristianos dejan de “leer” en la Biblia todo aquello que se refiere a eso, y el pecado se transforma en algo “cultural”, casi obligatorio en dicha sociedad. Por eso el castigo resulta “sorprendente”, la gente (y muchos de los cristianos) ya no saben cuán grande es la brecha que los separa del diseño divino de justicia.

Daniel miraba hacia una justicia perfecta que sabría que vendría en el futuro, nosotros miramos al hecho consumado:

Romanos 3:21-22 RVC
21 Pero ahora, aparte de la ley, se ha manifestado la justicia de Dios, y de ello dan testimonio la ley y los profetas.
22 La justicia de Dios, por medio de la fe en Jesucristo, es para todos los que creen en él. Pues no hay diferencia alguna,

Las palabras de Cristo en la cruz cuando dijo: “τετελεσται”, del verbo τελέω, teléo, significaba: pagar, satisfacer, terminar, acabar, consumar, cumplimiento, cumplir. Todo había quedado pagado, lo pasado y lo futuro, nada escapaba a esa cuenta y el saldo negativo había quedado anulado. Daniel pudo verlo hacia el futuro y sobre eso pidió misericordia, cuánto más nosotros!

El camino del arrepentimiento de Daniel no es diferente al camino que Jesucristo estableciera:

Marcos 1:14-15 RVC
14 Después de que Juan fue encarcelado, Jesús fue a Galilea para proclamar el evangelio del reino de Dios.
15 Decía: «El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado. ¡Arrepiéntanse, y crean en el evangelio!»

Y que los apóstoles predicaran:

Hechos 2:38 RVC
38 Y Pedro les dijo: «Arrepiéntanse, y bautícense todos ustedes en el nombre de Jesucristo, para que sus pecados les sean perdonados. Entonces recibirán el don del Espíritu Santo.

La nación debe arrepentirse y eso ocurriría más adelante en la historia, pero empezó con un hombre que se puso en lugar de su pueblo. La nación son todos aquellos que la componen, no hay ninguna entidad espiritual que pueda tomar su lugar (por más que sí hay ángeles regentes y caídos usurpadores sobre ellas), pero cuando el tiempo llega, es necesario que empiece por alguien.

“Pero actúa, Señor” implica fe y esperanza en que el estado actual puede cambiar, que Dios tiene poder para hacerlo y quiere hacerlo. Sin eso sólo nos quedamos en una amarga queja, estéril. Esa es la clase de fe que mueve montañas, no necesariamente la “fe superpoderosa” para alcanzar grandes logros personales sino algo muchísimo más grande: la fe para cambiar naciones.

“conforme a tu justicia” es el punto de referencia clave: no se trata de que de repente nos hayamos vuelto todos buenos y justos, o que incluso hayamos tomado consciencia plena de nuestros pecados nacionales; solo es la justicia de Dios y nada más que eso, Su misericordia y el cumplimiento de Sus planes para que Su nombre sea dado a conocer entre las naciones y la gente lo conozca y lo ame. No es por nuestras obras, nunca podría serlo.

“aparta tu ira y tu furor de Jerusalén; ¡apártalos de tu ciudad y de tu santo monte!” es el reconocimiento de que lo malo que nos está pasando como nación no tiene otra causa que el justo juicio divino, que estamos bajo la ira de Dios y que nadie más que Él puede librarnos. Esto implica alzar los ojos más allá del nivel terrenal: no se trata del imperio opresor, ni de los poderes extranjeros o los corruptos locales, todos ellos son instrumentos que el Señor utiliza para juzgar a Su pueblo. Reconocer esto requiere mucha humildad.

Notemos que se trata de la ira y el furor de Dios, no es un simple enojo y no está utilizando un recurso poético; es una descripción vívida de la profundidad del sentimiento del Señor. Esta ira y furor habían llegado y se habían establecido, hasta completar el proceso, hasta consumarse. Eso era lo que seguía otorgando legalidad al enemigo y a la destrucción, tanto en la “ciudad”, el ámbito secular, como en el “santo monte”, el ámbito espiritual, religioso.

Daniel reconoce algo importante; se trata de “tu” ciudad y “tu” santo monte, no el de ellos. Dios, como legítimo dueño, tenía también el derecho a despoblarlos y destruirlos. Él sigue siendo el legítimo dueño de nuestras naciones, con legítimo derecho a hacer de ellas lo que quiera.

“¡Por nuestros pecados y por la maldad de nuestros padres Jerusalén y nosotros somos el oprobio de nuestros vecinos!” es una forma de reconocer y pedir no seguir siendo la vergüenza de toda la región, vergüenza que nuestras naciones conocen muy bien, burlas que recibimos desde hace muchas décadas de todo el mundo. Rechazo y puertas cerradas de las naciones, por las que, obviamente, no fluye la bendición y prosperidad que debería venir el intercambio y el comercio justo entre ellas.

“Dios nuestro”, y es que Dios había dejado de serlo de ellos. “¡oye la oración de este siervo tuyo!”, porque la verdad es que no está obligado a hacerlo; hemos desarrollado una especie de teología que “obliga a Dios”, lo “encierra” en Sus propias leyes (según nosotros) de tal forma que haciendo esto o aquello, diciendo esto o aquello, es imposible que no escuche o no responda. Bueno, lamento decirles que no es así: es una Persona, ¡no se trata de una máquina ni de un “esclavo” de Sus palabras! Que el Señor perdone la blasfemia de mis palabras, pero creo que más de una vez terminamos pensando eso, ¡es terrible! No hermanos, Dios no está obligado ni a escucharnos ni a respondernos. Es cierto que a través de Cristo nos ha abierto un camino mucho más amplio y accesible de lo que Daniel podía ver en ese entonces, pero eso no significa que podamos ni obligarlo ni pretender alguna forma de “chantaje” (que no es más que hechicería o brujería). También nosotros debemos clamar reconociendo que es soberano para responder o no.

Daniel se identifica como “siervo” pero nosotros tenemos la naturaleza de hijos. Un poco más difícil es la oración identificatoria porque la nación no está compuesta completamente por hijos; nosotros lo somos, el resto del pueblo no… Creo que la imagen más cercana aquí es la del hijo pródigo volviendo a la casa de su padre: salió como hijo, volvió como siervo, el Padre lo restauró a la posición de hijo. No debemos olvidarnos esto: no nos presentamos delante de Dios a pedir por nuestra tierra como “hijos obedientes que de repente se vieron sorprendidos por una desgracia inesperada” sino como siervos rebeldes que hicieron todo lo posible para ofender a su Señor y que recién ahora se dan cuenta de su necedad.

“Oye sus ruegos, Señor”. Hermanos, Dios no siempre “oye”, en el sentido no simplemente de “oír” sino de prestar atención y responder.

Hebreos 5:7 RVC
7 Cuando Cristo vivía en este mundo, con gran clamor y lágrimas ofreció ruegos y súplicas al que lo podía librar de la muerte, y fue escuchado por su temor reverente.

El Señor mismo no estuvo exento de este proceso. Es lo mismo a lo que se nos exhorta aquí:

Mateo 7:7-8 RVC
7 »Pidan, y se les dará, busquen, y encontrarán, llamen, y se les abrirá.
8 Porque todo aquel que pide, recibe, y el que busca, encuentra, y al que llama, se le abre.

Se ha puesto de moda un estilo de oración en donde declaramos y ordenamos que cosas sean hechas, y quiero aclarar que estoy completamente de acuerdo con esa práctica pero solo en el momento en que debe realizarse. Tenemos la autoridad para ello y el sujeto de nuestra orden, como representantes legítimos del Señor, es el poder espiritual en cuestión. Pero esto ocurre en un momento y en un contexto muy particular, guiado cuidadosamente por el Espíritu. De ninguna manera puede ser toda nuestra vida de oración, ni mucho menos la realidad cuando presentamos a nuestras naciones pecadoras.

“por tu amor” y no por otra cosa, no por méritos, no por justicia, solo por Su amor que llega a swer más grande que Su ira y furor.

“haz resplandecer tu rostro sobre tu derruido santuario” pide por la restauración del centro de la nación: el lugar de adoración. Ese es el corazón espiritual de la nación, que estaba destruido. La imagen es muy similar a la historia de Elías:

1 Reyes 18:29 RVC
29 Pero pasó el mediodía y los profetas seguían gritando, como en trance, hasta la hora en que se tenía que ofrecer el sacrificio, y no se escuchaba una sola voz; ¡el silencio era total!

Todo el esfuerzo que realizara la nación agotándose tras sus falsos dioses del secularismo, del intelectualismo o la política, resultaron vanos y lo único que consiguió fue ser destruida completamente.

1 Reyes 18:30 RVC
30 Entonces Elías llamó a todo el pueblo, y les pidió que se acercaran a él. En cuanto el pueblo se acercó, él se puso a arreglar el altar del Señor, que estaba en ruinas;

Pero el proceso de restauración, la manifestación de la gloria de Dios, comenzaría con la reconstrucción del altar, del lugar de adoración. Daniel lo ve como un lugar físico, pero en realidad el altar nacional ya había comenzado a ser restaurado en el mismo corazón del profeta. Hoy sabemos que es un lugar espiritual, en el corazón de cada habitante de la nación.


Danilo Sorti


726. La oración de Daniel – VII, el amor de Dios exige Su justicia


Daniel 9:11-15 RVC
11 Todo Israel ha transgredido tu ley; se apartó de ti para no obedecerte. ¡Por eso nos han sobrevenido la maldición y el juramento escritos en la ley de Moisés, tu siervo, porque contra ti hemos pecado!
12 Y tú has cumplido tus advertencias contra nosotros, y contra los jefes que nos gobernaron y trajeron tan grande mal sobre nosotros. ¡Nunca antes se hizo bajo el cielo lo que se ha hecho contra Jerusalén!
13 Todo este mal nos ha sobrevenido, tal y como está escrito en la ley de Moisés. No hemos implorado tu favor, Señor y Dios nuestro; no nos apartamos de la maldad ni entendimos tu verdad.
14 Por eso tú, Señor, observaste nuestra maldad y la hiciste volverse contra nosotros, porque tú, Señor y Dios nuestro, eres justo en todo lo que haces, y nosotros no obedecimos tu voz.
15 Ahora pues, Señor y Dios nuestro, que con gran poder sacaste de Egipto a tu pueblo y te ganaste el renombre que hoy tienes: ¡hemos pecado, hemos actuado con impiedad!

El mundo de hoy tiene un gran “problema” con la justicia divina, no puede tolerar a un Dios que lo discipline. No hace falta pensar mucho para darse cuenta de que se trata del pensamiento adolescente llevado a la “edad adulta” (digamos…). Algunos intentan racionalizar el asunto tratando de demostrar lógicamente que un Dios de amor no puede, o no podría si existiera, castigar tan duramente. En el fondo todos entienden que el amor, para ser verdaderamente amor, debe ser justo, y por lo tanto, hay un momento en que el castigo se vuelve inevitable.

Toda la oración de Daniel está en el marco de la penitencia por la nación; es una oración “nacional”, lo cual implica que las personas también estaban afectadas. Daniel está reconociendo que los sucesos que afectaron a su pueblo fueron perfectamente justos, por lo que ellos debían arrepentirse.

¡Qué difícil es hoy para las personas, cristianos incluidos, reconocer que las cosas que nos pasan como país tienen una causa primera y fundamental en nuestros pecados! ¡Qué fácil es echarle la culpa a los políticos, a los poderes extranjeros, a la izquierda, al neomarxismo cultural, al NOM! ¡Qué fácil es hacer guerra espiritual contra principados! Pero qué difícil es empezar por reconocer la justicia del castigo recibido.

“Todo Israel ha transgredido tu ley; se apartó de ti para no obedecerte.” Esa es la causa, y la consecuencia fue: “Por eso nos han sobrevenido la maldición y el juramento escritos en la ley de Moisés”. La Ley que Dios ha establecido para las naciones ya sabemos cuál es; cuando vemos las consecuencias que describe esa Ley es porque ha sido transgredida.

“Todo Israel ha transgredido tu ley; se apartó de ti para no obedecerte.” Resume lo que ha estado diciendo antes: nadie está exento de pecado y cada uno tiene su propia parte, grande o pequeña, en el mal total.

“Por eso nos han sobrevenido la maldición y el juramento escritos en la ley de Moisés”. Todas las naciones tienen ya una ley escrita en la Biblia, no importa que la crean o no, que la reconozcan públicamente o no o siquiera que la conozcan. Las desgracias que les ocurren a nuestras naciones no son diferentes a las que allí fueron anunciadas, actualizadas a los tiempos modernos pero las mismas en esencia. La maldición aquí es una imprecación pública y el juramento se refiere al compromiso asumido por Israel en obedecer al Señor. Dios lo dijo y ellos se comprometieron, pero rompieron el pacto, ¿les suena conocido eso? Falta de compromiso con la palabra, está a la orden del día en nuestros países; la sociedad se lo exige a los políticos, pero dentro de ella misma no cumplen su palabra unos con otros. También el juicio viene por eso, cuando ya no queda ley moral ni respeto a Dios por lo que es, al menos debe quedar un pacto, pero es claro que rápidamente se pierde también.

“Y tú has cumplido tus advertencias contra nosotros”. El ser humano, nosotros incluidos, fácilmente se ha burlado de Dios, el escritor de Eclesiastés ya habló sobre el tema:

Eclesiastés 8:11 DHH
11 porque al no ejecutarse en seguida la sentencia para castigar la maldad, se provoca que el hombre solo piense en hacer lo malo.

Esta “dispensación” de gracia es así, propiamente los hombres son llamados al Reino por amor, y aunque nunca dejó de haber juicio sobre las personas, la paciencia divina ha sido lo más “larga” posible durante esta era. Pero siempre ha habido un límite; mientras hay un tiempo de gracia las personas muy rápidamente se olvidan de los juicios históricos (incluso los de la historia reciente) y terminan viviendo descontroladamente. Eso también es, en sí mismo, una prueba de parte de Dios para la gente de toda esta época, si estarán dispuestos a seguirle por lo que Él es y no por temor.

Pero finalmente el juicio llega porque el Señor no va a permitir que el hombre destruya Su Tierra ni va a permitir que las naciones con las que Él tiene propósitos se vuelvan irredimibles. Recibir el juicio de Dios, cuando se ha tenido la advertencia de que tal cosa podría ocurrir, es también señal de misericordia divina.

“¡Nunca antes se hizo bajo el cielo lo que se ha hecho contra Jerusalén!” No, las palabras de Dios no son broma. No es el reto de un padre enojado que rápidamente se olvida del asunto. Es algo muy serio, pero no tiene que ver con la “furia de Su enojo”; tiene que ver con el proceso necesario para corregir a un pueblo en extremo desviado.

Notemos bien esto: cuando Dios tiene propósitos con una nación puede someterla a un juicio terrible, peor del que ocurriría en un país “normal”. Pero luego resulta que, “milagrosamente”, el pueblo resurge, es prosperado y nadie se explica cómo pudo pasar eso.

Por eso, tengamos cuidado con desechar y condenar a las naciones que están bajo juicio, incluso a la nuestra; ni tampoco pensemos que lo terrible de la situación actual será el estado definitivo. Por supuesto que se requiere de un proceso de arrepentimiento, pero si Dios está permitiendo un gran juicio es porque sabe que puede haber luego una gran conversión.

“Todo este mal nos ha sobrevenido, tal y como está escrito en la ley de Moisés.” Esta es una de las ideas principales de la sección; ya todo había sido anunciado. Probablemente Daniel pensara en Deuteronomio 28 y otros pasajes paralelos, en los que detalladamente el Señor anunciaba lo que vendría por la desobediencia. Nada que no haya sido escrito ya, pero todo “olvidado” por la sociedad. Dios es un Dios de la historia, y uno de los principales logros del Adversario consiste en borrar e incluso cambiar la historia. Buena parte de las profecías para las naciones ya fueron dichas.

“No hemos implorado tu favor”, es decir que, en medio del juicio, tampoco reconocieron su pecado ni se volvieron a Dios, no buscaron al único que podía ayudarlos, y por eso el castigo se agravó. No buscar a Dios en medio del castigo es grave. Tengamos en cuenta que aún cuando una sociedad que fuera otrora creyente se desvíe y llegue a renegar expresamente de su Creador, siempre persiste la memoria histórica; este proceso lo estamos viendo hoy en occidente. Con sus burlas y críticas siguen manteniendo viva la consciencia de Dios; cuando las cosas se pongan realmente difíciles y todos sus esquemas anti Dios fallen, ¿quién más queda sino Él? “Ateo hasta que el avión empieza a caer”, decía Facundo Cabral…

Pero cuando esto no ocurre, ya no hay más nada que hacer con esa gente, ha sido condenada, es irredimible, y buena parte de Israel cayó en esa situación. Notemos bien: esos no volvieron del exilio, ni probablemente sobrevivieron a la conquista, a lo mejor terminaron perdidos entre las naciones, habiendo perdido su identidad y su cultura.

Por eso luego dice: “no nos apartamos de la maldad ni entendimos tu verdad.” Realmente, no lograron “entender”, que aquí tiene un significado más profundo que simplemente “escuchar”, se trata de “compenetrarse” con una verdad. Para algunos de nosotros resulta difícil entender como “no entendieron”, y en este momento de mi vida casi que me he resignado a “no entender” cómo es posible que “no entiendan”, simplemente lo acepto, aunque en el fondo creo que no llegan a entender nunca porque, sencillamente, no quieren. Pablo diría algo parecido siglos después:

2 Timoteo 3:7 RVC
7 que siempre están aprendiendo y nunca pueden llegar al conocimiento de la verdad.

“Por eso tú, Señor, observaste nuestra maldad y la hiciste volverse contra nosotros”, indica otra dimensión del juicio, aquella que precisamente puede hacernos dudar de que se trate de un juicio divino: hacer “volver” la maldad de las personas sobre sí mismas, permitirles recibir las plenas consecuencias de sus actos. Pero eso también es un juicio divino, lo que sucede es que cuando por misericordia Dios no permite que ocurra, o al menos que se demore en el tiempo, las personas no son conscientes de tal dilación.

“eres justo en todo lo que haces” es la conclusión de Daniel, reconocer que el castigo recibido no tuvo absolutamente nada de injusticia de parte de Dios. ¿Somos capaces de reconocer eso sobre nuestras naciones, es decir, que el “ser nacional”, del cual formamos parte inevitable, ha merecido y merece el juicio que está recibiendo?

El versículo 15 concluye esta sección de confesión y abre las puertas a lo que viene cuando dice: “que con gran poder sacaste de Egipto a tu pueblo y te ganaste el renombre que hoy tienes”. Daniel apela a la historia, esa misma historia que condenaba irremediablemente a Israel y que gritaba a los cuatro vientos la justicia de su castigo, es la que sienta las bases de la esperanza.

Recordemos: la oración nace con una nota de esperanza, Daniel revisó las profecías de Jeremías y llegó a la conclusión de que el tiempo del juicio ya se había cumplido, de lo cual podemos deducir que probablemente tuviera más de ochenta años, quizás cercano a los noventa. Daniel había transcurrido todo ese tiempo, aunque fuera en la corte del rey y en una posición privilegiada pero no exenta de peligros, en el exilio, en tierra extranjera, rodeado de idolatría. Había llegado a conocer en profundidad la historia perversa de su nación, vio con sus propios ojos el poder del Eterno, durante décadas había orado al Señor pidiendo la restauración de Israel. Este clamor registrado en el capítulo 9 no lo “toma por sorpresa”, probablemente era parte de su pan diario.

Pero ahora algo había cambiado porque había llegado el momento decisivo, y la misericordia y los hechos portentosos de Dios en el pasado constituían la más firme seguridad de salvación. Precisamente, por haber librado a Su pueblo de Egipto. Daniel entendió que ahora vendría un segundo exilio, de vuelta a la Tierra Prometida.


Danilo Sorti


domingo, 22 de septiembre de 2019

725. La oración de Daniel – VI, Dios está dispuesto a perdonar


Daniel 9:9-10 RVC
9 Pero tú, Señor y Dios nuestro, eres un Dios misericordioso, que sabe perdonar, a pesar de que nos hemos rebelado contra ti
10 y no hemos obedecido tu voz; ¡no hemos obedecido las leyes que tú, Señor y Dios nuestro, nos propusiste por medio de tus siervos los profetas.

¿Qué es lo que Dios está dispuesto a perdonar? Tengamos en cuenta que estas palabras vienen luego de 70 años de juicio sobre la tierra de Israel; “perdonar” aquí no significaba evitar el castigo, porque ya había sido desatado sobre ellos, sino retirarlo, disminuirlo. Es la misma idea que encontramos hacia el fin de los tiempos:

Mateo 24:22 RVC
22 Si aquellos días no fueran acortados, nadie sería salvo, pero serán acortados por causa de los escogidos.

Si Israel no comenzaba a volver, desaparecía como nación. Si en los postreros tiempos, que son estos, la magnitud del juicio no es “acortada”, no quedaría más ser humano sobre la Tierra. Entonces, cuando oramos por el perdón en medio de los juicios que ya están anunciados y vienen siendo profetizados, no lo hacemos para evitarlos porque eso es imposible, sino para que la misericordia divina se manifieste en medio de ellos y sean “acortados”, disminuidos en su magnitud.

Aquí es donde muchos cristianos “tropiezan” porque siguen entendiendo el mundo en términos de “todo o nada” y no pueden ver tanto la necesidad e inevitabilidad del juicio como la posibilidad de misericordia en medio de ellos. También aquí muchos se desaniman; la visión de las desgracias por venir les resulta tan catastrófica que pierden las fuerzas para confiar en la protección y la misericordia divina en medio de ellas.

Propiamente Daniel está pidiendo en esta oración por el fin del juicio, que consistía en la pérdida de su territorio, el exilio. Israel tenía una consciencia de nación muy fuerte, que nosotros hemos perdido. Si fuera por la relativa comodidad económica y seguridad, la situación en la que vivían podía ser incluso mejor de lo que sería repoblar Israel. De hecho, no fueron tantos los que volvieron a su patria, y la cantidad de judíos dispersos que había durante el tiempo de Jesús (y hasta el día de hoy) así lo atestigua. Sinceramente, para muchos de nosotros esta oración penitencial no tendría demasiado sentido, porque no tenemos el entendimiento de la importancia de la nacionalidad según Dios. De Israel debía venir el Salvador, pero cada nación que el Señor ha pensado y creado tiene dones maravillosos que compartir con el resto del mundo.

Otro elemento de análisis que debemos notar es que la oración de Daniel tiene alrededor de 260 palabras en hebreo, en la Versión Reina Valera Contemporánea son 491 palabras, es decir, algo que puede pronunciarse en cinco minutos, más o menos. Es evidente del contexto que esta no pudo ser la oración original sino que Daniel está resumiendo algo mucho más largo, sentido y probablemente “desordenado”. Por ello, cada palabra que vemos en las frecuentes enumeraciones que aparecen en realidad está resumiendo mucho más que fue dicho.

Así que, volviendo al texto, cuando el profeta comienza esta sección reconociendo la capacidad de Dios para tener misericordia y perdonar, lo está haciendo sobre una serie de hechos concretos, retomando lo que vimos en los versículos 5 y 6. Esto es:

·         “nos hemos rebelado contra ti”, es decir, una acción consciente de ir en contra de las leyes y propósitos divinos.
·         “no hemos obedecido tu voz”, implica haber escuchado y luego desechado.
·         “no hemos obedecido las leyes que tú, Señor y Dios nuestro”, la palabra “nuestro” aquí resulta importante porque no se trata de un dios ajeno o “nuevo”, sino del Dios de sus antepasados, el que los formó como nación, el que intervino en la historia, el que tuvo cuidado de ellos.
·         “nos propusiste por medio de tus siervos los profetas.”, aquí tenemos a las leyes “actualizadas”, ya no como fueron dichas siglos antes, sino traídas al aquí y ahora de Israel, de tal forma que pudiera entenderlas muy fácilmente, además de que se referían a su realidad concreta del tiempo en que fueron dichas.

No es difícil imaginar cómo Daniel recordaba hechos específicos de la historia nacional, del pueblo, de sus reyes, de sus sacerdotes. Hay que tener en cuenta que no solamente venía de una familia noble, sino que había estado ya durante décadas en el gobierno del imperio, por lo que tuvo acceso no solo a la historia reciente del mismo sino también a la historia de todos los pueblos conquistados, y desde diversos puntos de vista. Esta oración que se resume en algunos párrafos contuvo en su formulación original mucha historia, mucho de qué arrepentirse, pero también, sobre eso mismo, mucho sobre lo cual aplicar la misericordia divina.

Daniel solo podía verlo hacia el futuro, pero nosotros tenemos hoy la realidad de Cristo, quien llevó sobre sí todos los pecados, no solo los “individuales”, de cada persona, sino de todas las naciones. No es un futuro medio nebuloso como era para Israel, es una realidad viva. Por eso, con confianza, podemos aplicar la misericordia demostrada en Cristo para que el juicio sobre nuestras naciones sea disminuido.


Danilo Sorti


724. La oración de Daniel – V, reconociendo la vergüenza en que se vive


Daniel 9:7-8 RVC
7 Tuya, Señor, es la justicia, y nuestra es la vergüenza, vergüenza que hoy llevan todos en Judá, todos los habitantes de Jerusalén, todo israelita, cercano y lejano, todos los que, por rebelarse contra ti, viven ahora en los países adonde los echaste.
8 Señor, nuestra es la vergüenza, y de nuestros padres, príncipes y reyes, porque todos hemos pecado contra ti.

Sobre la vergüenza hemos hablado en otra oportunidad; hay unos conceptos importantes que se pueden repasar en dicho artículo (https://cristianoseiglesias.blogspot.com/2017/09/263-los-sentimientos-basicos-de-la.html). Podemos rastrear la vergüenza desde el mismo Huerto, cuando el hombre se esconde de Dios. El que nos cubre con su luz de gloria es el Espíritu; cuando somos expuestos, descubiertos, es cuando el Espíritu se retira y somos conscientes de nuestras obras desvergonzadas.

Es muy importante comparar esta oración de Daniel con el texto de Jeremías, precisamente porque estaba leyendo ese libro al momento de ser conmovido con la palabra profética de los 70 años.

Jeremías 6:11-15 RVC
11 Por tanto, la ira del Señor se me escapa; ya estoy cansado de contenerme. Voy a derramarla sobre los niños en la calle, lo mismo que sobre las reuniones de jóvenes, porque serán hechos cautivos el marido y la mujer, el viejo y el anciano.
12 Voy a extender mi mano contra los habitantes de la tierra; y sus casas, sus propiedades, y hasta sus mujeres, pasarán a otras manos. —Palabra del Señor.
13 »Y es que todos ellos son mentirosos y avaros. Todos, desde el más chico hasta el más grande, desde el profeta hasta el sacerdote.
14 Se les hace fácil sanar la herida de mi pueblo con sólo decir “¡Paz, paz!” ¡Pero no hay paz!
15 ¿Acaso se han avergonzado de sus actos repugnantes? ¡Claro que no! ¡Ni siquiera saben lo que es tener vergüenza! Por eso, cuando yo los castigue, caerán muertos entre los muertos.» —Palabra del Señor.

El pueblo ya había perdido toda capacidad de avergonzarse, tal como vemos hoy en buena parte de nuestros países; ya ni hay vergüenza, sino que a los cuatro vientos publican su “orgullo” de lo que deberían sentir profundo pesar. Todo tipo de inmoralidad es publicitada como algo bueno, mientras que la vida santa es ridiculizada. Los mentirosos, ladrones, corruptos, estafadores no solamente niegan impunemente sus actos sino que también se vuelven a postular descaradamente, ¡y la gente los vota! Los más pobres maldicen a los ricos y a los políticos, pero ellos también aprovechan cada pequeña oportunidad para sacar provecho.

Para peor, incluso entre el pueblo que se llama cristiano vemos la misma falta de vergüenza:

Jeremías 3:2-5 RVC
2 »Levanta los ojos, y mira a las alturas. ¿En dónde no te has prostituido? Te sentabas a esperarlos junto a los caminos, como un beduino en el desierto, y con tus prostituciones y con tu maldad contaminaste la tierra.
3 Por eso se han retrasado las lluvias, y no han llegado las lluvias tardías. Tienes la facha de una ramera; ¡no sabes lo que es tener vergüenza!
4 ¡Y todavía me llamas “Padre mío, amor de mi juventud”!
5 ¡Todavía me dices “¿Vas a estar enojado todo el tiempo? ¿Siempre vas a guardarme rencor?” Y mientras estás hablando, ¡cometes cuantas maldades puedes!»

Por supuesto que Dios siempre tiene un resto fiel, que lo ama de corazón y que no participa de esas obras, y ese remanente no es pequeño en Sudamérica, pero tampoco son la mayoría, por cierto.

Ya casi no hay capacidad de vergüenza, la sociedad ha cauterizado su consciencia… pero no al límite. Una vez que el juicio vino, Jeremías pudo decir:

Lamentaciones 3:45 RVC
45 Entre los paganos hiciste de nosotros motivo de vergüenza y de rechazo.

Los problemas que pasamos como nación, las humillaciones que sufrimos, no son producidas por los políticos corruptos ni por las presiones internaciones, por más reales que estas sean. En vez de procurar el “escape hacia adelante”, debemos primero arrepentirnos y reconocer la vergüenza a la que Dios mismos nos ha expuesto para ver si nos arrepentimos.

Daniel reconoció la situación de profunda humillación nacional, pero ni nuestros pueblos ni la iglesia de nuestras naciones lo hace. Oramos por restauración, oramos para que el Señor levante políticos decentes, oramos en contra de las iniquidades que destruyen nuestras sociedades, y todo eso está muy bien, pero no reconocemos nuestra vergüenza.

La idea central aquí es reconocer que el Señor ha sido justo con el castigo, que el pueblo todo es culpable, fue avergonzado en su orgullo, y que eso ocurrió exclusivamente por su pecado. Notemos que Daniel hace una enumeración:

·         “Nuestra”, de todo el pueblo
·         “todos en Judá”
·         “todos los habitantes de Jerusalén”
·         “todo israelita”
·         “cercano y lejano”
·         “todos los que … viven en los países…”
·         “Nuestra”
·         “de nuestros padres”
·         “… príncipes”
·         “… y reyes”
·         “todos”

De nuevo nos encontramos con una enumeración tal como en los versículos anteriores. Aquí aparecen once palabras o expresiones que refuerzan la idea y dan la noción de algo abarcador.

Nadie de Judá está libre: sea de donde sea, trabaje en lo que sea, venga del linaje que sea. Nadie en Jerusalén escapa a la vergüenza: la capital, orgullo de la nación, está desolada, destruida. Ningún israelita, viva donde vida, en cualquier país. Ni los mayores, ni los gobernantes y principales, ni los importantes ni los ignorados. Nadie. Pero hay que reconocerla, no revolcarse en ella, no excusarse echándole la culpa a otro.

Isaías 27 es el capítulo que “corresponde” al libro de Daniel, por su orden en nuestro Antiguo Testamento, y sugestivamente comienza diciendo:

Isaías 27:1 RVC
1 Cuando llegue ese día, el Señor castigará con su grande y poderosa espada al leviatán esa serpiente escurridiza y tortuosa; ¡matará a ese dragón que está en el mar!

Pero en la Tanaj ocupa el lugar número 35, y la idea que cierra el capítulo es:

Isaías 35:10 RVC
10 Y los redimidos del Señor volverán. Vendrán a Sión entre gritos de infinita alegría. Cada uno de ellos tendrá gozo y alegría, y desparecerán el llanto y la tristeza.

La restauración después del castigo por el orgullo, pero sobre esto hablaremos más adelante.

La justicia de Dios, entonces, juzga el pecado exponiendo en primer lugar al pueblo a la vergüenza, y precisamente sentirla es el primer paso para la restauración. Ser avergonzado no implica necesariamente reconocer la profundidad del pecado, implica darse cuenta de que algo está mal, que uno se encuentra desprotegido y “en falta”, al menos en cierto sentido. Es el primer paso para entender la profundidad de la maldad en la que se ha vivido y comenzar la conversión. Nosotros mismos debemos sentirnos avergonzados como Daniel, por nuestro pecado, nuestra indiferencia y por el pecado de nuestras naciones. Esta es la obra del Espíritu Santo y cuando respondemos adecuadamente, el Espíritu puede volver y comenzar a actuar en una nación rebelde.


Danilo Sorti