martes, 19 de diciembre de 2017

343. ¡Ojo con planificar demasiado!

Proverbios 24:5-6 RVC
5 Es mejor ser sabio que ser fuerte; es mejor tener ciencia que mucha fuerza.
6 Porque la guerra se hace con buenos planes, y la victoria se obtiene con muchos consejos.


La cuestión de la planificación es algo problemático dentro del Pueblo de Dios. Por un lado tenemos la vertiente más apegada al Espíritu Santo que no solo no planifica, sino que hasta considera que planificar es muestra de incredulidad y hasta pecado. Por otro lado, tenemos a la corriente más apegada a la Palabra Escrita que planifica a veces de más.

Pues bien, si planificar no fuera necesario, ¿por qué la Biblia nos habla de eso? No solamente el pasaje que pusimos más arriba, sino que de principio a fin vemos un Dios que crea conforme planes y propósitos, y que comenzó un plan de redención de la humanidad (y no solamente de personas individuales) hace casi 6.000 años y terminará dentro de poco más de 1.000. ¡Un plan preciso de 7.000 años! ¿Acaso Dios no planifica?

PERO el verdadero problema está bien escondido detrás de nuestras planificaciones, y no son precisamente los planes, sino EN QUÉ o EN QUIÉN se basan esos planes. Y como ejemplo lo tenemos a David.

Obviamente que estaba acostumbrado a planificar para la guerra, conocía de estrategia, cuándo pelear y cuándo abstenerse, incluso sabía de guerra espiritual. Pero cuando estaba intentando desarrollar una planificación estratégica a largo plazo cometió un error tremendo.

2 Samuel 24:10-14 RVC
10 Pero después de haber censado al pueblo, David se sintió muy apesadumbrado y fue a decirle al Señor: «He cometido un grave pecado. Te ruego, Señor, que perdones a este siervo tuyo por haber sido tan necio.»
11 Al día siguiente, cuando David se levantó, la palabra del Señor vino a Gad, el vidente de David, y le dijo:
12 «Ve y dile de mi parte a David: “Yo, el Señor, te doy a elegir una de tres cosas. Haré lo que tú elijas.”»
13 Gad fue a ver a David y le dio el mensaje del Señor. Le dijo: «¿Quieres que haya siete años de hambre en tu tierra? ¿O prefieres huir de tus enemigos durante tres meses? ¿O prefieres que haya en tu pueblo tres días de peste? Piénsalo bien, pues debo llevar una respuesta a quien me envía.»
14 Entonces David le dijo a Gad: «Estoy en un gran aprieto. Permíteme caer en las manos del Señor, pues su misericordia es grande en extremo. ¡No me dejes caer en las manos de ningún hombre!»

Los censos no estaban prohibidos por Dios, pero tenían ciertos requisitos:

Éxodo 30:12-16 RVC
12 «Cuando hagas un recuento del número de los hijos de Israel, una vez que los hayas contado cada uno de ellos deberá darme a mí, el Señor, el rescate de su persona. Así no habrá mortandad entre ellos.
13 Todo aquel que sea contado deberá pagar cinco gramos de plata, que es la mitad del peso oficial del santuario. La ofrenda al Señor será de cinco gramos de plata.
14 Todo el que sea contado y que tenga más de veinte años de edad, deberá dar esta ofrenda al Señor.
15 Al dar la ofrenda al Señor para la expiación de personas, ni el rico dará más de cinco gramos de plata, ni el pobre dará menos.
16 Recibirás de los hijos de Israel el dinero de las expiaciones, y lo entregarás para el servicio del tabernáculo de reunión. Esto será para los hijos de Israel un memorial delante del Señor, para que se haga la expiación por ellos.»

Y más adelante en la historia de Israel leemos que hubo censos, totales o parciales, y Dios no mandó mortandad entre el pueblo. Pero evidentemente, el que hizo David desagradó profundamente a Dios, ¿por qué?

Un censo militar se hacía y se hace para saber cuántos soldados disponibles había para luchar. El problema es que David conocía de sobra que era Dios quien peleaba por ellos y que realmente la cantidad no importaba; como ejemplo:

Jueces 7:4-7 RVC
4 Pero el Señor volvió a decir: «Todavía es mucha gente. Llévalos al río, para que allí los ponga a prueba. Si yo te digo: “Éste puede acompañarte”, irá contigo; pero si te digo: “Éste no te acompañará”, entonces no irá contigo.»
5 Gedeón llevó entonces a su gente al río, y allí el Señor le dijo: «Pon aparte a todo aquel que beba agua como los perros, es decir, lamiéndola, y aparta también a todo el que se arrodille para beber.»
6 Los que se llevaron el agua a la boca con la mano y la lamieron fueron trescientos hombres; el resto de la gente se arrodilló para beber.
7 Entonces el Señor le dijo a Gedeón: «Con estos trescientos hombres que lamieron el agua los voy a salvar. Entregaré a los madianitas en tus manos. El resto de la gente puede volverse a casa.»

2 Crónicas 20:12-17 RVC
12 ¡Dios nuestro! ¿acaso no los vas a juzgar? Nosotros no tenemos la fuerza suficiente para enfrentar a ese gran ejército que viene a atacarnos. ¡No sabemos qué hacer, y por eso volvemos a ti nuestra mirada!»
13 Todo Judá estaba de pie delante del Señor, con sus mujeres y sus hijos.
14 Allí estaba también Jahaziel, levita de los hijos de Asaf y descendiente en línea directa de Zacarías, Benaías, Yeguiel, Matanías. En el curso de la reunión, el espíritu del Señor vino sobre él,
15 y dijo: «¡Escúchenme ustedes, habitantes de Judá y de Jerusalén! ¡Y escúchame tú, rey Josafat! El Señor les dice: “No tengan miedo ni se amedrenten al ver esta gran multitud, porque esta batalla no la libran ustedes, sino Dios.
16 Mañana, cuando ellos suban por la cuesta de Sis, ustedes caerán sobre ellos. Los encontrarán junto al arroyo, antes del desierto de Jeruel.
17 En este caso, ustedes no tienen por qué pelear. Simplemente quédense quietos, y contemplen cómo el Señor los va a salvar. Judá y Jerusalén, no tengan miedo ni se desanimen. ¡Salgan mañana y atáquenlos, que el Señor estará con ustedes!”»

Y por otro lado:

2 Crónicas 24:23-24 RVC
23 Un año después, el ejército de Siria atacó a Judá y a Jerusalén, y acabó con todos los jefes del pueblo, y todo el botín de guerra lo envió al rey de Damasco.
24 En realidad, el ejército de Siria había venido con muy poca gente, pero el Señor puso en sus manos al poderoso ejército de Joás porque éste se apartó del Señor, el Dios de sus padres. Ésta fue la sentencia del Señor contra Joás.

¿Y entonces? ¿Planificamos o no? Para planificar hay que saber con cuántos recursos se cuenta, pero al hacer esa investigación David recibió un castigo muy fuerte, ¿qué hacemos?

El verdadero problema de la planificación es, precisamente, SABER con cuántos recursos se cuenta, pero el problema fue que los recursos que estaba viendo David en ese momento eran solamente los recursos humanos y no los divinos, lo cual en su caso era un grave pecado porque él mejor que nadie sabía lo fundamental que eran. Y en las historias que nos muestran los pasajes de Jueces y 2 Crónicas se nos confirma este principio.

Salmos 33:16-19 RVC
16 El rey no se salva por tener un gran ejército, ni se escapa el valiente por tener mucha fuerza.
17 Ningún caballo es garantía de salvación; y aunque tiene mucha fuerza, no salva a nadie.
18 El Señor mira atentamente a quienes le temen, a quienes confían en su misericordia,
19 para librarlos de la muerte y darles vida en tiempos de escasez.

El verdadero asunto de la planificación es conocer los “recursos espirituales” con los que se cuenta, saber qué quiere hacer Dios, qué planes tiene, hacia dónde se mueve Su voluntad. RECIÉN ENTONCES podemos planificar de una manera que agrada a Dios: planificamos poniéndolo a Él primero, considerando Su fuerza y Sus recursos, y en función de Sus objetivos.

El dilema “planificar o no planificar” en el ámbito cristiano es un falso dilema. El verdadero problema es tener en cuenta a Dios en la planificación, o mejor aún, recibir Sus planes. ¡Que el Señor nos de la fe suficiente!


Danilo Sorti


martes, 12 de diciembre de 2017

342. El espantoso sistema económico de José, o como los dueños del mundo aprendieron de la Biblia

Génesis 47:13-21 RVC
13 En ninguna parte del país había pan, y el hambre era muy grave. Por causa del hambre decayeron la tierra de Egipto y la tierra de Canaán.
14 José recaudó todo el dinero que había en la tierra de Egipto y en la tierra de Canaán, a cambio del grano que de él compraban. Ese dinero José lo depositó en la casa del faraón.
15 Cuando se acabó el dinero en Egipto y en Canaán, todos los egipcios fueron a ver a José y le dijeron: «Danos pan. ¿Por qué hemos de morir en tu presencia, sólo por haberse acabado el dinero?»
16 Y José les dijo: «Si se ha acabado el dinero, denme sus ganados y a cambio de ellos les daré pan.»
17 Ellos llevaron sus ganados a José, y a cambio de caballos, ovejas, vacas y asnos, es decir, a cambio de todos sus ganados, José los alimentó con pan todo aquel año.
18 Aquel año llegó a su fin, y el segundo año fueron otra vez a verlo y le dijeron: «No es un secreto para nuestro señor que el dinero ya se ha acabado, y que hasta el ganado es ya de nuestro señor. No tenemos nada que ofrecer a nuestro señor, sino nuestra tierra y nosotros mismos.
19 ¿Por qué hemos de morir ante ti, nosotros y nuestra tierra? ¡Cómpranos a nosotros y a nuestra tierra, a cambio de pan! Nosotros y nuestra tierra seremos siervos del faraón. ¡Pero danos semilla, para que sigamos con vida y no muramos, ni sea asolada la tierra!»
20 Así fue como José compró toda la tierra de Egipto, y la tierra llegó a ser propiedad del faraón, pues todos los egipcios vendieron sus tierras porque el hambre se agravó sobre ellos.
21 Al pueblo lo hizo pasar a las ciudades, de un extremo al otro del territorio de Egipto.


José ocupó un lugar clave en la historia de la redención; sencillamente, ¡sin José no hubiera habido redención! A través de todas las vicisitudes que pasó Dios lo llevó al lugar clave en el momento específico para salvar la vida del naciente pueblo de Israel y de los otros pueblos que más tarde jugarían un rol también importante en la historia de Israel: Egipto y los pueblos de Canaán. José fue ungido, perfeccionado y finalmente promovido al segundo lugar del imperio más importante de la época. Desde allí alimentó a su familia, además de a numerosas personas de toda la región, y les dio el lugar que más tarde sería su refugio en medio de las plagas que azotaban a Egipto.

Sin embargo, toda esta historia maravillosa y fundamental para nuestra redención nos deja también un “sabor amargo”: José terminó haciendo prácticamente esclavos a los egipcios más pobres, los que vivían del campo, formó la primer clase proletaria despojada de recursos productivos y hasta “sembró” la semilla espiritual de la esclavitud que luego se volvería contra su mismo pueblo. José hizo muy buenos negocios para su empleador, el Faraón, pero pésimo para cientos de miles o millones de personas.

Claro, es fácil criticarlo con nuestra mirada occidental tres mil años después; probablemente no hizo nada distinto a lo que cualquiera hubiera hecho en ese entonces, pero, como escuché a un pastor predicar hace años atrás, ¡nadie querría tener a José como ministro de economía! No, de verdad que no.

Aprovechando su posición de autoridad, puso un impuesto sobre el campo, impidiendo de esa forma el ahorro y capitalización campesina. Bueno, contextualicemos un poco más; la realidad es que difícilmente hubieran ahorrado y menos aún preparado por su propia cuenta para los siete años de hambre que vendrían. En tres mil años la historia no ha cambiado, normalmente los sectores económicos medios para abajo difícilmente ahorren, sea porque no les sobra mucho, aunque siempre es posible sacar algunos pesos, sea porque la presión del sistema económico es al consumo inmediato y compulsivo, sea porque están resignados a que “de todas formas esa plata la voy a perder”. No quiero ser injusto en el juicio, simplemente que es muy difícil el ahorro y más aún poder tener un proyecto a 14 años, como fue el de José.

Y propiamente, un proyecto así corresponde a un estado; el asunto es qué hace el estado con ese proyecto…

Bueno, sería interesante hacer el ejercicio de qué de distinto hubiera podido hacer José en ese entonces, aunque requeriría mucho conocimiento histórico, pero lo cierto es que al final de todo el período, el pueblo sobrevivió, pero prácticamente esclavo. José logró en Egipto lo que siglos más tarde ocurriría a partir de la Revolución Industrial: los campesinos serían progresivamente expulsados de sus tierras y transformados en el “proletariado”, personas sin recursos materiales, solamente vendiendo su fuerza de trabajo, mientras pudieran trabajar, por lo necesario para vivir y nada más, tal como fue establecido por David Ricardo en la “Ley de hierro de los salarios”, según la cual estos debían mantenerse en un nivel mínimo para que las familias se sostuvieran y perpetuaran, y nada más.

Aprovechó el conocimiento sobrenatural que Dios le dio para hacer un magistral negocio… para el Faraón y sus amigos. Así pasa con los dueños del poder mundial: se esfuerzan gastando fortunas para saber lo que va a pasar, y cuando hay una crisis en vista, se preparan para tomar los recursos de la gente empobrecida. Hoy estamos más sofisticados, por lo que ellos mismos pueden generar las crisis, tal como expuso tiempo atrás Stiglitz.

Bueno, al final resulta que nuestros problemas macroeconómicos actuales y las manipulaciones tras las sombras de los dueños del poder no tienen nada nuevo… Evidentemente, ellos aprendieron de la historia, aunque no de cómo TERMINA la historia…

Hermanos, el Espíritu Santo ha sido siempre ABSOLUTAMENTE franco al mostrarnos las historias de los hombres y mujeres de la Biblia, y no debemos idealizar inocentemente a ninguno, porque ABSOLUTAMENTE ninguno ha sido perfecto sino UNO. Entonces, podemos aprender de todo lo bueno que tuvo José, pero también de lo otro.

Repito, es fácil hacer el análisis hoy, pero quién sabe si sus decisiones no fueron lo único que hubiera podido hacerse en ese momento. Como sea, el “espíritu de esclavitud” que desató sobre el pueblo (que tampoco era nada extraño en ese entonces, aclaremos) siglos después se volvió contra su propio pueblo, pero también con eso Dios tenía un propósito: formar una nación que no se quedara en la buena y cómoda tierra de Gosén, y que fuera lo suficientemente ruda como para luchar.

¿Debemos tomar todos los ejemplos que vemos en la Biblia? No. Todos se han escrito para nuestra instrucción, pero en realidad, hay SOLO UN ejemplo que podemos tomar sin reparos, SOLO UNO perfecto, SOLO UNO que no tiene ninguna contaminación. Los otros, a pesar de pertenecer a la Palabra Eterna, son imperfectos.


Danilo Sorti


341. Excelente, suficientemente bueno o decididamente malo

Proverbios 22:29 RVC
29 Cuando veas alguien que hace bien su trabajo, no lo verás entre gente de baja condición sino que estará en presencia de reyes.

Daniel 6:1-5 RVC
1 Darío tomó la decisión de constituir sobre su reino ciento veinte sátrapas que se encargaran del gobierno.
2 Sobre ellos puso a tres gobernadores, a quienes los sátrapas debían rendir cuentas, para que los intereses del rey no se vieran afectados. Uno de los tres gobernadores era Daniel,
3 aunque Daniel estaba por encima de los sátrapas y los gobernadores porque en él radicaba un espíritu superior. Incluso, el rey pensaba ponerlo a cargo de todo el reino.
4 Por eso los gobernadores y los sátrapas buscaban la ocasión de acusar a Daniel en lo que tuviera relación con el reino, pero no podían hallarla, ni tampoco acusarlo de ninguna falta, porque él era confiable y no tenía ningún vicio ni cometía ninguna falta.
5 Finalmente, dijeron: «Nunca vamos a hallar la ocasión de acusar a este Daniel, a menos que la busquemos en algo que tenga que ver con la ley de su Dios.»


La excelencia en el trabajo es considerada una virtud, y así la Biblia nos lo muestra. Como ejemplo más paradigmático tenemos a Daniel, en quién se combinaban honestidad, responsabilidad y talento dado por Dios para su trabajo. Por supuesto, eso no quiere decir que haya sido el único de los personajes bíblicos con esas cualidades, pero resulta especialmente notorio debido a que eso le abrió puertas en el imperio pagano y le permitió ser de gran influencia. No sabemos cuáles hayan sido sus decisiones, en realidad solo tenemos algunas pocas escenas de una vida política muy larga.

Este tipo de ejemplos suele tener muy “buena prensa” dentro del ámbito cristiano, y normalmente los ministerios que predican el Evangelio o extienden el Reino a través de alguna actividad “secular” toman como una de sus prioridades la excelencia en el trabajo, para llegar, como dice el proverbio, “en presencia de reyes”. ¿Para qué?

Los “reyes” son aquellos que toman las decisiones en el ámbito terrenal y conforme los límites de autoridad que el Señor les haya dado. Influir con el Evangelio o con los principios del Reino sobre la gente que toma decisiones que repercuten sobre mucho es un tema no menor. El camino para llegar a esos espacios es, obviamente, la excelencia, que sin embargo, debe venir de la mano de dones y llamamiento dado específicamente por el Espíritu.

La excelencia también permite influir sobre multitudes, en donde quizás sea más fácil impactar con mensajes o principios del reino. También es un área importante, y si ése es el llamado, nada menos que la excelencia debe buscarse.

Hasta aquí podemos estar de acuerdo, pero ¿eso es todo? Llegar a la excelencia es un camino largo y difícil, que en buena parte no depende de la persona sino de otras condiciones que le hayan sido dadas, como son dones especiales y oportunidades en la vida. Cómo es algo frecuentemente valorado en la prédica cristiana, los “mediocres” se quedan a un costado, ¡no hay lugar para ellos en el Reino! ¿O sí?

El discurso sobre la búsqueda de la excelencia es muy importante, sin embargo, como toda simplificación, termina siendo erróneo, ¿lo “suficientemente bueno” ocupa un lugar?

Hechos 18:1-5 RVC
1 Después de esto, Pablo salió de Atenas y se fue a Corinto.
2 Allí se encontró con un judío que se llamaba Aquila, nacido en el Ponto, y que había llegado recientemente de Italia junto con Priscila, su mujer, porque Claudio había ordenado que todos los judíos salieran de Roma. Pablo fue a verlos
3 y se quedó con ellos para que trabajaran juntos, pues tanto ellos como él fabricaban tiendas de campaña;
4 y todos los días de reposo debatía en la sinagoga y lograba persuadir a judíos y a griegos.
5 Cuando Silas y Timoteo llegaron de Macedonia, Pablo estaba totalmente dedicado a la predicación de la palabra, y les probaba a los judíos que Jesús era el Cristo.

Acá tenemos otro ejemplo por demás de conocido, pero creo que no adecuadamente valorado en todos sus aspecto. Sabemos que Pablo hacía tiendas como sostén económico, aunque no se dedicaba exclusivamente a ello. Lo conocemos por su mensaje apostólico a través de los cuales el Espíritu Santo ha sentado cimientos eternos de la Iglesia, pero ¿cómo lo conocía la sociedad?

Pablo debió tener una identidad lo suficientemente clara como artesano, hacedor de tiendas. Eso no era un rol espectacular ni lo iba a ubicar delante de reyes. De hecho, cuando iba delante de los reyes lo hacía encadenado… No, evidentemente, no seguía el mismo modelo que Daniel, aunque su ministerio resultó para nosotros, en este tiempo, más importante.

Está claro que si sus tiendas se desarmaban con el primer vientito terminaría muriéndose de hambre con su trabajo, por lo tanto debían tener una calidad suficientemente buena. Aunque la Biblia no lo dice, lo más lógico es suponer que su trabajo era “lo suficientemente bueno”.

Jesús mismo se identificó como un artesano, y no hay registro de que el Hacedor del Universo haya hecho una súper espectacular construcción de madera. Con solo una parte indescriptiblemente mínima de Su sabiduría hubiera hecho cosas en madera que habrían sido demandadas desde todos los puntos conocidos del imperio romano y más allá. Es más, sin levantar una sola espada hubiera podido construir un imperio económico de la industria maderera que hubiera ubicado a Israel por encima de todas las naciones de ese entonces. ¿Medio loco el razonamiento, no? Pero perfectamente posible. Jesús no hizo nada de eso. Tampoco tenemos registro de sus muebles, pero no es ilógico pensar que fueron “razonablemente” buenos.

Ni Pablo, ni Jesús, ni tantos otros fueron, ni son, llamados a descollar en sus actividades seculares, y no porque el Espíritu no hubiera podido ungirlos para eso, sino porque simplemente no debían distraerse de su función principal. La experiencia de un artesano “común” le dio a nuestro Señor las “credenciales” como para que la gente de su época lo reconociera como “un igual”, y pudieran aceptar el mensaje de un hombre perfecto, no de una especie de “semidiós en la Tierra”. Lo mismo para Pablo.

Cuántos y cuántos no han recibido ni los dones ni las oportunidades como para ser excelentes en comparación con sus colegas. Cuántos NO HAN SIDO LLAMADOS para eso, a pesar de tener potencialmente los dones, sencillamente porque tienen otra función. Y también cuántos, teniendo los dones y el llamado, no pudieron desarrollarlo debido a la falta de oportunidades, ayuda o errores propios. También eso tiene un propósito. ¡Claro que hay lugar en el Reino para los “suficientemente buenos”!

Job 30:1-9 DHH
1 Pero ahora se ríen de mí
muchachos más jóvenes que yo,
cuyos padres no hubiera yo aceptado
para estar con los perros que cuidaban mis rebaños.
2 ¿De qué me hubiera servido la fuerza de sus brazos?
Ellos eran gente desgastada
3 por el hambre terrible y la necesidad.
De noche, en el desierto solitario,
tenían que roer raíces secas;
4 arrancaban hierbas amargas de los matorrales,
y hasta raíces de retama comían.
5 Eran gente rechazada por la sociedad,
perseguida a gritos como los ladrones;
6 tenían que vivir en cuevas,
en los barrancos y entre los peñascos;
7 aullaban en la maleza,
amontonados bajo los matorrales.
8 Gente inútil, hijos de nadie,
indignos de vivir en el país.
9 Pero ahora ellos se burlan
y hacen chistes a costa mía.

Job, un empresario próspero y exitoso, excelente en su trabajo, tuvo que conocer de primera mano lo que significa la más extrema necesidad. Dios pudo elogiar la rectitud de Job delante del mismo Adversario, pero eso no significaba que fuera perfecto, y la historia del libro lo confirmó.

Podemos conjeturar mucho el por qué esta gente descrita aquí había llegado a tal estado, seguramente hubo malas decisiones y malas actitudes entremedio, pero sus hijos, y los hijos de sus hijos heredaron una condición de la que difícilmente podían salir. ¿Qué excelencia humana podían tener ellos? ¿Delante de qué gente importante hubieran podido estar? De ninguna por supuesto, por eso Dios mismo se encargó de que alguien muy importante como Job estuviera delante de ellos.

Hay una gran diferencia entre el ministerio de alguien como Daniel y el propósito que Dios pueda tener para alguien de los más pobres entre los pobres, pero todos tienen su lugar en el Reino de los Cielos. Todos los hijos de Dios somos llamados a desarrollar nuestro trabajo con excelencia y no importa cuál sea ni de donde partamos, puede ser que “esa” excelencia no sea juzgada como tal por los hombres, pero Dios mira las cosas diferente.

Pero aún hay más. Tenemos un caso interesante:

Zacarías 11:15-16 DHH
15 El Señor me dijo: “Y ahora hazte pasar por un pastor irresponsable.
16 Porque voy a poner sobre este país un pastor que no se preocupará por la oveja descarriada, ni buscará a la perdida, ni curará a la herida, ni dará de comer a la debilitada, sino que se comerá la carne de las más gordas y no dejará de ellas ni las pezuñas.

Bueno, este caso es muy particular y no creo que debamos usarlo como excusa para nuestra incompetencia e irresponsabilidad; pero es interesante el hecho de que Dios mismo lo dispuso por algo muy específico. Sería largo para exponer, pero estoy convencido de que hay ocasiones en las que Dios permite que nuestro trabajo sea malo para tratar con nuestras actitudes, o para que seamos echados de un lugar donde no debemos estar, o sencillamente para no bendecir a los que Él no quiere bendecir a través nuestro. Dios quiso bendecir al imperio del pagano e idólatra Nabucodonosor, pero eso no significa que debamos pensar necesariamente lo mismo de cualquier sistema político actual.

Y sí, también “hay un lugar” para lo que es decididamente malo…

Con todo esto en mente, podemos volver a leer la parábola de los talentos y tener otra perspectiva:

Mateo 25:15 DHH
15 A uno de ellos le entregó cinco mil monedas, a otro dos mil y a otro mil: a cada uno según su capacidad. Entonces se fue de viaje.

A su regreso, su señor valoró la fidelidad de cada uno; el que más recibió (recursos, dones, talentos, oportunidades, herencia, etc.) tenía todo a su disposición para ser “excelente” en su trabajo, el que no recibió tanto podía hacer un trabajo “razonablemente bueno”, el que recibió poco iba a hacer un trabajo pobre en comparación con los otros; desde el punto de vista de un inversor, poner el dinero en un banco es algo tan mínimo que sería inmediatamente despedido apenas lo dijera. Repito, un operador financiero o inversor (que en definitiva era la función de estos tres empleados) que solo pusiera el dinero en el banco estaría al día siguiente leyendo los clasificados del diario para conseguir un empleo. Sin embargo, el señor de estos tres, figura de nuestro Señor, se habría conformado con eso, es decir, con un trabajo “pobre y mediocre”.

En el Reino hay lugar para todos, en el ámbito “secular” Dios también tiene un lugar para cada uno a pesar de cómo sea juzgado el trabajo por los hombres y las puertas que abra o deje de abrir. No debemos menospreciarnos como el tercer empleado de la parábola ni mucho menos menospreciar nosotros a los que están en esa situación, no sea cosa que el Señor tenga que darnos una lección “estilo Job”…


Danilo Sorti


340. Den y Dios les dará… también en lo espiritual

Proverbios 11:24-26 DHH
24 Hay gente desprendida que recibe más de lo que da,
y gente tacaña que acaba en la pobreza.
25 El que es generoso, prospera;
el que da, también recibe.
26 Al que acapara trigo, la gente lo maldice;
al que lo vende, lo bendice.

Lucas 6:38 RVC
38 Den, y se les dará una medida buena, incluso apretada, remecida y desbordante. Porque con la misma medida con que ustedes midan, serán medidos.»

2 Corintios 9:6 RVC
6 Pero recuerden esto: El que poco siembra, poco cosecha; y el que mucho siembra, mucho cosecha.

Normalmente no hay mucho problema en entender este principio, lamentablemente el énfasis actual en el dinero que ha contaminado muchas iglesias lo ha circunscripto solamente a lo material, despojándolo de sus alcances más valiosos.

Es cierto que esto se aplica en relación con los bienes materiales, y así nos sugiere el contexto de los pasajes citados, pero, ¿no se aplica también el mismo principio a lo espiritual? Es decir, si damos a otros bienes espirituales, ¿recibiremos de Dios más aún para seguir dando?

Es claro que las riquezas espirituales son superiores a las materiales:

Lucas 9:25 RVC
25 Porque ¿de qué le sirve a uno ganarse todo el mundo, si se destruye o se pierde a sí mismo?

“Ganarse todo el mundo” obviamente se aplica a lo material, aunque quizás no exclusivamente. También sabemos que los dones y el llamado son irrevocables, por lo que si Dios ha determinado ciertos dones, al menos en algo se va a seguir manifestando, a veces por pura gracia. Pero la clave creo que está en la conocida parábola de los talentos:

Mateo 25:20-21 RVC
20 El que había recibido las cinco mil monedas se presentó, le entregó otras cinco mil, y dijo: “Señor, tú me entregaste cinco mil monedas, y con ellas he ganado otras cinco mil; aquí las tienes.”
21 Y su señor le dijo: “Bien, buen siervo y fiel; sobre poco has sido fiel, sobre mucho te pondré. Entra en el gozo de tu señor.”

Y también podemos considerar:

Lucas 8:18 RVC
18 Escúchenme bien: a todo el que tiene, se le dará; y al que no tiene, hasta lo que cree tener se le quitará.»

La manifestación de la gracia de Dios, el conocimiento y revelación, la autoridad espiritual, no son cosas que se ganen humanamente, ni tampoco es algo que Dios esté “obligado” de alguna manera a dárnoslo por algún sacrificio especial que hagamos, es por gracia, y sin pretender simplificar excesivamente ni “reducir” la soberanía divina a una fórmula sencilla, creo que también ahí se aplica el principio de “dar abundantemente” para “recibir abundantemente”, por supuesto, todo circunscripto a los propósitos específicos de Dios para cada uno.

Hay un plan perfecto que Dios ha diseñado para cada persona, solamente Uno lo pudo cumplir totalmente, pero nosotros podemos aproximarnos a él. Y en ese camino Dios puede soltar más gracia sobre nosotros en la medida que somos fieles con lo que tenemos, y ser fiel implica, entre otras cosas, dar lo que hemos recibido conforme las leyes de las “transacciones espirituales”, esto es:

Mateo 10:8 RVC
8 Sanen enfermos, limpien leprosos, resuciten muertos y expulsen demonios. Den gratuitamente lo que gratuitamente recibieron.

Entonces, podemos pensar en el principio de dar y recibir en el sentido espiritual a nivel individual: en la medida que soy fiel para ministrar a otros conforme lo que he recibido, y no lo guardo para mí, voy a recibir más gracia, revelación y autoridad espiritual, pero también a nivel grupal o ministerial. Esto pasó con la iglesia de Filadelfia:

Apocalipsis 3:8 RVC
8 Yo sé todo lo que haces. Delante de ti he puesto una puerta abierta, la cual nadie puede cerrar. Aunque son pocas tus fuerzas, has obedecido mi palabra y no has negado mi nombre.

Dios juzgó las obras de Filadelfia y decretó Su sentencia: no serían cerradas las puertas del ministerio. Mientras otras iglesias se debatían entre retener su candelabro o perderlo, y Dios estaba posponiendo Su juicio, aquí pudo dar una sentencia de recompensa: más oportunidades para le ministerio.

Esto es fácil de entender en un sentido absoluto, pero pensémoslo de una manera un poco más sutil.

Un ministerio, iglesia o equipo profético apostólico puede recibir algo muy bueno de Dios. Comienzan ministrándolo a todos, esta es la etapa de “la plaza pública”, cuando Pablo llegaba a una ciudad o pueblo y predicaba en la plaza. Dura un tiempo, después viene la etapa de la formación de discípulos, en la cual el ministerio se concentra en aquellos que respondieron al mensaje. No está mal, Jesús lo hizo, Pablo lo hacía, es necesario. Pero entonces aparece el dilema.

Cuando ha habido una manifestación importante del Espíritu, y el ministerio o iglesia ha sido bendecido, y se ha formado un grupo importante de discípulos y ya hay una cierta trayectoria formada, ENTONCES resulta muy fácil acomodarse en el centro de toda esa zona de confort y aprovechar la manifestación de la gracia de Dios recibida y la estructura formada para “traer” a la gente y ministrar SOLAMENTE a los que han hecho un compromiso de fidelidad con tan ministerio.

Sí, puede haber ministración, se transmiten las riquezas espirituales, pero también hay un propósito egoísta entremezclado, y finalmente no son todos ministrados, sino solamente aquellos que “prometen” fidelidad al ministerio, que van a trabajar para engrandecerlo… y a lo líderes junto con él.

Esto es delicado, porque también el Señor nos enseñó a no dar “las perlas a los cerdos” y sería necio vociferar a los cuatro vientos algunas verdades espirituales que son solamente para los santos consagrados, pero creo que no le agrada a Dios cuando razonablemente se puede compartir la revelación recibida con otros hermanos y ministerios que nunca van a estar bajo ese liderazgo pero que muy bien pueden utilizar lo que recibieron para extender el Reino. No puedo decir cuál es el límite, pero no dudo que lo hay.

Ahora bien, la actitud aquí es la que Jesús critica cuando dice:

Lucas 14:12-14 RVC
12 También le dijo a su anfitrión: «Cuando ofrezcas una comida o una cena, no invites a tus amigos ni a tus hermanos, ni a tus parientes y vecinos ricos, no sea que ellos también te vuelvan a invitar, y quedes así compensado.
13 Al contrario, cuando ofrezcas un banquete, invita a los pobres y a los mancos, a los cojos y a los ciegos,
14 y así serás dichoso. Porque aunque ellos no te puedan devolver la invitación, tu recompensa la recibirás en la resurrección de los justos.»

En el sentido espiritual y ministerial, cuando damos lo recibido a los que no están “con nosotros” y no nos van a “devolver” nada (con gratitud, servicio, compañerismo, oración), estamos dando un “banquete espiritual” hacia los “pobres”, los que están generalmente huérfanos de verdaderos padres espirituales, que necesitan porque nadie les ha dado riquezas espirituales, que no tienen las herramientas para construir en el Reino (mancos), que no pueden avanzar (cojos), que no tienen visión espiritual (ciegos). Esos, habiendo recibido las riquezas espirituales, no están todavía en condiciones de devolver nada, más aún si no permanece con el ministerio que les ayuda, lo cual es perfectamente lógico en la economía de un Dios misionero, que nos impulsa a salir, a extendernos, incluso a “romper” lazos fraternales para que Su mensaje llegue más lejos.

Cuando esto no ocurre, entonces el tal ministerio deja de recibir lo nuevo. Permanece en lo que recibió, si es que se mantiene más o menos en santidad, y Dios puede seguir usándolo como un escalo de paso hacia algo mayor, y lo hace. Pero se queda ahí, en ese nivel de revelación. Bueno, normalmente también hay otros pecados más o menos ocultos dando vueltas por ahí, pero este “egoísmo espiritual” es parte de ellos.

Cuando no damos con generosidad no podemos recibir con generosidad. Cuando no damos espiritualmente con generosidad, tampoco. Y lo que se recibe (o no) es “lo nuevo”, por lo que un ministerio que ya no recibe necesariamente se queda en “lo viejo”. Este criterio nos sirve para evaluar ministerios e iglesias, y también a nosotros mismos: ¿qué estamos recibiendo? ¿O seguimos ministrando en lo que nos fue revelado en un pasado, y nada más? Puede ser que en algún punto nos volvimos “egoístas espirituales” y no fuimos generosos en dar sin esperar nada a cambio, sin pretender luego que los receptores permanecieran “bajo” nuestro ministerio. No digo que esto sea lo único, pero creo que es un elemento a tener en cuenta.

Por tanto, que el Señor nos ayude a tener el adecuado discernimiento.


Danilo Sorti


339. Cuatro actitudes ante el pecado de nuestro corazón

Romanos 7:24 RVC

24 ¡Miserable de mí! ¿quién me librará de este cuerpo de muerte?

Cuando somos confrontados con lo malo que hay en nuestro ser interior pueden aparecer cuatro actitudes básicas:

·         Algunos simplemente “se olvidan” de eso y siguen con su programa de vida teniendo en cuenta solo lo que les resulta positivo y estimulante
·         Algunos se concentran en eso pero sin expectativa de cambio o mejora posible, por lo que son embargados por el desánimo y la depresión
·         Algunos se esfuerzan en luchar contra eso y viven en una “guerra interior” y tensión permanentes
·         Algunos simplemente se dan por vencidos y se dejan llevar por eso sin oponer demasiada resistencia

Quizás lo más probable es que oscilemos entre alguna de esas actitudes, o que combinemos las cuatro dependiendo de “qué cosa sea”. En definitiva, cualquiera de las cuatro está equivocada y es poco (o nada) fructífera para lograr algún cambio porque estando fuera de la guía y el poder del Espíritu. Y finalmente, si lográramos algún cambio (y es humanamente posible hacerlo), ¿estamos seguros de que es el correcto? Cuando cambiamos conforme nuestras propias fuerzas y nuestro propio criterio, ¿”hacia dónde” estaríamos yendo? Es decir, ¿sería el “lugar” correcto? En la práctica, y más aún en este tiempo, resulta muy difícil y frustrante intentar cambiar por nuestras propias fuerzas.

Pero veámoslo desde un punto de vista más positivo. Las cuatro actitudes tienen algo de bueno y necesario en sí  mismas:


Nehemías 8:5-12 RVC
5 Esdras abrió el libro ante todo el pueblo, y como él estaba por encima de los presentes, todos lo vieron y prestaron mucha atención
6 Entonces Esdras bendijo la grandeza del Señor, y el pueblo, con las manos hacia el cielo, respondió a una sola voz: «¡Amén! ¡Amén!» Luego, todos se inclinaron hasta el suelo y adoraron al Señor.
7 Mientras la ley era leída, los levitas Josué, Bani, Serebías, Jamín, Acub, Sabetay, Hodías, Maseías, Kelita, Azarías, Yozabad, Janán y Pelaía explicaban al pueblo la lectura, y el pueblo estaba tan interesado que no se movía de su lugar.
8 Y es que la lectura de la ley se hacía con mucha claridad, y se recalcaba todo el sentido, de modo que el pueblo pudiera entender lo que escuchaba.
9 Como todo el pueblo lloraba al escuchar las palabras de la ley, el gobernador Nehemías, el sacerdote y escriba Esdras, y los levitas que explicaban al pueblo el sentido de la ley, dijeron: «Este día está consagrado al Señor, nuestro Dios. No hay razón para que lloren y se pongan tristes.»
10 También dijeron: «Vayan y coman bien, y tomen un buen vino, pero compartan todo con los que nada tienen. Éste día está consagrado a nuestro Señor, así que no estén tristes. El gozo del Señor es nuestra fuerza.»
11 También los levitas animaban al pueblo y le decían: «Ya no lloren. No estén tristes, porque hoy es un día sagrado.»
12 Entonces todo el pueblo se fue a comer y a beber, y a compartir su comida; y pasaron el día muy alegres, pues habían entendido las explicaciones que les habían dado.


Hay un momento en que el Espíritu nos llama a “olvidarnos” de nuestras cuestiones internas; nuestros conflictos, pecados, cosas sin resolver. Es el momento de la celebración, cuando somos embargados por el gozo de encontrarnos con la grandeza de Dios, por la alegría de ver Sus obras realizadas, de estar en la comunión de los santos, de disfrutar de Su presencia. ¡No hay que perder esa oportunidad!

Jeremías 15:16 RVC
16 Señor, Dios de los ejércitos, cuando hallé tus palabras, literalmente las devoré; tus palabras son el gozo y la alegría de mi corazón, porque tu nombre ha sido invocado sobre mí.

Además, y para ser absolutamente sinceros, ¿cuánto es lo que podemos hacer nosotros por nosotros mismos? No estoy diciendo que simplemente debamos “dejar el agua correr”, pero es inevitable reconocer que si le hemos entregado nuestra vida a Él, dependemos de Sus fuerzas y de Su dirección, y de cómo nos vaya llevando paso por paso, trabajando en un momento con determinada cuestión, luego con otra, y así sucesivamente. Este trabajo por orden implica que habrá cuestiones que simplemente “las dejamos” por un tiempo, en las cuales “no tenemos que preocuparnos”, no porque no haya que resolverlas, sino porque no es el momento todavía para tratarlas.

¿Podemos cambiar solamente enfocándonos en lo malo? No, solamente podemos llenarnos de resentimiento y frustración, y al final, terminamos comportándonos como aquello en lo que concentramos nuestra atención. Mirar los buenos modelos, esforzarse en el Espíritu por construir lo bueno es algo indispensable.

2 Corintios 3:18 RVC
18 Por lo tanto, todos nosotros, que miramos la gloria del Señor a cara descubierta, como en un espejo, somos transformados de gloria en gloria en la misma imagen, como por el Espíritu del Señor.

Hay un momento para el gozo y la celebración, para olvidarnos de nuestros problemas y pecados. Pero también hay otros momentos necesarios.


Romanos 3:9-18 RVC
9 ¿Entonces, qué? ¿Somos nosotros mejores que ellos? ¡De ninguna manera! Porque ya hemos demostrado que todos, judíos y no judíos, están bajo el pecado.
10 Como está escrito: «¡No hay ni uno solo que sea justo!
11 No hay quien entienda; no hay quien busque a Dios.
12 Todos se desviaron, a una se han corrompido. No hay quien haga lo bueno, ¡no hay ni siquiera uno!
13 Su garganta es un sepulcro abierto, y con su lengua engañan. ¡En sus labios hay veneno de serpientes!
14 Su boca está llena de maldición y de amargura.
15 Sus pies son veloces para derramar sangre.
16 Destrucción y desgracia hay en sus caminos,
17 Y no conocen el camino de la paz.
18 No hay temor de Dios delante de sus ojos.»

También hay momentos en que debemos concentrarnos en lo que hay en nuestro interior, enfrentar decididamente el mal y la oscuridad que tenemos como raza caída. El Espíritu quiere trabajar con ello, pero si yo no sé de qué se trata ni estoy consciente de que hay algo malo allí, es difícil que pueda aceptar Su voz y obrar en consecuencia. Además, ¿cómo podría ayudar al que está pasando por algo parecido?

Somos decididamente pecadores y si no tenemos una visión clara de la profundidad del pecado y la maldad que mora en nosotros tampoco vamos a tener una visión clara del poder y el amor de Dios. Buena parte de nuestro conocimiento de Dios viene de lo que Él ha hecho y hace en nosotros, pero si no sabemos “quiénes somos” en realidad, tampoco podemos entender claramente lo que Dios es. Hermanos, somos mucho más pecadores y corruptos de lo que nos gusta pensar y de lo que entendemos actualmente. Así como somos imperfectos para comprender lo que Dios es en toda su grandeza también somos imperfectos para comprender lo que es el pecado en nosotros en toda su profundidad.

Es difícil que cambiemos si primero no sentimos tristeza y dolor por el pecado que mora en cada uno. Si no podemos verlo en toda su dimensión, si no entendemos que nuestras mejores obras son “un trapo inmundo”, que somos irremediablemente malos, si no sentimos el pesar y la tristeza que provocan a Dios, ¿qué motivación tendríamos para el cambio? Esto es lo que nos hace decir:

Salmos 51:1-3 RVC

Al músico principal. Salmo de David, cuando Natán el profeta fue a hablar con David por causa de su adulterio con Betsabé.

1 Dios mío, por tu gran misericordia, ¡ten piedad de mí!; por tu infinita bondad, ¡borra mis rebeliones!
2 Lávame más y más de mi maldad; ¡límpiame de mi pecado!
3 Reconozco que he sido rebelde; ¡mi pecado está siempre ante mis ojos!

Pero ese no es el “lugar para quedarse”, es un lugar de paso necesario, indispensable, inevitable en el proceso de santificación, pero finalmente “de paso”, no de permanencia. Solo quedándonos en el lamento de lo que no somos ni seremos por nuestras propias fuerzas hay cambio posible, porque es una etapa del camino, no todo.


Colosenses 3:5 RVC
5 Por lo tanto, hagan morir en ustedes todo lo que sea terrenal: inmoralidad sexual, impureza, pasiones desordenadas, malos deseos y avaricia. Eso es idolatría.

1 Corintios 15:33-34 RVC
33 No se dejen engañar: las malas compañías corrompen las buenas costumbres;
34 así que vuelvan en sí y vivan con rectitud, y no pequen, porque algunos de ustedes no conocen a Dios. Y esto lo digo para que sientan vergüenza.

Efesios 4:26 RVC
26 Enójense, pero no pequen; reconcíliense antes de que el sol se ponga,

¿Obtenemos algo luchando contra el pecado que está en nosotros? Está claro que no es por nuestras propias fuerzas, el que nos ha vencido es superior a nosotros, no podemos ganarle en poder, ni en sabiduría, ni en astucia. No quiero decir que no podamos lograr “nada” por nosotros mismos, sino que es una lucha muy ardua, que en realidad solo pocos pueden librar (aquellos con una voluntad especialmente fuerte), y al final el resultado es pobre… a menos que haya sido obtenido “asociándonos” con otro espíritu que se camufla detrás de nuestro “esfuerzo propio”.

¿Pero es que no debemos luchar en absoluto? ¡No, decididamente, no! Dios no creó robots, voluntariamente decidimos apartarnos de Dios y también voluntariamente decidimos creer en Su sacrificio todosuficiente… y también voluntariamente caminamos en el proceso de santificación. Así como Dios no creó robots en un principio, tampoco lo hizo al hacernos nuevas criaturas en Cristo. Por lo tanto, con el poder y la sabiduría que nos da el Espíritu, debemos pelear la buena batalla, tanto “hacia afuera”, hacia el mundo donde debemos extender el Reino de Dios, como “hacia adentro”, donde está la verdadera lucha.

2 Timoteo 2:1 RVC
1 Tú, hijo mío, esfuérzate en la gracia que tenemos en Cristo Jesús.

Hay un momento para escuchar Su voz, para estar tranquilos, para ser bendecidos y recibir espiritualmente de Él. Y hay un momento en que debemos hacer algo con eso, en que tenemos que tomar decisiones, resistir tentaciones, recordar promesas, confrontar voces internas que en realidad provienen de otro lado, desarraigar raíces perversas… Y todo eso implica un esfuerzo nuestro, potenciado por el Espíritu pero nuestro, decidido, sostenido y sin concesiones.


Salmos 38:2-10 RVC
2 Tus flechas se han clavado en mí; ¡sobre mí has dejado caer tu mano!
3 Por causa de tu enojo, nada sano hay en mi cuerpo; por causa de mi maldad, no hay paz en mis huesos.
4 Mi pecado pesa sobre mi cabeza; ¡son una carga que ya no puedo soportar!
5 Por causa de mi locura, mis heridas supuran y apestan.
6 Estoy abrumado, totalmente abatido; ¡todo el tiempo ando afligido.
7 La espalda me arde sin cesar: ¡no hay nada sano en todo mi cuerpo!
8 Me siento débil y en gran manera agobiado; ¡mis quejas son las de un corazón atribulado!
9 Señor, tú conoces todos mis deseos; mis anhelos no te son ocultos.
10 Mi corazón se agita, me faltan fuerzas, y hasta mis ojos se van apagando.

Darse por vencido y dejarse llevar no es lo mismo que simplemente ignorar, implica saber pero renunciar a la lucha. Entonces, queda siempre el remordimiento en el fondo de saber que está mal. La conciencia acaba cauterizándose por el fuego del pecado aceptado, porque en definitiva “renunciar a la lucha” es aceptar el pecado y el destino ya “fijado” por el Adversario, y dado que ese es el “guión” que le toca en la vida, procura vivirlo “lo más divertido posible” porque sabe que después no hay nada placentero. Esta es la peor actitud, pero en realidad es parte del juicio divino, cuando Dios “entrega” a la gente al pecado, para que haga con ellos lo que quiera.

Isaías 22:12-14 RVC
12 Ese día Dios, el Señor de los ejércitos, los convocó al llanto y al lamento, a raparse el cabello y a vestirse de cilicio;
13 pero ustedes prefirieron gozar y divertirse, matar vacas y degollar ovejas, comer carne y beber vino. Y decían: «Comamos y bebamos, que mañana moriremos.»
14 Por su parte, el Señor de los ejércitos me dijo al oído: «Este pecado no les será perdonado, hasta que hayan muerto.» Lo ha dicho Dios, el Señor de los ejércitos.

La consecuencia de este estilo de vida es juicio, sufrimiento, dolor, en una medida mayor que en otras actitudes. Y esto es para ver si así, en medio del dolor, la persona reconoce que debe cambiar y decide buscar a Dios. Cuando nos damos cuenta de que en alguna área estamos bajo juicio es cuando empezamos el proceso de vuelta.

No todos están en este nivel, un nivel anterior es precisamente el de la consciencia, cuando todavía se es consciente del pecado que lo está dominando sin poder hacer nada. Dios puede obrar allí, llamándonos la atención, pero si no respondemos, lo que sigue es la cauterización de ella.

Con todo, es necesario que lleguemos al punto de reconocer nuestra absoluta insuficiencia para vencer el pecado, lo más profundo de él, sus raíces. Cuando estamos atravesando esa etapa inevitablemente llegamos al momento de desesperanza y “abandono”, que debe ser abandono de nuestras propias fuerzas, pero no de la fe en Dios, que es la que debe emerger de allí fortalecida y victoriosa. Precisamente es el momento en que reconocemos y recibimos al Salvador en una dimensión más profunda, el Único que puede salvarnos del Adversario y de nosotros mismos.

Cada una de estas actitudes puede ocupar un lugar en el proceso de cambio, son incorrectas en sí mismas pero tienen una base de verdad. Podemos trabajar con ellas aprovechando lo que tienen “de bueno” y reconociendo que no hay “actitud humana” posible que sea en realidad buena sin el poder y guía del Espíritu.

Mateo 11:16-19 RVC
16 Pero ¿con qué compararé a esta generación? Se parece a los niños que se sientan en las plazas y les gritan a sus compañeros:
17 “Tocamos la flauta, y ustedes no bailaron; entonamos cantos fúnebres, y ustedes no lloraron.”
18 Porque vino Juan, que ni comía ni bebía, y dicen que tiene un demonio;
19 luego vino el Hijo del Hombre, que come y bebe, y lo califican de glotón y borracho, y de ser amigo de cobradores de impuestos y de pecadores. Pero a la sabiduría la reivindican sus hijos.»

Esto mismo pasó con los ministerios de Juan el Bautista y de Jesús. Dentro del mismo plan, ambos correspondían a “momentos” distintos: con el primero, la gente debía ser plenamente consciente de su pecado y desear el cambio, con el segundo debía celebrar ese cambio. Los religiosos de su época no entendieron esto y fueron siempre a destiempo. El Espíritu intenta llevarnos por distintos momentos para trabajar con nosotros y resulta que, o bien no lo entendemos y combatimos con lo que está tratando de hacer en cada etapa, o bien nos quedamos estancados en una de ella, y como el agua estancada que se pudre, así terminamos por “podrirnos” nosotros.

Por eso, la sabiduría más práctica de la Biblia nos dice:

Eclesiastés 3:1-8 RVC
1 Todo tiene su tiempo. Hay un momento bajo el cielo para toda actividad:
2 El momento en que se nace, y el momento en que se muere; el momento en que se planta, y el momento en que se cosecha;
3 el momento en que se hiere, y el momento en que se sana; el momento en que se construye, y el momento en que se destruye;
4 el momento en que se llora, y el momento en que se ríe; el momento en que se sufre, y el momento en que se goza;
5 el momento en que se esparcen piedras, y el momento en que se amontonan; el momento de la bienvenida, y el momento de la despedida;
6 el momento de buscar, y el momento de perder; el momento de guardar, y el momento de desechar;
7 el momento de romper, y el momento de coser; el momento de callar, y el momento de hablar;
8 el momento de amar, y el momento de odiar; el momento de hacer la guerra, y el momento de hacer la paz.

Notemos que todo lo que dice aquí puede aplicarse perfectamente al hombre interior y a los procesos que le ocurren. ¡Señor, danos esa sabiduría!


Danilo Sorti