viernes, 8 de febrero de 2019

673. ¡No entendieron un rábano! ¿Por qué?


Marcos 8:13-21 RVC
13 Los dejó entonces, y volvió a entrar en la barca para irse a la otra orilla.
14 Los discípulos se habían olvidado de llevar comida, así que en la barca sólo tenían un pan.
15 Jesús les mandó: «Abran los ojos y cuídense de la levadura de los fariseos, y también de la levadura de Herodes.»
16 Ellos se decían entre sí: «Lo dice porque no trajimos pan.»
17 Pero Jesús se dio cuenta y les dijo: «¿Por qué discuten de que no tienen pan? ¿Todavía no entienden ni se dan cuenta? ¿Todavía tienen cerrada la mente?
18 ¿Tienen ojos, pero no ven? ¿Tienen oídos, pero no oyen? ¿Acaso ya no se acuerdan?
19 Cuando repartí los cinco panes entre los cinco mil, ¿cuántas cestas llenas del pan que sobró recogieron?» Y ellos dijeron: «Doce.»
20 «Y cuando repartí los siete panes entre los cuatro mil, ¿cuántas canastas llenas del pan que sobró recogieron?» Ellos respondieron: «Siete.»
21 Entonces les dijo: «¿Y cómo es que todavía no entienden?»

¿Para qué sirven los milagros? Israel salió de Egipto y vio milagro tras milagro, pero aún así pocos creyeron cuando tuvieron que dar el “próximo paso de fe” que consistió en entrar en la tierra prometida. Los discípulos habían visto la multiplicación de la comida, pero cuando se encontraron en otra situación parecida pero no igual, dudaron; es más, ni siquiera se acordaron de lo que había pasado hacía muy poco tiempo, tanto es así que Jesús se enoja con ellos. No lo vemos a Jesús enojado muchas veces, y cuando lo hace tiene muy buenos motivos, por lo que en este caso los discípulos, después de haber visto la multiplicación de los panes y los muchos otros milagros que había hecho, ya NO PODÍAN dudar. Pero lo hicieron, y con ello, nos dejaron una muestra de nuestro propio corazón.

¿Pero qué había pasado inmediatamente antes de este episodio?

Marcos 8:11-13 RVC
11 Los fariseos llegaron y comenzaron a discutir con él, y para ponerlo a prueba le pidieron que hiciera una señal del cielo.
12 Lanzando un profundo suspiro, Jesús dijo: «¿Por qué pide esta gente una señal? De cierto les digo que ninguna señal se le concederá.»
13 Los dejó entonces, y volvió a entrar en la barca para irse a la otra orilla.

He aquí la “sutileza” del engaño: los fariseos vivieron y tuvieron una discusión como tantas. Marcos no considera que vale la pena recordarla, pero la menciona como antecedente del episodio en la barca, que sí era necesario recordar y remarcar. Claramente los fariseos eran incrédulos respecto de Jesús y Su obra, y la discusión estuvo impregnada fuertemente de ese espíritu; no lo afectó a Jesús, obviamente, pero sí a Sus discípulos. Entonces, cuando estuvieron frente a una situación que requería un (por cierto, pequeño) nuevo ejercicio de fe, fallaron. ¿Fue por influencia de ese espíritu de incredulidad, por su propia incredulidad o por ambas razones? Sea lo que sea, es muy sugestivo que el Espíritu a través de Marcos nos recuerde ese episodio, y no podríamos negar que por lo menos algo tuvo que ver.

Por supuesto, esto no exime de responsabilidad a los discípulos en lo más mínimo, porque Jesús fue muy duro con ellos. Si se hubiera tratado de algo que hubiera estado muy por encima de sus fuerzas, Jesús habría tenido más compasión en Sus palabras (como lo hizo en otras oportunidades). Así que cuando decimos un “espíritu de incredulidad”, más bien deberíamos referirnos a su propia incredulidad que se metió en el debate y en cierto sentido también dudó de Su Maestro, cuando ya habían pasado alrededor de 3 años juntos.

¿Qué pasó? Jesús comienza a hablarles en términos espirituales, aunque no demasiado profundos. Utiliza un lenguaje simbólico bastante básico, pero ellos estaban preocupados por su necesidad material, mejor dicho, estaban atemorizados por un evento futuro, pasar hambre, que ellos veían inminente. Habían fallado en su labor de preparar lo necesario para el viaje, esa era su responsabilidad, pero “se habían olvidado”, probablemente porque estuvieron demasiado “metidos” en la discusión con los fariseos.

Bueno, la exhortación de Jesús nos sugiere que en efecto estuvieron demasiado metidos en dicha confrontación: “Abran los ojos y cuídense de la levadura de los fariseos, y también de la levadura de Herodes.” Evidentemente se trataba de algo sutil (en otro pasaje paralelo podemos ver que Jesús habla de la hipocresía) y la demostración fue que había “capturado” sus mentes al punto de hacerles olvidar los milagros de multiplicación.

¿En qué se basa la fe? Una y otra vez, a lo largo de toda la Biblia, no encontramos tal cosa como una “fe ciega” sino todo lo contrario. Por supuesto que “fe” implica creer en algo que no se ha visto antes y donde nunca se estuvo, pero siempre Dios ofrece evidencias de que Él es quien dice ser y de que tiene el poder que dice tener. Cuando nos pide creer, lo hace a partir de esas evidencias. Claro que “creer” es siempre “creer”, es decir, confiar en Dios para una situación nueva, nunca antes vivida… aunque lo cierto es que todas las situaciones que vivimos son nuevas, no importa cuántas veces en nuestra vida y en la historia se haya repetido “exactamente lo mismo”, nunca será “exactamente lo mismo”.

No tenemos aquí una palabra profética dicha por Jesús en algún momento se Su ministerio que fuera más o menos así: “cuando les falte comida, no se preocupen, porque yo la voy a multiplicar”. No hubo ninguna palabra específica para esa situación en particular. Sin embargo, hubo dos hechos muy parecidos, los milagros que Jesús menciona, y se esperaba que EN BASE A ELLOS los discípulos pudieran aplicar el mismo principio en esa situación nueva: si Jesús está con nosotros, Él puede multiplicar la comida. Les faltó sabiduría, esto es, la capacidad para relacionar las cosas, para encontrar lo que tienen en común eventos y situaciones aparentemente diferentes.

Aquí probablemente tenemos culpabilidad de parte de los discípulos: ¡se habían olvidado de lo que era su responsabilidad! La “culpa” oscureció la fe. Bueno, no se trató de ningún crimen ni de ningún hecho aberrante, fue un olvido, una cosa extremadamente común para algunos de nosotros… ¿Puedo creer en que Dios suplirá a pesar de mi negligencia? Sí, de hecho, cuando multiplicó los panes y los peces lo hizo a pesar de que las multitudes no habían estado “suficientemente preparadas” para seguir a Jesús… ¿y quién lo está? ¿quién puede decir que tiene todo controlado y que ha cumplido siquiera con todo lo que razonablemente podía hacer para prepararse?

Un hecho básico es que la fe implica mirar los “limites” del Señor y no los límites de las circunstancias. En lo natural, tenían un solo pan, es decir, recursos muy limitados. En lo espiritual, tenían al Dador de todo, recursos ilimitados. Por supuesto, Jesucristo no actuará en “cualquier” circunstancia, lo hará conforme a Sus propósitos, Él no hará nada malo ni nada que nos dañe, no va a multiplicar recursos que no sepamos manejar.

Es muy interesante notar que la exhortación de Jesús consiste en que ellos no habían usado SU CAPACIDAD RACIONAL para ejercer fe:

·         ¿Por qué discuten? à no se trata de debatir entre ellos, para encontrar una verdad “dialógica”, discursiva, se trata de ir a los hechos; discutir para ver “qué opina cada uno” es una pérdida de tiempo.
·         ¿Todavía no entienden…? à “νοέω, noéo; ejercer la mente, (observar), i.e. (figurativamente) comprender, captar, prestar atención: entender, considerar.” Primer paso para el análisis mental, implica percibir los datos de la realidad, captar la información.
·         ¿… ni se dan cuenta? à “συνίημι, suníemi, poner juntos, i.e. comprender (mentalmente); por implicación actuar devotamente: entender, entendido, juicioso, comprender.” Segundo paso, “poner juntos”, relacionar las cosas.
·         ¿Todavía tienen cerrada la mente?  à la palabra que se usa aquí es propiamente “corazón”, y tiene que ver tanto con pensamientos como con sentimientos, por lo que Jesús está relacionando no solamente la captación y comprensión de la información, sino también la voluntad puesta en aceptar o rechazar esa información.
·         ¿Tienen ojos pero no ven?  à es decir, no están percibiendo lo que pasa, diríamos que sus marcos conceptuales o paradigmáticos les impiden “ver”, aunque los hechos estén ahí, no los “vieron”, solo percibieron cosas que no pueden entender o entienden mal. No ven lo evidente, sus estructuras mentales son más poderosas que la realidad.
·         ¿Tienen oídos, pero no oyen? à similar a lo anterior, no solamente no “ven” los hechos, tampoco pueden “escuchar” lo que se dice; diríamos que oyen lo que quieren oír.
·         ¿Acaso ya no se acuerdan? à como corolario, esa información que no “vieron” y esas palabras que no “oyeron” tampoco son retenidas en la mente. Sabemos que el cerebro retiene (al menos en la memoria más cercana) los hechos que considera relevantes, conforme a sus propios esquemas de relevancia; de ahí que la multiplicación de los panes y todo lo que eso implicó no fue considerado importante en un primer  momento, no al menos más importante que otras cosas que estaban pasando al mismo tiempo, por lo que no ocupaba el lugar que debía dentro de la información mental que debía estar alimentando su fe actual.

Jesús no responde con un interminable discurso se exhortación y crítica, una vez que los confrontó y expuso las raíces de su incredulidad, los involucra en un proceso de recuerdo, haciendo que ellos mismos saquen de sus memorias lo que estaba medio perdido y escondido en algún repliegue de la corteza cerebral. La fe no se basa en filosofías, se basa en hechos debidamente recordados e interpretados.

Repasemos entonces los principios de fe que aprendemos aquí:

·         Los mensajes “religiosos”, las discusiones en donde se sueltan espíritus de mentira, incredulidad e hipocresía; el hecho de inmiscuirnos demasiado en esas confrontaciones inútiles, por más que lo hagamos con buena intención, terminan afectando nuestra capacidad para creer en Dios.
·         Por lo tanto, aunque no sepamos cuándo y para qué necesitaremos aplicar fe, debemos evitar esas situaciones que pueden sembrar innecesariamente incredulidad en nosotros.
·         La fe se basa en hechos históricos: porque Dios hizo en el pasado es que confiamos en que hará ahora.
·         Se nos pide tener fe aunque no se nos haya dado una palabra exacta sobre la situación que enfrentamos porque podemos encontrar eventos pasados en los cuales Dios se manifestó en situaciones parecidas, por lo tanto, necesitamos sabiduría para poder relacionar lo uno con lo otro.
·         Dios está dispuesto a actuar aún a pesar de nuestros descuidos y olvidos, ¡Él sabe que somos humanos!
·         La fe implica mirar las capacidades de Dios y no las limitaciones materiales, pero siempre dentro de Sus propósitos.
·         La fe tiene fuertes bases racionales y emocionales: implica captar y almacenar información “histórica” correcta que nos está mostrando los principios de Dios, para usarla cuando sea necesario.
·         La fe se “recupera” y crece en base a recordar lo que Dios hizo, a recordar activamente, y el Señor mismo se encarga de eso.

Bueno, ¿y para qué sirven los milagros? Para mostrarnos cómo es Dios, qué está dispuesto a hacer. Él “no puede” hacer más de lo que “hace”, porque a nosotros nos ha dado la autoridad para creer o no, recordar u olvidar. La buena noticia es que no tenemos que ir a buscar ninguna lejana y costosísima “pócima de fe”, ni recorrer iglesia tras iglesia o viajar a la otra punta del mundo para recibir la “unción del avivamiento” ni nada por el estilo; simplemente debemos prestar atención a lo que Él ya ha hecho y sigue haciendo, utilizar toda nuestra capacidad racional que hemos recibido, disponer nuestro corazón a aceptar las evidencias (la incredulidad tiene bases emocionales, no racionales) y aplicar sabiduría para relacionar esa información con nuestra realidad.

Para terminar: si Jesús multiplicaba un pan para dar de comer a los 13 que estaban en esa barca, no iba a ocurrir nada demasiado espectacular; no tendríamos miles de panes como en los dos eventos anteriores, no tendríamos cestas repletas de sobrantes; solo tendríamos unas migajas en el suelo y algunos pedazos de sobra, nada más. ¡Pero habría ocurrido un milagro de todas formas! En realidad, no sabemos si ocurrió o no, el hecho es que los eventos “asombrosos” de los días anteriores iban a multiplicarse en un evento “poco asombroso”, pero que igual requería fe. Y aquí está el otro engaño: “solamente podemos tener fe para cosas asombrosas y grandes”, pero Jesús muestra que no, aún para lo más cotidiano “está la fe”.

¿Tenemos fe? Probablemente diríamos que no, o que muy poca. Bueno, no es problema, también el Señor nos enseñó cómo hacerla crecer.



Danilo Sorti


672. Firmes en el puesto


Lucas 12:35-38 RVC
35 »Manténganse listos, con la ropa puesta y con su lámpara encendida.
36 Sean como los siervos que están pendientes de que su señor regrese de una fiesta de bodas: en cuanto su señor llega y llama, ellos le abren enseguida.
37 ¡Dichosos los siervos a los que su señor encuentra pendientes de su regreso! De cierto les digo que se ajustará la ropa, los hará sentarse a la mesa, y él mismo vendrá a servirles.
38 Dichosos los siervos a los que su señor encuentre así, aunque llegue a la medianoche o en la madrugada.

Este pasaje es una exhortación muy clara a no “dormirnos en los laureles” con respecto a la venida del Señor. En el tiempo presente, cuando las señales aparecen por doquier, cada vez con más frecuencia e intensidad, cuando los mensajes proféticos se suceden unos tras otros, nos encontramos, no sorprendentemente, con unos cuantos cristianos que siguen muy firmes en su creencia de que el Señor vendrá todavía en un futuro muy lejano. Digo que no es sorprendente porque se trata de una reacción “inconsciente” ante las evidencias y la voz del Espíritu: cuando los eventos últimos resultan demasiado aterradores (para corazones no muy afirmados en el Señor y sin la suficiente fe), la mente genera todos los argumentos y “barreras defensivas” necesarias como para bloquear los mensajes de la pronta venida.

Pero como fuera, lo cierto es que la expectativa de los primeros cristianos fue esa, y a lo largo de los siglos, cuando hubo algún avivamiento en la iglesia, esa misma expectativa renació. Generalmente estamos hablando de grupos de gente humilde, sin recursos económicos, que suelen ser vistos con un desdén paternalista por los cristianos modernos imbuidos en el espíritu del modernismo.

El mandato del Señor es claramente a estar alertas, es decir, a estar esperando Su inminente venida. De ahí que los creyentes que a lo largo de los siglos mantuvieron viva la expectativa de Su regreso, aún con errores y exageraciones, quizás estuvieron bastante más cerca de la voluntad divina que el resto.

Mantener esa expectativa significa estar preparados para eso, pero esos judíos que escuchaban el mensaje no eran “espiritualistas” como muchos cristianos hoy, por lo que sabían que no se trataba solamente de estar preparados “en sus corazones”, sino con sus obras.

El mandato del Señor ha sido desde siempre el de estar “pendientes de su regreso”. Por lo tanto, en todo tiempo, los cristianos que desdeñaron esta enseñanza y a sus hermanos que mantenían la expectativa, claramente se burlaron de un mandato divino.

Desde un punto de vista práctico, la “ropa puesta” significa que uno puede salir inmediatamente cuando es llamado. Esto quiere decir, en el contexto del fin de los tiempos, estar lo suficientemente preparados para salir al ministerio al que seamos llamados (y preparados no solo habiendo estudiado sino también en lo material). La “lámpara encendida” da idea de la noche, todo el texto habla de la noche con lo que nos indica en qué tiempo ocurrirá este evento. La luz es lo que nos permite ver lo que no se puede ver a ojo desnudo (porque está oscuro), así que si lo llevamos a un plano más natural, diríamos que son las herramientas que nos permitirán entender ese mundo oscuro, complejo, peligroso.

Espiritualmente, las vestiduras simbolizan la santidad, las buenas obras en Cristo, y la lámpara encendida, el fuego y la presencia del Espíritu Santo. Hacia el tiempo de la venida de Cristo, y en general, durante todo el tiempo de la Iglesia, ambos requisitos fueron indispensables.

Es interesante que utilice aquí la imagen de la fiesta de bodas, y también de “llamar a la puerta”, lo que nos lleva a las mismas palabras que el Señor diría unas décadas después:

Apocalipsis 3:20 RVC
20 ¡Mira! Ya estoy a la puerta, y llamo. Si alguno oye mi voz y abre la puerta, yo entraré en su casa, y cenaré con él, y él cenará conmigo.

Hacia el fin de los tiempos, el Señor llama personal e insistentemente, pero no todos oyen, no todos están preparados para abrirle y por lo tanto, no todos tendrán una cena con Él. Aquellos que piensan que todavía falta mucho tiempo, o que no viven en la expectativa de Su inminente regreso, probablemente no tengan oídos para oír el llamado.

El versículo 37 de Lucas 12 nos recuerda esta comida, en la que el Señor mismo dijo que serviría. Pero más que eso, se utiliza la expresión “dichosos” o “bienaventurados”        , que puede traducirse también por “supremamente bendecidos”. Es decir, el estado de gloria prometido también en Apocalipsis:

Apocalipsis 3:21 RVC
21 Al que salga vencedor, le concederé el derecho de sentarse a mi lado en mi trono, así como yo he vencido y me he sentado al lado de mi Padre en su trono.

¿Cuándo llega el Señor? Lucas nos dice “a la medianoche” o a “la madrugada”. El Señor llega en lo más oscuro de la noche, pero anunciando el pronto amanecer, aunque no inmediato. De nuevo, una imagen que nos permite ubicar el tiempo de la tribulación entre medio.

Lucas 12:39-40 RVC
39 Pero esto deben saber: si el dueño de la casa supiera a qué hora va a llegar el ladrón, estaría pendiente y no permitiría que robaran su casa.
40 También ustedes deben estar preparados, porque el Hijo del Hombre vendrá cuando ustedes menos lo esperen.»

Uno supondría que este pasaje debería alertar a los que hoy se ufanan diciendo que todavía falta mucho tiempo, pero no he visto que eso pase. A los judíos, no a la iglesia pero podríamos hacer un paralelo con los “religiosos” y tradicionalistas de la iglesia, les ocurriría que en el momento en que no se estuvieran preocupando por el tema, como pueblo, vendría el Señor. Pablo repite la idea:

1 Tesalonicenses 5:2-3 RVC
2 Ustedes saben perfectamente que el día del Señor llegará como ladrón en la noche;
3 De repente, cuando la gente diga: «Paz y seguridad», les sobrevendrá la destrucción, como le llegan a la mujer encinta los dolores, y no escaparán.

En un tiempo de falsa seguridad, aunque de profunda oscuridad espiritual, vendría el Señor. Y como señal, Su pueblo, en buena parte, parece que no estará esperándolo, o al menos no se encontrará debidamente preparado para encontrarse con Él.

Lucas 12:41-44 RVC
41 Entonces Pedro le dijo: «Señor, ¿esta parábola es para nosotros, o para todos?»
42 El Señor le respondió: «¿Quién es el mayordomo fiel y prudente, al cual su señor deja a cargo de los de su casa para que los alimente a su debido tiempo?
43 Dichoso el siervo al que, cuando su señor venga, lo encuentre haciendo así.
44 De cierto les digo que lo pondrá a cargo de todos sus bienes.

Una de las conclusiones más prácticas de esta enseñanza es que debemos mantenernos en el servicio, tal como se nos encomendó en un principio. Aquí se engancha muy bien la enseñanza de los dones, regalos irrevocables y por lo tanto ministerios de por vida, que se nos entregan cuando nos convertimos.

¿Para qué esto, por qué no simplemente salvarnos “por los pelos”? Porque estos son los que estarán a “cargo de todos sus bienes”, es decir, los que recibirán autoridad en el Reino Venidero para ser corregentes con el Señor. Normalmente pensamos en la recompensa que recibiremos o no aquí, pero Dios está pensando en mucho más que eso.

Lucas 12:45-48 RVC
45 Pero si aquel siervo cree que su señor va a tardar, y comienza a golpear a los criados y a las criadas, y a comer y beber y embriagarse,
46 el señor de aquel siervo vendrá cuando éste menos lo espere, y a una hora que no sabe, y lo castigará duramente, y lo echará con los incrédulos.
47 El siervo que, a pesar de conocer la voluntad de su señor, no se prepara para cumplirla, se hace acreedor de muchos azotes.
48 Pero el que se hace acreedor a recibir azotes sin conocer la voluntad de su señor, será azotado poco. Porque al que se le da mucho, también se le exigirá mucho; y al que se le confía mucho, se le pedirá más todavía.

El que no espera la inminente venida de Cristo termina así, pierde de vista la moral bíblica, se dedica a sus propios placeres y maltrata a los que están bajo su liderazgo. Inevitablemente terminará en algo o todo de esto. No se refiere al infierno aquí sino a quedarse en la Tierra durante el tiempo de los juicios, donde propiamente se quedan los incrédulos. Notemos que Cristo vendrá cuando este tipo de cristiano menos lo espera, con lo cual nos está dando una señal para nosotros.

¿Cuál es el resumen de lo que venimos diciendo? Es mucho, pero una de las ideas centrales es la de permanecer en nuestros puestos, aunque bien preparados para los contextos del fin de los tiempos.


Danilo Sorti


671. Y al final, ¿qué es el “Reino” de Dios…?


Marcos 1:15 RVC
15 Decía: «El tiempo se ha cumplido, y el reino de Dios se ha acercado. ¡Arrepiéntanse, y crean en el evangelio!»

El Reino de Dios es el tema central en la predicación de Jesús. Sin embargo, nunca nos encontramos con una definición exacta de en qué consistía ese Reino. Jesús les enseña a Sus discípulos como vivir en él, quién era el Rey, cuál era su lugar, cómo extenderlo, pero nunca lo define, tal como nos gusta hacer con las palabras en este siglo.

Evidentemente, era un concepto claro para ellos, pero problemático para nosotros, ¿por qué?

La palabra “Reino”, en el tiempo de Jesús, resultaba por demás de evidente: aludía a un territorio gobernado por un rey, con todas las personas y demás cosas y seres que lo habitaban. La autoridad era claramente vertical y nadie estaba exceptuado de pertenecer a algún reino terrenal, lo quisiera o no.

Sin embargo, a medida que el cristianismo fue interpretando la Biblia de manera más y más espiritual e individual, este concepto de reino entró en crisis: la iglesia no tenía ni tiene un territorio, la dimensión espiritual se vuelve preponderante con lo que la terrenal resulta relegada (típica dualidad del pensamiento griego infiltrado en la iglesia), y se enfatiza en la autoridad y el obrar de Dios a través del creyente.

Cuando “borramos” esta dimensión terrenal y material de la palabra “reino”, entramos en una crisis y en un bloqueo paradigmático que nos ha dejado siempre incompletos a la hora de entender esta expresión tan común en los Evangelios. La pensamos en un sentido espiritual, y nadie diría que eso está mal, pero sabemos que la palabra quiere decir más que eso; sin embargo, cuando intentamos aplicarla en un sentido material y político, no encontramos nada donde ubicarla correctamente. ¿Qué quería decir Jesús con “Reino”?

El problema de fondo es cómo leemos la Biblia. Este énfasis en el sentido espiritual y simbólico ha hecho de que muchos cristianos utilicen la interpretación simbólica cuando se les da la gana. Sencillamente si algo no lo pueden ubicar en un tiempo y espacio concreto (pasado, presente o futuro) de acuerdo a su comprensión, entonces es “simbólico”. ¿Y qué mejor que “hacer simbólica” a la expresión “Reino de Dios”?

Sin embargo, si asumimos como principio de interpretación que Dios quiere decir lo que dice, es decir, que es lo más transparente y claro posible a Sus oyentes en la época que fuera que hable, lo cual no quita la posibilidad de una interpretación simbólica conjunta o posterior, simplemente nos “exige” una interpretación primera literal o simbólica si claramente la expresión lo resulta así (como las parábolas). Sin embargo, “Reino” no se nos hace una palabra “demasiado” simbólica en la mentalidad bíblica.

Reino era Reino; un territorio bajo la autoridad de un rey. Y cuando esos primeros discípulos escuchaban la palabra pensaban en seguida en las leyes mosaicas, las que claramente Jesús valida y afirma cumplir, en relación con la constitución política, la economía, las cuestiones sociales, la educación, el comercio, la aplicación de justicia, etcétera. Es decir, todo lo que ocurre en un “reino”.

El problema que tenemos nosotros hoy es que si admitimos esa dimensión de la palabra (sin negar para nada su faceta espiritual e individual) nos confronta con la necesidad de transformar nuestra sociedad a ese modelo bíblico, cosa que nuestra teología evangélica e individualista, y fuertemente escatológica, rechaza.

Sin embargo, cuando Jesús decía “Reino” se estaba refiriendo no solamente a la dimensión espiritual e individual (que fueron las que Él más desarrolló a fin de completar la revelación del Antiguo Testamento), sino también a la social. Así lo entendieron esos primeros discípulos y formaron esa comunidad primitiva de Jerusalén, en la que no había pobres. Así lo entendió Pablo y por eso protestó contra los corintios porque no aplicaban justicia entre ellos. A Pedro le costó comprenderlo cuando el Señor cambió las reglas sobre alimentos. Y podemos seguir con mucho otros ejemplos, donde vemos que las decisiones que se toman no afectan a simplemente a la espiritualidad individual sino a la vida comunitaria, en cuestiones muy concretas y materiales.

Y esa visión de Reino también nos exige participar en la vida política, social, económica, educativa, cultural, científica de nuestras naciones. ¿Cómo? No somos el pueblo de Israel estableciéndonos en la Tierra Prometida. Más bien somos lo que dijo Pablo, “embajadores”. Pero un embajador participa activamente en la vida de la nación donde se encuentra, procurando hacer los “negocios de su reino”, ¿cuáles son en nuestro caso? El establecimiento de la verdadera justicia, según el modelo bíblico.

¿Cristo viene? Sí, muy pronto. Y eso ha sido la excusa para no involucrarse en ninguna de las cuestiones “seculares”. Sin embargo, no existe nada que pueda definirse como “secular” para Dios porque todo está bajo Su interés, y tampoco hay nada que debamos desestimar como embajadores.

Por lo tanto, el verdadero Evangelio del Reino que debemos predicar y vivir integra tanto la dimensión espiritual e individual como la política y comunitaria. Es necesario que el Evangelio que prediquemos y vivamos cuando Cristo venga sea el Evangelio completo (sino la Novia no estaría perfectamente preparada, su mensaje sería parcial y en parte erróneo) y por ello debe incluir en una armonía perfecta lo espiritual con lo terrenal.

Ese es el Evangelio del Reino, y cuando fue predicado de manera integral, presentando ambas dimensiones, logró la salvación de más gente de la que la gran mayoría de nuestro esfuerzo evangelístico logra en el mismo tiempo. Es decir que, incorporando esa dimensión “terrenal”, el mensaje adquiere todo su poder de salvación (espiritual). Volvamos al Evangelio verdaderamente completo.


Danilo Sorti


670. ¿Acaso Dios pudo haber elegido a ESE gobernante?


Leamos la siguiente historia con paciencia, prestando atención a las distintas señales que Dios pone en el proceso y a los mensajes proféticos:

1 Samuel 9:14-20 RVC
14 Ellos se dirigieron a la ciudad, y cuando llegaron al centro, Samuel ya venía hacia ellos y en dirección al santuario del cerro.
15 Pero el Señor ya había hablado con Samuel un día antes de que Saúl llegara. Le había dicho:
16 «Prepárate, porque mañana a esta misma te enviaré a un joven benjaminita. Vas a consagrarlo como rey de mi pueblo Israel, pues él lo va a salvar de los filisteos. El clamor de mi pueblo ha llegado a mis oídos, y yo he puesto en ellos mis ojos.»
17 En cuanto Samuel vio a Saúl, el Señor le dijo: «Éste es el hombre de quien te hablé. Éste es el que va a gobernar a mi pueblo.»
18 En cuanto Saúl vio que Samuel entraba en la ciudad, se acercó a él y le dijo: «Te ruego que me digas dónde vive el vidente.»
19 Y Samuel le respondió: «Yo soy el vidente. Acompáñame al santuario allá arriba, y come hoy conmigo. Mañana, cuando te vayas, te diré todo lo que te está inquietando.
20 Yo sé que hace tres días se perdieron las asnas de tu padre, pero no te preocupes, porque ya las encontraron. Ahora dime: ¿Quién merece tener lo mejor que hay en Israel? Te lo voy a decir. Lo merecen tú y la familia de tu padre.»

1 Samuel 10:1-9 RVC
1 Entonces Samuel tomó un frasco de aceite y lo derramó sobre la cabeza de Saúl; luego lo besó y le dijo: «El Señor te ha ungido para que seas el rey de su pueblo Israel.
2 Hoy, después de que nos despidamos, vas a encontrar a dos hombres junto al sepulcro de Raquel, en Selsa, en las tierras de Benjamín; ellos te dirán que ya fueron halladas las asnas que andas buscando, y que tu padre ya no está preocupado por las asnas sino por ustedes, pues no sabe qué les ha sucedido.
3 Sigue tu camino, y cuando llegues a la encina de Tabor te encontrarás con tres hombres que van a adorar a Dios en Betel; uno de ellos llevará tres cabritos; otro, tres tortas de pan; y el tercero, un odre de vino.
4 Después de saludarte, ellos te darán dos panes, y los debes aceptar.
5 Cuando llegues a la colina de Dios, donde está la guarnición de los filisteos, y luego de que entres en la ciudad, te encontrarás con un grupo de profetas que descienden del santuario que está en el cerro. Irán profetizando y tocando salterios, panderos, flautas y arpas.
6 En ese momento el espíritu del Señor vendrá sobre ti con su poder, y profetizarás con ellos, y el cambio en ti será notable pues actuarás como si fueras otro hombre.
7 Cuando sucedan estas señales, haz lo que te venga a la mano hacer, porque Dios está contigo.
8 Luego te adelantarás para llegar a Gilgal antes que yo; siete días después yo me reuniré contigo, y juntos iremos a ofrecer holocaustos y ofrendas de paz al Señor. Espérame hasta que yo llegue y te indique lo que debes hacer.»
9 En cuanto Saúl le dio la espalda a Samuel para irse, Dios le cambió todo su carácter, y ese mismo día sucedió todo lo que Samuel le había dicho.

1 Samuel 10:17-23 RVC
17 Más tarde, Samuel pidió al pueblo que se reuniera ante el Señor en Mispá,
18 y les dijo a los israelitas: «Así dice el Señor, el Dios de Israel: “Yo los saqué a ustedes de Egipto. Yo los libré de poder de los egipcios, y de todos los reinos que los afligían.
19 Pero ustedes me rechazan como su Dios, aunque yo los protejo de todas sus aflicciones y angustias, y ahora quieren que los gobierne un rey. Pues ya que piensan así, preséntense ante mí, el Señor, en el orden de sus tribus y familias.”»
20 Una vez que se reunieron todas las tribus de Israel, Samuel ordenó que se acercara la tribu de Benjamín.
21 Luego hizo que se acercara la tribu de Benjamín, en el orden de sus familias; luego pidió que se acercara la familia de Matri, y de ella pidió que se acercara Saúl hijo de Cis. Lo buscaron entonces, pero no lo hallaron,
22 así que le preguntaron al Señor por qué Saúl no estaba allí, y el Señor les dijo: «Búsquenlo entre el equipaje, pues allí está escondido.»
23 Entonces fueron a buscarlo allí, y lo pusieron en medio del pueblo. Y todos pudieron ver que Saúl era más alto que todos. No había quien le llegara a los hombros.


Ahora consideremos esto: cuando Dios llamó a Moisés le dio una sola señal para llamar su atención. Cuando llama a Abram no tenemos registro de que le haya dado ninguna señal. David tampoco. En el caso de los jueces, Gedeón tuvo tres señales. Pero si hacemos memoria podríamos decir que nadie, o muy pocos, de los que fueron llamados tuvieron tanta carga de señales. ¿Habrá sido por la incredulidad de Saúl?

Sin duda que Saúl fue, y siguió siendo, incrédulo y temeroso, por lo tanto necesitaba señales. Pero también estas señales eran “públicas”, todos podían saberlas y dar testimonio de que así había pasado. Me atrevería a afirmar que Dios quería dejar bien en claro que Saúl era Su elegido.

Bueno, eso quería decir que, por ser Su escogido, tendría un reinado muy bueno… ¿o no?

Conocemos el resto de la historia. Saúl fue un rey que Dios no quiso, pero como el pueblo estaba desesperado por tener uno, era lo mejor que podía encontrar… lo mejor, pero muy lejos de lo ideal, al igual que absolutamente todos los líderes políticos que encontramos en el Antiguo Testamento. Dios vio su potencial y de hecho Saúl comenzó a librar a Israel de sus enemigos, e hizo un buen trabajo hasta donde pudo. Pero sabemos cómo terminó la historia: a pesar de haber sido elegido, y de que no quedó ninguna duda a nadie de eso, Saúl se desvió. Dios estaba dispuesto a usarlo (aunque la monarquía nunca estuvo en Sus planes), le dio todos los recursos y la autoridad para que ejerciera un buen gobierno, PERO nunca cooptó su capacidad de decidir, al igual que hace con todos nosotros. Y Saúl, en su plena capacidad de actuar conforme a su voluntad, decidió desoír a Dios, no respetó la función del sacerdocio y menospreció Sus instrucciones, dos pecados gravísimos para la naciente monarquía. Por lo tanto, Dios lo desechó.

Pero, ¡un momento! ¿No lo había elegido? Cuando Samuel proclama el desagrado divino con la actitud de Saúl, las señales y los eventos que rodearon su entronización estaban todavía frescos en la mente de todos. No había dudas de que Dios lo eligió… pero escogió lo mejor que había entre el pueblo, que no era mucho. Dios respetó la decisión política del pueblo, no estuvo de acuerdo pero la respeto y actuó conforme ellos le pidieron, y eso fue lo mejor que había. Todos los desmanejes que cometió Saúl, en cierto sentido, fueron parte del juicio de Dios contra un pueblo desobediente. Sencillamente, Dios permitió que ellos cosecharan las consecuencias de lo que habían pedido.

Por supuesto, no le fue para nada bien a Saúl con su rebeldía. El Espíritu del Señor se apartó de él (recordemos que en esos tiempos el Espíritu Santo era dado sólo a algunos), y vivió en un estado de esquizofrenia constante al menos durante 10 años, hasta su muerte vergonzosa en batalla.

Saúl es el ejemplo más claro, pero todos los líderes políticos del pueblo de Dios en el Antiguo Testamento, sea que hayan sido elegidos expresamente por Él, o hayan sido permitidos, reflejan la misma verdad. Para el propósito del artículo, si pensamos en aquellos que fueron elegidos, aún los que fueron preparados durante años tuvieron grandes fallas.

El asunto es que con Saúl nos queda claro que “elegido” no es lo mismo que “infalible”, ni tampoco “incorruptible”. Con esto en mente entendemos perfectamente lo que pasó con Judas, ¿lo eligió el Señor? Sí. ¿Podía ocupar genuinamente la función de apóstol? ¡Sí! Pero tomó otra decisión.

Sigamos avanzando un poco más y nos encontramos con la iglesia de Corinto. En ninguna otra carta se menciona que una congregación tuviera tantos dones espirituales fluyendo entre ellos. ¿Eran “elegidos” en función de los dones que cada uno había recibido? Sí. ¿Tenían vidas consecuentes con su llamado cristiano más general y sus llamados específicos en función de sus dones? Ahí ya diríamos que no.

El Señor dejó algo bien en claro:

Romanos 11:29 RVC
29 Porque los dones y el llamamiento de Dios son irrevocables.

Romanos 11:29 DHH
29 Pues lo que Dios da, no lo quita, ni retira tampoco su llamamiento.

Si no fuera así Dios le habría retirado a Adán el dominio sobre el mundo cuando pecó, y se habría ahorrado muchísimos dolores de cabeza. Sin embargo, si no fuera así, no podría sostenerse la Creación toda: tanto el mundo material como el espiritual dependen de este principio, lo que Dios determina es y nunca dejará de ser. El mismo concepto de “ley”, física, química, biológica, espiritual, etcétera, está fundamentado en esta verdad.

Con este principio en mente, que lo aplicamos de manera espiritual dentro de la iglesia pero que en realidad Dios claramente lo aplicó en un sentido político muchas veces en el Antiguo Testamento, podemos entender cómo es que Dios elige a determinadas autoridades políticas hoy en día, y lo que pude pasar con ellas después.

Primero, Dios va a tomar de lo que hay en la sociedad, respetando las “reglas de juego” políticas que cada sociedad haya elegido o permitido sobre sí. Si la sociedad está moralmente destruida, que nadie espere un dechado de virtudes en el poder.

Segundo, Dios va a elegir lo mejor que haya. Si el sistema es democrático, el pueblo votará de acuerdo con ese propósito divino o no. Y aquí entra la voz profética de la iglesia en estos últimos años, en los que claramente, en distintos países, se ha dicho Fulano o Mengano para tal o cual cargo. Pero, entendámoslo bien, ese tal Fulano o Mengano es lo mejor que Dios pudo encontrar en este lugar en este tiempo, y eso puede estar muy lejos de lo ideal. Y, además, tanto Fulano como Mengano tienen libertad de acción, y muy bien pueden decidir apartarse de los diseños divinos. Eso explica también por qué, luego de que los profetas marcara a un hombre para un cargo político, a veces ese tal hombre se desvíe groseramente de los diseños divinos.

Por otra parte, los diseños divinos son lo mejor que ese tal hombre puede hacer en ese lugar, de nuevo, algo que puede estar muy lejos de lo ideal.

Conclusión: si aplicamos el discernimiento espiritual vamos a escuchar a Dios eligiendo a tal o cual candidato para un cargo; debemos votarlo. Pero si además tenemos conocimiento bíblico, sabremos que si no lo sostenemos fervientemente en oración puede terminar pésimo. Y si tenemos más conocimiento bíblico y somos cristianos congruentes, sabremos también que la responsabilidad de una nación no recae ni en una persona ni en un sistema de gobierno, desde el principio Dios hizo mucho énfasis en que el mismo pueblo debía encargarse de su país, por lo que asumiremos nuestra parte en el todo y la realizaremos.

A medida que nos aproximamos al fin, los candidatos potenciales que Dios puede elegir son cada vez peores y lo que pueden hacer está cada vez más acotado, por lo que el rol de los hijos de Dios se hace, también, cada vez más importante. ¿Cuáles serán nuestras expectativas? Quizás no deberían ser muchas. Pero no debemos desoír lo que el Espíritu dice ni descuidar al que el Señor elija, por más que el tal deje mucho que desear. Al fin y al cabo, ¡Él también nos eligió a nosotros! Y debo recordar que la gran mayoría de los que estamos “adentro” dejamos MUCHÍSIMO que desear…


Danilo Sorti


669. Santiago: la pobreza y la riqueza – XVII, riqueza no de palabras sino de hechos


Santiago 2:14-26 RVC
14 Hermanos míos, ¿de qué sirve decir que se tiene fe, si no se tienen obras? ¿Acaso esa fe puede salvar?
15 Si un hermano o una hermana están desnudos, y no tienen el alimento necesario para cada día,
16 y alguno de ustedes les dice: «Vayan tranquilos; abríguense y coman hasta quedar satisfechos», pero no les da lo necesario para el cuerpo, ¿de qué sirve eso?
17 Lo mismo sucede con la fe: si no tiene obras, está muerta.
18 Pero alguien podría decir: «Tú tienes fe, y yo tengo obras. Muéstrame tu fe sin obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras.»
19 Tú crees que Dios es uno, y haces bien. ¡Pues también los demonios lo creen, y tiemblan!
20 ¡No seas tonto! ¿Quieres pruebas de que la fe sin obras es muerta?
21 ¿Acaso nuestro padre Abrahán no fue justificado por las obras cuando ofreció a su hijo Isaac sobre el altar?
22 ¿No ves que la fe de Abrahán actuó juntamente con sus obras, y que su fe se perfeccionó por las obras?
23 Y se cumplió la Escritura que dice: «Abrahán creyó a Dios, y eso le fue contado por justicia», por lo que fue llamado «amigo de Dios».
24 Como pueden ver, podemos ser justificados por las obras, y no solamente por la fe.
25 Lo mismo sucedió con Rajab, la prostituta. ¿Acaso no fue justificada por las obras, cuando hospedó a los mensajeros y los ayudó a escapar por otro camino?
26 Pues así como el cuerpo está muerto si no tiene espíritu, también la fe está muerta si no tiene obras.

En esta serie de artículos enfatizamos el hecho de que Santiago no debe ser entendido como un libro que simplemente nos alienta a tener compasión con los pobres, o a no ser hipócritas, ni siquiera a realizar obras que demuestren la salud de nuestra fe, sino que en el fondo es un libro que nos enseña a tener la verdadera riqueza espiritual, y, secundariamente, la terrenal.

¿Puede alguien con fe y sin obras ser salvo? Sería muy largo de responder, pero quizás podríamos decir que “sí”, como por fuego, según explica Pablo. Algunos no estarán de acuerdo conmigo y no voy a profundizar este asunto aquí, pero entiendo que si hubo una decisión de fe genuina, aunque luego no haya habido nada más, si esa fe quedó en estado “embrionario” tal como la plántula de una semilla que no alcanza a germinar, creo que la persona será salva. Por supuesto, no voy a juzgar de ninguna manera quién podrá serlo y quién no, ni menos aún enseñar jamás que con esa minúscula fe “es suficiente”. Lo cierto es que esa mínima fe que nos permite “cruzar la línea” está demasiado cerca de la “apariencia de fe” que nos deja afuera. Y Santiago trata en esta sección con esa última fe, o quizás con estas dos “fes” de las que estamos hablando, peligrosamente cerca la una de la otra.

¿Cuánta fe necesito para ser salvo? Es decir, ¿qué es lo mínimo que se me exige para ser salvo? Ahora bien, desde el punto de vista de Dios es claro que existe un “mínimo”, una línea que separa claramente al salvo del no salvo. Dios lo sabe, Él pesa los corazones, puede diferenciarlo, y aunque el que solo alcanza el mínimo entre “de los pelos”, al menos logró entrar. No habrá recompensa después, pero entró. Y por cierto, el último lugar en el cielo, digamos, la primera baldosa cruzando el umbral, y nada más que esa, es incomparablemente mejor que esta Tierra y, por supuesto, que el infierno. De paso recordemos, mis queridos hermanos, que ninguno de nosotros merece ni siquiera pisar esa primera baldosa, así que, cualquiera sea el recorrido que podamos avanzar más allá de ella, y ella misma, es por pura gracia inmerecida. ¡Gloria sea a Dios!

Este texto fue una piedra de tropiezo para Lutero cuando estaba redescubriendo la salvación por fe. Para nosotros es claro que aquí no niega en ningún momento la fe, ni tampoco pone a las obras al mismo nivel, como si la sumatoria de fe más obras fuera lo necesario. Se trata de que las obras producidas por una fe genuina indican que esa fe es la necesaria para salvación.

“¡No seas tonto! ¿Quieres pruebas de que la fe sin obras es muerta?” Esta frase deja en claro que el punto central es la fe, no las obras. “Muéstrame tu fe sin obras, y yo te mostraré mi fe por mis obras.” Está en la misma sintonía.

¿De qué obras se trata? Si leemos todo el Nuevo Testamento, y el Viejo a la luz del Nuevo, tenemos primero que nada la Ley Mosaica como la base de lo que debemos vivir, perfeccionada por Jesucristo y explicada por los apóstoles, pero de ninguna manera eliminada en sus principios. Si nos concentramos en el contexto más cercano, podríamos hablar de la justicia social que está exigiendo Santiago.

Santiago nunca ha pasado de moda: siempre es más fácil hablar de la fe, creer en la fe, entusiasmarnos con la fe, ocupar nuestra mente y nuestro tiempo con maravillosos mensajes de fe… pero no vivir las consecuencias de esa fe. PORQUE TENEMOS FE es que luego realizamos las obras de amor de esa fe (tal como se nos enseñan en la Palabra), eso es vivir las consecuencias de nuestra fe. Pero dado que tenemos la tendencia (más en este tiempo) de ser inconsecuentes, solo nos quedamos en la puerta de entrada, la fe, y con eso pensamos que es suficiente.

Muchas iglesias son expertas en predicar sobre la fe, propiamente el evangelio de la prosperidad es una perversión del movimiento de fe, genuino, que empezara a mediados del siglo XX. Tomaron un elemento que el Espíritu quería enfatizar en ese tiempo, la fe, la exageraron y la despojaron de sus consecuencias prácticas.

Predicar sobre la fe puede ser muy estimulante, y hay muchos cristianos adictos a ese estímulo, pero no están dispuestos a llevarlo a su vida diaria, a no ser para conseguir beneficios personales.

Esa clase de fe, voluntariamente negada a las obras como consecuencia natural de la genuina fe, está muerta. Es decir, tuvo vida en un primer momento, fue genuina porque sino no hubiera podido nacer, pero después se murió cuando se negó a desarrollarla. De nuevo, tomemos el ejemplo de la semilla: si la abrimos con cuidado veremos con una lupa que hay una pequeña plántula en estado de vida latente, gimnospermas y angiospermas comparten esa característica. Esa plantita minúscula se desarrolló en la planta madre y luego quedó latente, hasta que la semilla encontrara condiciones adecuadas para que se reactive y siga creciendo. Esa semilla la planta el Espíritu en un corazón receptivo, pero luego…

Esa fe que se murió, aunque parezca estar viva, o incluso esa fe que siempre aparentó tener vida porque nunca la tuvo en realidad, por supuesto no puede llevarnos al Cielo, ni tampoco traerlo a nuestras vidas.

Inevitablemente la verdadera fe se manifestará en las “obras de justicia”, las obras que el Señor nos ha mandado a hacer, no lo que se “supone” que debamos hacer, no lo que “queda bien” en el ámbito cristiano donde nos movemos. Una semilla puesta en las condiciones adecuadas germina, no puede no hacerlo. Pero si una semilla no germina es que está muerta.

Eso está claro y nos sirve como una señal muy evidente e indiscutible: ¿cuáles son mis obras? ¿Realmente estoy produciendo obras, o solo disfrutando de predicaciones y reuniones, pero nada más? ¿Son obras de fe, es decir, realizadas porque escuché y creí lo que el Señor me dijo específicamente que hiciera? De nuevo, tenemos ahí un termómetro muy claro para que no nos autoengañemos.

Algo más, ¿cómo es que la fe se perfecciona por las obras? Sencillamente, la fe no es algo abstracto, un concepto filosófico que podemos guardar en una probeta. No existe tal cosa en la Biblia, la fe, al igual que la vida cristiana y toda la manifestación de Dios en la Biblia, está ligada al mundo material creado. Así como no hay fe en abstracto, tampoco hay obras “en el mundo platónico de las ideas”. Las obras son en el mundo material, y al realizarse por fe, es decir, por haber escuchado, creído y obedecido a la voz del Señor, acrecientan nuestra fe cuando son cumplidas.

Damos un paso por fe, Dios respalda ese paso, lo vemos actuar y responder a nuestra fe, ¡eso nos reafirma en la fe, nos abre un nuevo conocimiento de Dios, y nos animamos a más! Por eso es que las obras perfeccionan la fe, porque la alimentan, nos muestran que no estábamos equivocados en creer y actuar.

Esas obras de fe no son fáciles. No lo fue para Abraham, tampoco para Rahab ni para nadie de los que podamos leer en la Biblia o reconocer en la historia. Hay un precio, es, por así decirlo, una auténtica inversión espiritual, tal como un empresario que corre un riesgo al hacer un negocio o invertir en un nuevo proyecto. Cuando obtiene el éxito, cosecha los frutos económicos y su capital se acrecienta. Lo mismo pasa con la fe.

Por lo tanto, la exhortación es a crecer en fe, y a ser consecuentes con esa fe que decimos tener.


Danilo Sorti